Si reiniciar supone empezar de nuevo pulsando el mismo botón esperando que pase algo diferente igual deberíamos cambiar de palabra

 

Hoy volví a pensar en ti. No, fue ayer. En realidad hace tres días. Sólo lo hago por las noches y un rato no muy largo. Si el lugar de la reflexión es duro e incómodo, mejor. No es en positivo. Tampoco en desiderativo. Es en potencial. Pero siempre fuiste una diosa en potencia y el demonio en esencia. Ya no sé ni cómo es tu esencia. Es mi manera de convencerme. Otra cosa que también hago es hacerlo justo antes de quedarme dormido, en ese estado tan susceptible y alterable como es el de la vigilia en el que según pasa el tiempo todo se hace cada vez más complicado de distinguir entre si es real o fantástico. Todo empezó hace algo menos de una semana en la que te encontré en un sueño. Lo onírico, a menudo, además de ser disperso e inconexo, es tramposo y está hinchado, pero también te puede joder el día. Espera. Estoy buscando las palabras.

Es verano. Lo es desde el 14 de marzo. El verano más raro de tu vida. Un verano inolvidable. En el año que no iba a pasar nada pasa de todo y todo el rato. Y a veces pasas en mi cabeza. Antes no pasabas. Ni siquiera aún yendo en una de esas bicis con la rueda delantera gigante habrías vuelto a despertar mi interés. Pero esa mañana de nube gris y asfalto caliente mi cabeza decidió que la alfombra no soportaba más cosas debajo de ella.

Supongo que alguien se meo en mi alfombra.

Y lo digo en voz alta. Y miro al mar mientras dos de mis amigos me escuchan y las palabras se deslizan por mi garganta como trineo en nieve de cuesta abajo. Y sólo hay aplauso y reconocimiento, pero la fórmula sigue sin cuadrar. Es raro. Me gustan las rarezas. Pero esta rareza no es la luz en la cueva.

Y no tiene sentido. Y nunca lo tuvo. Pero es que es todo lo contrario a lo racional. Apareces en un flash en color sepia en el que estás más tiempo en una metapantalla que bailando frente a mis ojos cerrados, y la sensación es que has estado saltando encima de mi cama hace seis minutos y que si has dejado de hacerlo es porque se te ha antojado un zumo de naranja sin pulpa. El proceso es largo, ya me resulta hasta tedioso. He probado a hacerlo sin manos, con una venda en los ojos o atravesando un aro de fuego, y nada. También lo he intentado leyendo 19Q4 al revés, viendo dos veces la tercera o la cuarta de Tarkovsky o rellenando el modelo 303, y menos. Es un sino. Una poesía que no rima. Eres la espuma que nunca se seca.

La defensa de lo inerte y lo reactivo de lo irascible.

Joder, eres un tardígrado. Tu inconsciente capacidad de adaptación hace que seas indestructible. Vives en lava y vives en agujero negro, pero como mejor te lo pasarías es en una estrella que circula por el gélido espacio exterior hasta convertirse en lágrima un día de agosto mientras dos paletos miran al cielo y se dan cuenta de que no cambiarían ese momento por nada del mundo.

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voy a esculpir el tiempo en una montaña de sal

La realidad es que tienes un año más de lo que piensas porque empezamos a contar en el uno y no en el cero

Suave pretensión de color amarillo que contrasta con el gris. Una estación en la que esperar y en la que nunca viajar. El contacto que hace el agua fría al tocar el asfalto que una vez estuvo seco es una banda sonora triste de violín y trompeta. Aunque el agua cae del cielo en aquel lugar la fabrican. La inventan. Es como vender arena en el desierto para comprarla un céntimo por encima del precio de coste. Un brillo de matiz dorado y mirada cristalina con un eco tranquilo pero decidido. Una explicación demasiado larga que al final del primer renglón pierde todo hilo y sentido. La ausencia me regala una presencia breve y no del todo deseable, aunque termina tornando en algo sutil y agradable. Demasiado tiempo esperando a que la canción que suena en mi cabeza se meza sobre la partitura que equilibra la placa que estoy pisando. El compás siempre entra tarde y a veces el enchufe da corriente.

Las 22:03 en algún lugar pero aquí la segunda vez pasa justo sesenta minutos antes. Forma parte del trágico suceder de la espiral en cuesta, del rizo que no sale del bucle y del aroma que no se va ni con el almizcle más lisérgico y envalentonado que te hace cosquillas en tus finas y alargadas fosas. Pero no pasa nada. Se reinventa y se reutiliza. O se cose y se canta. La erre antes que la e tiene ese trasfondo de segunda oportunidad y de acorde de principiante. Llegar a otro nivel nunca antes había sido tan difícil, y antes de la primera curva las nauseas del mareo ya me avisan de que el pleonasmo de la villa con el languidecer de mi rostro mientras mi órgano lluvioso itera y se estanca quiere volver a pensar en ti en positivo. Y se olvida de lo negativo. Y tengo que volver a mirarme la palma de la mano donde llevo escrito eso que hace que no me lo piense ni dos veces.

Y casi me lo creo.

Y lo del fuego. Y lo del hielo. Y lo del campo lleno de cuchillos y cenizas. En el solar ya no cabe un sol más y patrocinar la desgracia es mirar achinando los ojos porque no ves bien de lejos. Lo físico explota y quiere coquetear con lo que está debajo de la piel. Pero sólo se frota con la tapa. La tapa del deuvedé de Regreso al Futuro mientras te explico por segunda y multiversal vez que el título debería ser regreso al presente.

Nunca regreso al pasado, aunque después de que la arena de mi castillo se me haya metido en los ojos por culpa del viento de guitarra sea lo que mi inconsciente me obligue a hacer. Fuera de aquí hace frío. La luz ya no parpadea y el faro apunta directamente a tierra. Se ha originado un destrozo pero es más fácil mirar hacia el otro lado. Echa una sábana por encima y hagamos como que no ha pasado nada. A mí me vale.

Un tobillo que gira hasta que no puede más y la incompleta búsqueda de un tesoro imposible de encontrar porque el suelo está lleno de equis. No va mal. No creo que me lo merezca, pero si los zapatos nuevos no quieren dejar de brillar no soy yo quien para dejar de pisar lecho de color blanco y rosa. Pantone que tranquiliza pero que tampoco me dice nada. El techo me lo sé de memoria y siempre empiezo a pintar el lienzo por abajo a la derecha. La casa no tiene cimientos porque la cantera está demasiado lejos y porque es más emocionante vivir al día.

