El número 16

Acaba de llegar a esa ciudad. Era como el Nueva Orleans a la europea, aunque nunca he estado en Nueva Orleans. Llovía, asique allí debe llover. Para variar no tenía más que monedas en el bolsillo, apenas rozaba para pagar una noche en aquella diminuta pensión. Las pensiones son para pobres, pero tienen estilo, sobre todo si no tienen más señalización que un cartel en un tercer piso de un edificio de esos que sobrevivieron a la guerra, aunque no se a qué guerra. Llevaba mi maleta al hombro. Totalmente mojada, aunque no llevaba más que papeles, papeles mojados.

Subí las escaleras de aquel antro y tras llamar a la puerta me abrió una mujer. Vieja. No era como esas argentinas cachondas que te tocan a veces. Simplemente iba a lo que iba. Le di el precio de la habitación por noche, dejé mis cosas y me bajé a comprar una botella de vino, para hacer cultura. Al volver, apoyada en mi puerta había una mujer. Era alta, no tanto como yo. Estaba gorda, tenía unas piernas muy anchas, unas piernas que no paraba de mostrar. Iba muy maquillada, y aparte de ser rubia, era puta. Le dije que no tenía dinero, y me dijo que no importaba. Aun así no me hizo ni jodido caso. Cuando abrí la puerta, antes de que pudiera darme cuenta, estaba dentro de mi habitación.

Abrí mi botella de vino. Solo quería emborracharme. Ella o ello se sentó en mi cama. Creo que intentaba insinuarse. Yo pasaba. No paraba de enseñar sus piernas. Eran rubenescas, como los cuadros de Rubens. De no haber sido por su gran barriga le hubiese visto de lleno todo, hasta su oculto vello púbico. Empezó a acercarse. Yo estaba distante. Tenía ganas de follar, pero joder, no con ella. De repente se quitó el vestido que llevaba y se quedó desnuda. Dios, no era bonito.

Lo que paso a continuación tampoco fue bonito. Se pegó a mí como un defensa a un delantero y se puso de rodillas. Me bajo la cremallera de mis pantalones y me la sacó. Yo ya estaba borracho, pero no tanto. Me resistía, pero era increíblemente fuerte. Me arranco absolutamente los pantalones y empezó a chupármela. No era chupar, era algo peor. Parece que se la quisiera tragar o algo así. Yo solo podía pensar que no podía correrme, lo consideraba caer muy bajo. Cada vez que me resistía un poco ella me agarra los huevos y después me lo mordía, como si intentara castrarme. No hablaba.

Comencé a gritar. No. No. Solo decía eso. Pero cuanto más hablaba, más fuerte me daba. No era placer. Nunca lo fue, era dolor. Solo quería quitarme eso de entre mis piernas. Ojala la hubiese tenido más pequeña. Era insoportable. No paraba de gritar. Ni siquiera sé cómo se me pudo poner dura. Ya está. Me corrí. Me desmayé. Lo siguiente que recuerdo es un sonido de portazo. Al día siguiente me desperté. No era resaca, era algo peor. Si hubiese podido abortar, lo hubiera hecho.

Wonderful world ?

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