Tararea más fuerte.

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enfocar en fonéticamente estonio es empezar a perder

La gracia está en que no te puedes alejar de él aunque piense que es una gallina porque tú necesitas los huevos

Llegar a este sitio es bastante sencillo. Muy asequible y para nada inhóspito. Se puede ver casi levantando la vista únicamente. Lo sabrás porque la sombra que proyecta vuelve todo gélido y lo hace de noche. En este lugar a veces hace sol, otras llueve, y otras está a punto de romper el cielo. Un cielo oscuro que respira un aire húmedo que sirve de telonero para un volver a empezar. Da igual como esté el cielo porque siempre hace frío. Pero no pasa nada, siempre me he desenvuelto mejor en el frío. Tal vez por eso me cuesta tanto salir de aquí. Es una inferencia muy consciente pero también muy tramposa. Después de todo nadie ha inventado lo insensible.

El camino es algo empedrado, cuesta arriba, pero no es nada difícil de recorrer. Mientras caminas tienes tiempo para pensar en tus cosas, en cómo has llegado hasta allí y en preguntarte todo el rato si has cerrado o no el coche con llave para terminar por asumir que da absolutamente igual. A veces tienes que detenerte porque pasa un rebaño de ovejas, y ante eso lo mejor que puedes hacer es sentarte en el suelo y disfrutar de lo que estás viendo. Si te enfadas y empiezas a farfullar improperios entre dientes puede que el universo conspire para que nunca más puedas volver a ponerte un gorro de lana y todos puedan ver tus ideas. La tensión sube y el aire es tan puro que no esperas que el lugar en el que termina golpeando sea algo con tan poca proyección.

Igual siempre hace frío porque siempre está en su palacio de hielo.

Recorres la verja y está totalmente electrificada. Tiene más de tres metros de alambre y si intentas treparla lo normal es que se te clave y todas tus tripas se desgarren. Eso lo sé porque lo he visto. Eso lo sé porque me ha pasado. El camino más largo a veces es el camino más corto piensas en voz alta mientras una parte de ti te repite que por qué tiene que haber camino. La senda llevaba un tiempo sin ser pisada y han crecido algunas amapolas en los lados.

El color rojo de la sangre queda muy bien sobre el blanco de la nieve.

No existe una puerta secreta o una contraseña que te permita entrar porque siempre has estado dentro. Crees que estás caminando, buscando una entrada, cuando lo que deberías estar haciendo es hallar una salida. Una maniobra de escapismo que termine con un lavado de cerebro y un borrado de memoria. No es cuestión de teoría o ideales, o de descubrir una fórmula universal. Ni siquiera sabes lo que es. Y como es más fácil caminar en línea recta que dar la vuelta sigues marchando como si nada rodeando a un cerro que te encierra y que hace que no puedas desandar lo pisado. Es curioso como puedes llegar a pensar que todo lo que estás haciendo es fruto de tu libertad cuando no eres más libre que un tigre en una jaula de seis por ocho.

Es un laberinto. No paras de ver el mismo arbusto una y otra vez y la noche es más larga de lo que debería. El silencio a veces torna en algo que sólo suena en tu cabeza y al no tener a nadie cerca no puedes preguntar si tú también lo has oído. Son las dos primeras páginas de La Metamorfosis en bucle. Es mirar al sol y que tus pupilas no reaccionen. Es tener sueño y es incapacidad de pasar de la vigilia. Tienes que esperar con ansia a que el torturador venga porque será el único contacto humano que tengas. Es una utopía en forma de espiral de la que no puedes entrever la puerta de entrada ni la de salida.

Sí. Sólo suena en tu cabeza. Es la calma y el mutismo etéreo sólo interrumpido por la lágrima hecha lluvia y cortada por el viento.

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deconstrucción y dividir las tres mitades

El resultado nunca es inerte y siempre es altamente reactivo como si nunca quisiéramos que sedimente

Creo que habían pasado dos días desde que había vuelto a casa. Todo era más extraño que antes y cada cosa que sucedía era nueva siendo lo de siempre. Me fui a escuchar un concierto de la orquesta sinfónica en uno de esos días que hace un calor que ralentiza todo. Estaba lejos del escenario y la perspectiva era genial, pero lo realmente genial es estar muy cerca y que todo lo que pase te abrume. Que cada nota te retumbe en el pecho sin tener tiempo para descubrir de dónde ha venido porque para entonces ya te han golpeado diez más. El teatro y la música siempre hay que verlos lo más cerca posible. Sentir el sudor de la actriz y la lágrima del actor.

El silencio de esas noches de verano es algo único. Es calma, pero no calma tensa. Apenas es interrumpido por algún lamento de la naturaleza o porque pisas un insecto con exoesqueleto y hace crac. Es como llorar en el mar. Aprovechas el momento para romperte un poco más por dentro y tener la excusa sonora que te acompaña. En realidad no es un insecto en tu zapato, es una piedra más que ha decidido no soltarse y que se engancha entre esternón y diafragma. La sutileza del ambiente que te mece acariciándote detrás de la cabeza como queriéndote consolar pero siendo incapaz de mentirte para decir que eso estará ahí dentro mucho tiempo.

Hay veces que unos están incrustados en la pared. Otros se hacen los muertos esperando a que pase todo. Alguno simplemente corre hacia ti como si fuera una huida hacia delante. La mayoría no tiene ni idea de lo que está pasando. Seguramente ni sepan que está pasando algo. Todo lo que me pasa tiene cierto eco y redoble si miras al cielo y al suelo. Puedes encontrarle el sentido a todo si lo que quieres es encontrar el sentido, pero sólo te lo estarás inventando. Pero no pasa nada. Siempre hay algo peor que no comprender y es no intentar hacerlo. Aunque te den la explicación menos rigurosa hecha voz te puede servir para dar un paso más y hacer de tu torpeza un aterrizaje perfecto.

Pocas cosas más preciosas que escuchar, aunque no siempre sea lo que quieras oír. Un día eres un niño bajito y atlético al que le interesa la magia y ver cómo sus padres juegan a no darse la razón y al siguiente terminas enamorándote de una asiática adoptiva treinta años más joven que tú. Por eso nunca tienes que dejar de escuchar aunque el ruido no te deje. Siempre habrá trazas de distorsión, pero si lo haces con cariño y esmero rozarás lo trascendental aunque tardes más de ocho meses en descubrirlo.

La poesía no empieza y termina en el minuto exacto de esa canción, no. La poesía es todo lo que la inspira. Todo lo que inspiró antes de hacerse verso.

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son tres minutos cada día pero son mis tres minutos de cada día

Es una piedra plana que lanzas contra el agua y que nunca para de mostrarse y esconderse mientras te pones perdido

Mi profesión consiste en regar plantas. Cojo un recipiente, lo lleno de agua y después vierto ese líquido elemento en la base de tierra que cubre las raíces de cada maceta. El lugar es enorme, los techos son de cristal y es muy probable que te caiga una gota de agua en la punta de la nariz por culpa de la condensación. Para entrar en la sala tienes que pasar tu tarjeta por el lector y después teclear un código de seis cifras. Nunca he entendido el doble salvoconducto. Después me abotono la camisa y encima me pongo una bata de color blanco que sólo cubre de esternón para fuera. Algo fino y alargado, como tu ironía, sirve como subterfugio de vida continuada y mortal.

Me trae sin cuidado. Aunque también lo prefiero.

Qué efímero es eso de vender flores. Algo tan vaporoso como decadente. Bajo la erótica y preciosa sutileza de regalar un trozo de vida cortada con una herramienta enana con forma de hoz se esconde un proceso tan personal como repetitivo. Un volver al origen sin importar que pasó antes porque ya no va a cambiar el presente, y tampoco alterará otros futuros. Dicen que si aspiras el aroma de esa planta, la que parece un girasol de color rojo y que huele a no querer levantarse de la cama, alcanzas la felicidad mediante el método de la sumisión y el estoicismo. Un venid aquí con la cara destapada, pero con la baba colgando.

Por poco acabas conmigo, pero soy difícil de matar.

Hay veces que mientras humedezco la tierra hablo solo, en voz alta, recordando cosas de mi pasado con una perspectiva omnisciente. Lo bueno que tienen los trabajos reiterativos y que no requieren de una concentración exagerada es que permiten que te evadas y viajes a un edulcorado pasado o a un prometedor aunque efectista futuro. Ayer recordé a aquella chica que se enfadó conmigo porque pensó que le dedicaba una canción muy concreta de Los Planetas. Dentro de las perversas y retorcidas nimiedades que habitan en mí, a veces eclosiona una mentalidad tan naif que parece que siempre es mediodía. Me gusta que se me tenga en cuenta como villano de cuatro por cuatro. Me gusta que lo de darse por aludido sea más elocuente que cualquier declaración de intenciones.

Quiero que sepas que espero que acabes colgando de un pino.

Lo bueno que tienen los pinus vasculares es que son terriblemente resistentes. El calor les gusta, pero el frío les gusta aún más. Te darían sombra hasta en el infierno y pueden vivir sin un pellizco de agua durante años. No hay nada como echarte una conífera como mejor amiga. No te traerá la felicidad mediante el método de la alienación, pero si no desarrollas alergia a sus braquiblastos estará ahí para siempre. Como esas cosas que no superas o como tus ganas de estornudar al oler un poco de canela. Es el filamento de una bombilla que tiembla incluso meses después de haber dejado de alumbrar.

Te pareces bastante a Satán.

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es sol y es nieve

La canción hablaba de ti. Pero tú no eras la del asiento de atrás. Eras la que no podía olvidar

Me apoyo en una teoría vaga de color azul. No sé dónde la escuché, pero como tantas otras cosas no hay nada como apropiarse de lo anónimo y darle un brillo diferente. El mantra era simple y en teoría funcionaba. En teoría. Cualquier falacia fáctica antes se ha balanceado entre un montón de cuerdas sin red de fondo. Supeditar una emoción a una generalidad algo vaga y brusca, de esas que perfectamente podrían estar en el relieve de una taza de cerámica dura, sería como reducir todo a un todo. A una ley exacta que no porque se produzca en la naturaleza ha de ser natural. Al igual que no porque sea funcional ha de funcionar. Lo pragmático a menudo me había dado más defecto que virtud, y más complejo que liberación, pero por qué no intentarlo. El hacer algo por estropearlo y tener algo que arreglar es muy 2014.

La distancia ayuda al olvido.

Es tan escueto que es inexplicable cómo es tan grande la explosión de inverosimilitud. Caminaba pensando. Con las manos atrás y observando como las luces de las farolas se iban iluminando mientras el cielo y mis ideas se iban apagando. Todo sobre lo que caminaba eran escombros. Ruinas de lo que en un momento fue el remanso de conexión más cristalino, o eso es con lo que solía fantasear, y ahora sólo son piedras afiladas tostadas al sol con la intención de quebrar aquella piel que se acerque a darles una caricia. Pero eso me da igual. A veces sólo orbito entre dos modos: el nostálgico y el flagelador. Uno inspira y el otro deprime. Ninguno consuela. Cierra los ojos y contonea.

Aquel día miraba al cielo y no miraba a las estrellas. Sólo me las imaginaba. Me imaginaba mirando al cielo esperando a que pasase algo que iba a durar no sé qué fracción de segundo. En realidad fue una referencia bastante acertada. Te puedes pasar siglos mirando algo para que itere lo más mínimo que en el preciso instante en el que estornudas pasa todo y te lo pierdes.

La piel y la carne flotan hasta que se llenan de agua. Después todo forma parte del mismo problema. La solución no existe ni está escrita. Da igual que una chica de pose andrógina se acerque a ti con la intención de follarse al determinismo en pos del libre albedrío. En el último momento se dará cuenta que era lo que iba a hacer desde el principio. Una piscina de sonido y luz donde perdí todo lo que iba a conseguir hacerme volar. Ese calor iba a hacerme volar de pulgares para fuera. Yo sólo sentía de cejas para dentro. Seguramente se marchitó. O le dio demasiado el sol esperando que el tiempo cambiase. No es cuestión de microclima. Es cuestión de que esté lo suficientemente despejado como para que no te pierdas nada, aunque el tema de conversación no te interese y aunque ya no sepas qué sabor te va a tocar esta vez.

Lo cierto es que no floto sobre lo que creo que estoy flotando. Es una mezcolanza tan compleja que para diseccionarla necesitaría ponerme un albornoz y eso ahora mismo no entra en mis planes. Lo único que entra es arrugarme en todos los sentidos y dejar de ser una anécdota para ser un hito. Uno de esos que se convierten en piedra y acaban siendo pasto de esos vándalos de baja autoestima.

Beber hasta caer. Salir y caminar. Ella digería todo lo que me hacía girar. Está desnuda. Pide algo que no sé lo que es. A veces prefiere dormir. Otras, prefiere no preguntar. Yo siempre quiero que el diapasón no deje de sonar. No hay eco. Es algo seco y original. En ocasiones bastante rudo o distante. No pasa nada. Otras veces da todas las vueltas que puede, se marea y se deja hacer. Las bromas que no hiciste ayer igual hoy coquetean con lo anacrónico.

Consumida y agotada. Prefieres hablar o follar. En realidad casi nunca hablas. No es cuestión de otorgar, ni tampoco de premonición, pero si ya supiéramos todo sería muy fácil y las mañanas serían muy aburridas. Te trataría como las noches tratan a los sueños. A mis sueños. Esa fugacidad injustificada. Si lo apuntas pierdes la gracia, pero dura para siempre. Era muy de escribirte. Y no puedo dejar de serlo. Lo peor es que no he dejado de serlo. Es una tara de burbuja y calor de asfalto. Tampoco sé si pasará. Hay cosas con las que aprendes a vivir y se convierten en algo nuevo que incorporas a tu no tan vulgar personalidad porque no sabes cómo enterrarlo. La alfombra no es tan gorda y los persas hace tiempo que aprendieron a escucharse mucho mejor de lo que lo hacían antes. No es la primera vez que me pasa. Puede que todo lo que soy sea una especie de colección de canciones instrumentales de las que no recuerdas la letra porque no existe pero que no puedes dejar de tararear.

Todo para dentro. No llueve. Mejor que no llueva. Si está despejado puedo ver cómo sigues brillando. Puedo ver como lo que parece Venus en realidad es una estrella que murió no sé qué día de octubre. O puede que fuera noviembre.

No lo insinúes mientras bebes helio. Lo rubio sube mucho más despacio pero solidifica más fuerte.

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luces de ciudad

 

 

 

Hay un momento en el que el coche parece que no se va a hundir. Te pone del lado del malo. Es muy tramposo. Pero al final todo acaba bien. O sea, mal

Llegué a aquel lugar con apariencia de parque en un día de verano. Era por la mañana, aunque allí casi siempre está nublado. No tenía muy claro sobre qué paralelo estaba saltando, pero sí tenía claro que necesitaba un café. Entré a uno de esos locales pequeños que tienen apariencia de hogar y una chica de belleza prístina y turbante en la cabeza me puso un café en un vaso pequeño con una sonrisa grande. Dentro del microclima que se respiraba entre esas cuatro paredes todo sabor se potenciaba como cuando bebes de los labios de alguien y aún conserva el matiz de su dulce gloss. Habría tenido sed todos los días de mi vida. Caminar solo en un lugar en el que nadie te conoce ni habla tu idioma es una experiencia única, facilitada por la universalización de los transportes y por tu refinada libertad individual en contratoque del malvado individualismo liberal.

Yo es que fumo porque si respiro aire puro mi cabeza se despeja y deja de tomarte en distancia para tomarte en constancia.

Había caminado en bicicleta más kilómetros que en todo el año anterior junto y mis cuádriceps estaban duros y fatigados. La erótica del luto es algo tan cultural y glocalista que me podría pasar la vida recorriendo funerales del mundo. Lo de prender fuego a algo que está muerto es algo que hago continuamente en vida, así que menos mal que no fui un guerrero vikingo. Pero lo de hacer de mis restos un lugar de reunión en el que comer pan dulce con vino gasificado mientras mi lápida sirve como aparcamiento de vehículos de dos ruedas me gusta tanto que me entra la prisa por chapotear en la litosfera. Recorro un camino intencionadamente ordenado para perderse y llegar a donde no querías llegar. Aquí no está Amy para dejarle un tubo de nicotina a su lado, pero esta Søren para que te dé la turra con su existencialismo mientras no puedes dejar de mirar esos ojos azules tan penetrantes que no paran de moverse de un lado para otro.

Tienes la mirada de Søren, y si las consonantes de su apellido fueran cicatrices iría todas las mañanas de domingo a la plaza a cambiar las que tengo repetidas.

Como pasa con muchas cosas el mejor momento de algo pasa justo antes de que el momento llegue. Aunque tu memoria visual será la que retumbe, tu refracción emocional siempre te hará respirar profundo y hacer memoria en virtud de lo mejor que te pasó. Un tipo se sentó junto a mí mientras miraba lo que quedaba del filósofo y me preguntó algo en ruso. Yo sólo sonreía y contesté cosas en inglés. Lo cierto es que tendría mucho sentido que un lugar donde termina la gente que ya no existe empezará a existir gente que todavía no lo hace. Para que proyectar recuerdos pudiendo proyectar ADN.

De aquel día no recuerdo mucho más. Dejar de correr para empezar a caminar por avenidas tan largas y llenas de vida que te hacían pensar que esto no parará nunca de girar. Una banda sonora algo gamberra con muchas onomatopeyas, un plato de pasta con más picante que de lo otro y la perpetua sensación de que todo lo que está pasando es una fotocopia repetida y única. Que pensar en color sepia en cosas que todavía no habían pasado es redistribuir cuánticamente la imaginación. El problema es que todo habla de ti aunque no te lo merezcas. Jodido impulso primario de idealización hitchcokiana.

Levanta la vista, observa lo que te rodea y juega a ver quién llega primero a tu carrera del recuerdo. Lo tienes. No hace falta contar nada más porque te lo acabas de explicar todo.

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-una caja de música-

Dice algo así como que hay que admitirlo, redimirlo y tirarnos de los pelos. No sé. Llovía y no los estaba mirando a ellos

Levito entre la paciencia y la ausencia de una ansiedad que debería estar pero no está. Entre lo que anhelo y lo que me conviene. Entre lo que fue y entre lo que probablemente no sea. Compadezco ante una muchedumbre fiel pero dolorosa que me ha visto quitarme las astillas una a una con las manos mojadas y los ojos rojos. Estos fundamentalistas de mis emociones me dijeron que si no te puedes levantar por lo menos te puedes sentar a ver cómo pasan cosas y nada cambia, todo permanece inerte ante un silencio que da miedo y un aire tan limpio que hace que se me ensucie la conciencia. No camino, sólo giro sobre mí mismo.

Improviso ante los impulsos que salen a borbotones de lo que tengo entre mi entrecejo y lo que hay encima de la ingle. No es cómodo. Tampoco consecuente ni pertinente. Pero es. Aquel tipo argentino que murió hoy y que era realmente hilarante con las palabras decía que la vida para lo único que sirve es para ser vivida, y poco más. Seguramente nada más. Un tanto reduccionista, carente de pretensión e incluso naíf, pero tan verdadero como la sutil añoranza a la que no me atrevo a ponerle nombre ni a decir en voz alta. Parpadeo con la curiosidad e incredulidad propia de aquel que finge que le gustó más Gremlins II que Gremlins I.

Algo que se sostiene en la pared con la misma energía con la que se colocó. Un recuerdo que no entierras porque la pala está en el estante más alto y porque tampoco te motiva acercarte con un taburete. Echas un poco de tierra por encima, haces una marca en el suelo y con eso piensas que bastará. En los últimos diecinueve años nunca se inundó el piso menos dos del garaje. Por qué iba a hacerlo en diciembre de 2019. Ahora todo lo que pisas es barro, agua con un olor intenso a resignación y matices con tropezones de tierra dura y condescendencia. Es bonito si llevas botas. Es bonito si vas descalzo. Es bonito si alguien te grita Marco y quiere escuchar tu Polo.

Es triste si ves tu reflejo del pasado proyectado en una chapa de color azul turquesa. Las mejores conversaciones son de motor apagado y mirada encendida.

No es vanguardia o revisitación. Tampoco es un renacimiento ni una secuela. Desde luego que no es una reinvención. No podría decirse que es ponerle un sombrero nuevo a la muñeca de siempre. En realidad no tiene definición fácil, pero como nada lo es marida a la perfección con algo tan loco como inexplicable. A veces tengo la sensación de que te conozco mejor que nadie y después el reloj empieza a girar en la otra dirección.

Para qué mentir pudiendo esconder la verdad. Es tu manera de hacer deporte y parodia. Una comedia de la que te ríes muy alto porque sabes que después del tercer acto no todo va a ir del todo bien. Los títulos de crédito nunca son el final en el posmodernismo y decir nunca en voz alta nunca y siempre significó menos. Ave que se mece al son de las curvas y que aguarda su momento para golpear en cabina. A mí me encantan las películas que acaban mal, pero también quiero que se salve siempre la chica rubia.

Agacha los párpados, levanta las cejas y mastica el aire por si acaso. Nunca sabes cuando va a romper la ola.

JR

la puerta no está cerrada por dentro

Tienes que aparentar todo el rato que sabes lo que estás haciendo aunque lo único que quieres es que termine

Noche templada que no termina nunca. Empezó a la hora de siempre pero en ese lugar todo era tan oscuro que jugaba a ser agujero de gusano. Hielo en vaso y la continua sensación de no encajar para beber. Allí lo único que hacía de esponja era el no aguantar la mirada. No sabía a qué hora soltaban las bestias pero todo el mundo parecía estar esperando a lo mismo. Lo que no sabían es que aquel día la bestia llevaba cenando con cuchillo y tenedor un buen rato. Nada sutil, apenas vibrante y una secuela de aquella película en la que muchos tipos sin camiseta se pelean por toda la ciudad saltándose el torno del metro por encima de sus posibilidades. Allí no había medidor de posibilidades. Ni siquiera había posibilidades. Sólo tradición oral carente de emoción escrita y una especie de pintura de Altamira de color fosforito. Firmas tu sentencia de muerte con tóner del caro.

Llegas escuchando aquella versión de los Creedence como si fueras El Nota antes de encontrar los deberes, pero a medio tiempo. Las trompetas no se escucharon en el cielo. El concepto trompeta es a final como rojo es azul más agua salada auto-producida. Todo lo que esperas y te hacen esperar pasa delante de tus ojos a una velocidad tan rápida como decepcionante. Caminas, miras a tu amigo y decides que no es buena idea encender un cigarrillo en esa gasolinera. La última vez que fumé tabaco terminamos derrapando en la puerta de la casa de Ana Frank mientras nuestros ideales se hacían mayores. Mercantilizar la tragedia es igual de despreciable que tocar sin ganas. La piedra respira y humedece, no escucho más que información nueva que sé que no voy a retener. Algo me pesa en la boca del estómago. Me habría venido bien un puñado de arena.

Uniforme de emoción exagerada. Escenario que no encaja y música que no mejora el silencio. Un ojo me mira y el otro no sé dónde está. Camino durante no sé cuánto tiempo y todo me parece tan igual que siempre termino topándome con el maldito número nueve. No camino en círculos, es el mundo el que camina en torno a mí. Pasado de moda el antropocentrismo no queda otra que colocarse con descolocamiento. Es mejor que levantarse rápido de la silla o despertar y darte cuenta que no estás. El hábito no por rutinario dejaba de ser doloroso. Pero a veces te dejas sangrar porque te gusta mirar. Porque te gusta que te miren.

Itinerante y estridente sobredosis de decibelios que rima con decepción, pero de delante hacia atrás en vez de detrás hacia delante. Los ojos se te pegan y el hielo la mayoría de veces no es seco. Quema más que enfría y alivia más que escuece. Todo es lo contrario de lo que parece. Lo contrario de lo que tenía que haber sido.

El plástico no deja de ser combustible sólido y pasado que tiene una historia que también quiere ser contada.

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la planta baja de los rascacielos

Nunca son las doce en el reloj porque salta dos minutos sin que te des cuenta

Ilústrame con tu piel blanca como lienzo. La tinta era todo lo que nos queríamos inventar. El arte relativiza las emociones y las tensiones. Actúa como tranquilizante. Yo ahora no quiero estar tranquilo. Quiero nervios y tensión. Quiero frío que cristaliza y nariz que se vuelve roja. Una conversación que está todo el rato terminándose pero que no termina nunca. Elegir izquierda o derecha. La izquierda es lo que quieres. La derecha lo que te obligas a querer. Son dos pasos. Dos zancadas decididas o dubitativas. Qué más da. Es domingo y es por la noche. Nadie te espera en ningún sitio porque el primer y último sitio en el que quieres estar es dónde estás.

Empieza por eñe. No. No empieza, pero tiene. Lo rimas con la o y en agudo. A mí que siempre me han gustado los títulos largos y las palabras esdrújulas. Mi nombre es arte en diminutivo. El tuyo oscila entre lo ausente y lo presente. Nunca tiene las dos. Nunca tenías las dos aunque siempre tenías de uno más que del otro. Nunca salías a vencer. Ni tomabas camino. No pasa nada. El camino está hecho. Ningún número salvo el uno y por ellos mismos. Lo agradable no es firme. Tampoco universal. Si es puro, aburre. Si es fácil, eterniza. En esta bañera todo toma un cáliz distinto para casi todas las cosas menos para una. No sé ni en qué floto. Tampoco sé si estoy flotando. Puede que la ausencia de luz signifique que no hay luz. Que nunca la hubo. Pero yo recuerdo estar cegado más de una vez.

Cierras los ojos y te mareas. Al sol todo vale doble. Por dos. De negro, más. Una foto en marco que nunca llegó a ser pero que sigue dormida en un cajón. El invierno no va a llegar porque nunca se ha ido. Es puro y oscuro. Pero cuando estás tanto tiempo fuera de casa ya confundes la distancia con tu hogar. Puede que seas casa. O lo fueras. O no dejes de serlo. Lo que itera puede que lo haga de una manera efectista pero sin trasfondo. Una bomba de humo para aprovechar un instante de zozobra. Duele, pero no mata. No duerme, pero descansa. Amarillo y amarillo patada en el ojo.

Un minuto y un segundo de una canción que flota, pero no cuaja. Tampoco pasa nada. Hace tiempo que la urgencia pasó a un segundo plano. La inmediatez es el himen de lo trascendente. Y lo trascendente es terminal. Todo parece un puzzle de cinco mil piezas pero en realidad sólo tiene dos.

Igual ya es verano. Igual es el verano pasado. Hace tiempo que perdí la noción del tiempo. No sé si avanza o retrocede. No sé si es ahora o ya es siempre. Tampoco pido que me lo devuelvas cuando aún me queda que dar. Poesía de miércoles por la noche. Como aquella noche en la que lo ambulante dejó de flotar.

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una opinión sólo es válida si es estúpida

Sólo te dejan pasar por el lado izquierdo cuando el derecho está cerrado

Era un viernes o un sábado por la noche. La verdad es que no lo recuerdo bien. Hubo un tiempo en que todas las noches se parecían pero de una manera distinta a como se parecen ahora. Yo estaba bebiendo con tres colegas una especie de brebaje creado por algún soldado de trinchera mezclado con algo dulce que te acelera el corazón y las ganas. Dos no sé si siguen vivos. Uno sí. Seguramente lo estén los tres, pero el espectro, y nunca mejor dicho, que rodean sus ausencias son un libro que tiene el lomo por dentro.

Había sido uno de esos días que parecen fotocopias, no particularmente memorables, pero el hecho de poder emborracharse en un vaso sucio y después volver a casa cruzando un puente con viento soplando de los seis lados lo hacía todo más llevadero. Se acercaba Semana Santa y hacía días que no me empapaba en agua bendita. Eran unos días donde cumplía prisión preventiva por algo que nunca supe y en el pecado llevaba la penitencia. Joder, que venga aquí el Secretario de Estado del Vaticano y me la empiece a comer. Aquí hay más nivel que en una cíclica papal.

Iba a haber fumata blanca. Con más de lo segundo que de lo primero.

Estaba hablando con una de mis amigas acerca de cómo era posible que a alguien se le ocurriese poner tiras de plástico en vertical para sustituir una puerta, cuando miré mi teléfono porque me había escrito una de esas chicas con las que hablas unos días y que si no termináis por sentaros uno en la cara del otro la relación termina por no ir a más. Un mensaje directo, corto y expeditivo. Digamos que soy un fan del cortejo sibilino y el doble sentido apoyado en un misterio que termina por revelarse tal, pero de vez en cuando un ? contestado con un ! es de lo más excitante que te puede pasar. Decidí apurar de un trago ese elixir que potencia el ingenio pero que te deja un sabor en la boca dulce y gasificado, como si le estuvieras comiendo el coño a la CEO de Coca-Cola, y pongo una de esas excusas que no convencen a nadie para irme de aquel bar 98% madera 2% ganas de odiarse a uno mismo.

Del bar a su piso, y por ende a sus ganas, había unos veinte minutos caminando. Siguiendo la ruta mirando mi teléfono me encuentro gente que habla más alto de lo normal y unas ganas locas de hacer un número dos. Cuando vas a comerte un culo lo mejor es ir con el estómago vacío, ya que al final uno termina siendo lo que come. Entro en ese bar con nombre de marca de amplificadores de guitarra en el que un día una chica diez años mayor que yo me invitó a ir a su piso después de contarme que no recordaba el número de veces que había follado, pero que nunca había hecho el amor, con el único objetivo de besar con mi piel la diáfana cerámica presidida por no la mejor foto de Jim Morrison. Toco el cielo como lo debió tocar el bueno de Jim en aquella bañera de Le Marais y tras ajustarme la gabardina prosigo mi camino. No diría el camino del héroe, porque ¿qué es un héroe?

Cuando llamo al timbre y subo a un cuarto sin ascensor por aquel angosto portal me encuentro con una promesa hecha realidad. Como cumplir un programa electoral punto por punto sabiendo que vas a salir reelegido presidente por mayoría absoluta. Y no me hizo falta corrupción, sólo mi carisma natural y preservativos de una talla más. Cuando entro en su salón me recibe con una sonrisa que no puede quitarse de la cabeza. La decoración era de piso turístico y olía todo a mueble recién montado. Todo, menos ella. Ella tenía un aroma dulce, pero suave. Algo que te apetece masticar pero no tragar. Deleitarte con él el mayor tiempo posible en la parte posterior de tu paladar. Me dice con su acento argentino y sus labios redondos cual coso en el que salir a matar que ha bebido ron con no sé qué. Y que al último sitio al que fue fumó algo de color verde que olía como el mate pero que no era mate. Que llegó a casa, estaba sola y salida. Sola y Salida podría ser la parodia porno de un grupo de canción del verano. Y que se acordó de mí. ¿No es precioso que se acuerden de ti? Dicen que la publicidad aunque mala es buena. Entonces la auto-publicidad mental buena tiene que ser lo mejor.

Se tiene que poner de puntillas para alcanzar mi barbilla. Creo que era una señal. O así lo interpreté y se dejó llevar. Apenas llevaba ropa de cintura para abajo y lo que llevaba de cintura para arriba apenas era ropa. Lo complicado y elaborado cuando sucede tiende a henchirte de un gozo próximo a la realización. Pero poco se habla de lo que te viene cuando no esperas y es un caramelo dulce. El bocado más dulce. No desafina ni media nota. Se desliza y podría hacerlo toda la noche. Sus ojos son elocuentes. No hacen falta palabras aunque no paren de salir de su boca. Para tener más ganas de follarse mi mente que mi cuerpo como me dijo aquel día lo disimula bastante bien.

Hacía frío. Pero ella hacía otras cosas.

Después de jugar a ver quien se deja ganar más veces miramos al techo y empezamos a hablar de la superioridad moral de la izquierda, de como en Argentina también piensan que el calvo de Amaral se ha zumbado a Eva más de una vez o del chiste negro más bizarro que hemos escuchado nunca. Sus palabras, su aroma, y el aliño de su piel con la suavidad de las sábanas hace que no pueda dejar de tenerla dura. Y una erección perdida ya sabes que hace llorar al niño Jesús.

El niño Jesús era negro y aquella noche le habría encantado mirar y llorar lefa.

Cuando los primeros rayos de sol entran por la ventana debatimos acerca del mejor disco de Él Mató a un Policía Motorizado mientras bebo mate de verdad. Lo pruebo por primera vez y es amargo y adictivo. Como lo fue mi vida en 2019. Después de aquella noche volvimos a vernos un día más. Una noche menos. Todo bajo luz tenue y sonrisa de psicoanalista. Más preparado, menos sutil.

Recuerdo el camino a casa después de la primera noche. Ya era de día. No tenía nada. Nada era mío. Miré al cielo y pensé que cómo hay gente que puede pensar que la Tierra es plana. Llegué a mi casa, me hice una paja pensando en ella y en un tío con estigmas en las palmas de la mano mirándonos y me quedé dormido con la polla en la mano.

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diabetes mellitus

La letra es sencilla. De esas que se aprenden rápido y no se olvidan tan rápido. De las que no se querían quedar siempre a dormir

Empiezo a pensar que cualquier elemento de ficción que se pasee por mi cabeza va a ser lo más realista que he pensado nunca. El querer nadar en un complejo mundo en el que te esfuerces para que todo tenga su sentido y poética interna no tiene la menor utilidad emocional. De la otra ni hablamos. Pero no tengo nada mejor que hacer. En eso se resume todo en estos días. La palabra confinamiento y su dimensión pragmática te da una perspectiva de esas que conoces la teoría, pero de la que nunca te aplicas el cuento hasta que te obligan a leerlo con los ojos abiertos sujetos por fórceps mientras te echan colirio para que no se seque tu comprensión. Es tarde para eso también.

Oscilo entre una tonalidad sepia y de blanco y negro. Como añorando cualquier tiempo pasado. No sé si el de hace seis días o el de hace seis meses. Pero añorando. Aunque puede que sólo sea una enajenación transitoria a causa de que han metido nuestro presente en una de esas bolsas de mago que no tienen fondo. Leo una historia de una pareja que aunque esté aburrida, se quieren. Cuentan algo así como que van a cenar a casa de otra pareja en la que el marido es compañero de trabajo de uno de ellos, y que lo más interesante que les pasa es que en vez de tener un perro o un gato de mascota tienen un pavo. Uno de esos blancos que tienen un graznido penetrante y que su eco aún retumba en tu cabeza un rato después. Se sube a árboles y un día lo hizo para no volver a hacerlo más. Morirse haciendo lo que más te gusta. Tienes que darle creatividad hasta la muerte si no corres el riesgo de que se te haga muy largo. Sobre todo hacia el final.

Hace poco fue equinoccio y hoy es el clásico día que se te hace más corto. Tiene poco de intenso y mucho de revoltoso. Eso que dicen que cuando no sabes algo tu mente genera un número importante de escenarios, a cada cual más improbable pero a la vez a cada cual más plausible, es tan cierto como aquella historia de la vidente de la que se pensaba que regurgitaba la verdad desde el otro lado cuando lo único que hacía era escupir clara de huevo. Intentas no pensar pero piensas. Tu rutina pretendes que sea lo más firme posible pero termina siendo laxa y desdeñable cual chicle sabor melón. Aprendes cosas sólo por pensar en voz alta y comprendes que ningún sentimiento es definitivo. Eso te trae paz y a la vez inquietud. El relativismo que tanto impera en mi grávitas cultural y del que hago gala siempre que puedo se extiende a lo emocional cuando llevaba ya años tomando el sol. Sólo que lo había hecho de una manera tan sutil que había olvidado echarme crema y ahora todo son quemaduras.

De aquellas llamas estas cenizas. Cenizas construidas y no deconstruidas que hablan más que cualquier predicador neovirólogo. De darte la mano y mirarte a los ojos con ganas en plaza con nombre con diminutivo a tener una distancia social y emocional efectista y dicotómica. Dicen que la mente es cartesiana, pero hay cosas que lo son más. Los matices de grises no son más que el dulce licor que se encuentra dentro de la botella rota, botella que es lo bueno o lo malo y con la que terminas por tener únicamente dos posibilidades: reciclar o dejarte sangrar con sus afilados pliegues. Noche de verano de balanceo entre lo astronómico y lo físico caliente.

La temperatura de evaporación es de ciento dos grados. Sublimas. Condensas. Y la temperatura de fusión eras tú. Sólo te pienso de piel para fuera, pero el verbo ha dejado de ser reflexivo para ser copulativo.

Alice-Wonder

demasiado tiempo

La saga tiene muchas partes pero lo peor es que la última se divide en dos

Y ya hace un año de aquella noche. Aquel momento de marzo en el que todo empezó a cambiar e hizo explotar todo con muchas ganas, lava y humo. Observaba el esplendor de la más plana y oscura Castilla a la luz de una lámpara de color naranja. Todo consistía en esperarte, como en los dos meses anteriores. Todo lo que pasaba era lo que sucedía entre ver mirar el reloj girar cada vez más despacio y golpear la llave con la cerradura. Esperando algo que siempre era peor que su prefacio. A eso no sé si me podría haber acostumbrado. Seguramente sí. Aunque seguro que una catarsis de verano y emoción presente de perro me habría dado un golpe de realidad y me habría despertado. Duermo mucho pero cuando duermo estoy más despierto que todos vosotros, como decía aquel. No. La verdad es que no. Lo bueno del sueño es la evasión. Y en aquel momento aún no lo sabía pero iba a querer evadirme para siempre.

Llegaba después de tres días de beber mucho y dormir poco. Cada vez me reía más alto y jugaba a asustar viandantes bajo mi capa de color negro. Todo pasaba bastante rápido después de que estuviera un tiempo sin pasar nada. Había dejado de romperme y la responsabilidad de tener que cuidar de un minúsculo ser vivo me hacía más terrenal y responsable. Lo de ser severo nunca se me ha dado del todo bien, hasta que no queda más remedio. Suelo nadar en un relativismo más libertino en el que doy la confianza de que serás igual de listo y no rebuscado que yo. Claro que muchas veces eso es lo más ingenuo que puedes hacer. Aunque no por ello tienes que dejar de hacerlo. Tú fumabas demasiado y a mí cada vez me importaba menos. Escudriñaba una novela gráfica para después volverla ácida en su imagen audiovisual cuando llegaste más allá de las doce. No recuerdo que había hecho ese día más allá de hacerte caso muchas veces y ver el final de aquella película de James Stewart donde todos acaban abrazados y llorando porque es Navidad. Me encanta esa película. Le pondría un diez. En cambio a la película que te montaste no se la desearía ni a Tim Burton. Por muy facultado que esté para dirigir las peores mierdas poco iluminadas que una retina pueda persistir.

Tu explicación fue como tu ethos, insulso y sin sentido. Las contradicciones y parodias llegan a ser ricas y encantadoras con ciertos matices y contextos, pero tú lo convertías todo en barro. Es curioso como puedes llegar a idealizar hasta lo menos idealizable del planeta. Cosas que con perspectiva no te aportaban más que pellizcos de emoción enana que no trascendían lo más mínimo pero que por momentos en tu universo se convertían en la razón de ser y existir. Puta cabeza. Dijiste que te ibas. No sabías por qué. En realidad sí lo sabías, sólo que no te atrevías a decirlo. Me regalaste el segundo peor mes del año y después desapareciste para siempre. La verdad es que tu paso por mi vida nunca supuso ni supondrá ni una columna en las últimas páginas del diario de un martes cualquiera, pero lo que desembocaste después te convierte en una hija de Bin Laden. Y a mí en el avión más famoso de la historia.

Vuelo 715 de Oceanic con destino a la isla más solitaria e inhóspita del planeta. Pero hasta los lugares y viajes más decadentes son susceptibles de encontrar buena compañía. Porque los osos polares con los ojos vidriosos de colores cálidos y espuma en la comisura de los labios ya se presuponen. Fue un proceso fugar y disolvente. La pesadumbre y la ausencia de recuerdos porque aún no se habían creado. Una historia que se deja con el cursor parpadeando en el tercer capítulo porque el gordo que la está tecleando sufre un infarto y no le da tiempo a llamar a su contacto de emergencia.

Fuiste lo peor que me ha pasado nunca.

Fuiste. Pero al final de cada acto me descubro como el hijo de puta más optimista de esa torre de cemento y miro a los ojos a la desgracia para reírme muy alto de ella. La vida es dramedia. La vida es comedia. La vida es tragedia hasta que lo dices en voz alta, te partes de risa y ya no te puede hacerte daño. No es sólo aparentarlo. Es serlo. Pero sobre todo es aparentarlo. Me sumerjo durante unos meses en noches muy largas, obligándome a caer en vicios que no me gustan. Juego durante un tiempo a hacerme el encantador y a gastar velas perfumadas mientras una retahíla de chicas aburridas y con un claro vacío emocional pasan por la cama más grande que han visto nunca mientras me siento cada vez peor. La proporcionalidad del fondo emocional puede que llegue a tener una relación directa con la profundidad de todas las vaginas puestas de forma consecutiva formando una especie de túnel hacia un abismo personal. Claro, que esto es imposible de comprobar. Pero la mera abstracción ya me hace tilín.

No hay nada como que algo peor sea susceptible de empeorar. Pero esto no es un diario. O puede que lo llegue a ser. Un diario retrospectivo de la caída al vacío con la mejor de tus sonrisas pensando que, después de todo, todo saldrá bien.

No te quejes de marzo cuando aún no has vivido noviembre.

Umbrella Academy

si hace viento el paraguas se da la vuelta

La espuma de los días es maíz destilado en la punta de tu nariz

Camino despacio y mirando hacia arriba. Lo bueno de no tener que ir rápido es que lo de tener prisa deja de existir. Parece fácil obviar lo obvio pero últimamente es lo que más me cuesta. Vacilo entre el inmediato futuro y el presente más disfrutable. Mi cabeza proyecta imágenes obsesivas que hace que lo profundo e importante oscile entre un falso techo y un falso suelo. Tengo que aprender a dominar eso. No puede ser que algo que no trascienda lo más mínimo me impida paladear cada centímetro de piel de los labios más besables de este horizonte. El pensar qué pasará dentro de dos días evita que me balanceé en lo que pasará dentro de dos segundos. Es algo que no puedes permitir que pase. Primero te quitaron la sensación de no tener nada que perder mientras que ahora no tienes nada que ganar. Después la frescura y soltura de lo módico y lo práctico. Pero lo último que conseguirán es secuestrarte tu paz y su paz. Soy la mecedora y ella es la escopeta. Venid a por mí.

Mi cabeza me domina cuando estoy despierto y sobre todo cuando estoy dormido. No es cuestión de guardar pose porque hace tiempo que ese personaje me devoró. Y estoy encantado con ello. Ya no sé ni lo que soy pero sólo sé que me gusta lo que soy. Aunque siempre existen obsesiones. Una chica más lista que yo me dijo una vez que la felicidad consiste en querer estar en el momento y lugar en el que estés en ese instante. El pensar en un segundo desde fuera con medio paso de perspectiva que joder, podrá no ser el escenario más idílico del planeta y el contexto podrá ser de lo más arbitrario, pero no cambiaría esto por nada. El picor de ojos por haber dormido poco. El brazo que se te duerme porque se te duerme encima. El que tú huelas a ella y el saber que cada respuesta que tengas para todo tendrá una réplica divertida y sesuda. Que sólo exista eso. Ahora sólo quiero que exista eso. Toda lucha social me emociona y toda competición económica me repele. Refractario de lo fiduciario palpable y enamorado de lo abstracto que no se nota pero se siente. Hacía mucho tiempo que no sentía algo así y que algo que un tipo comenzó en el Neolítico señalando con el dedo un trozo de tierra recién plantada no te lo amargue. Porque no tiene ese poder. El súper-poder lo tiene ella aunque no lo sepa.

Lo más puro suele ser inconsciente. Cuando tomas constancia de lo que eres y lo que provocas corres el riesgo de parodiarte. De perder tu esencia. De ser otra cosa. Y, a menudo, de joderla. También está la posibilidad de que trasciendas todo eso y hagas de tu virtud un negocio sin ánimo de lucro propio. Que tu alimento sea ver cómo se ríe o ver cómo poco a poco pierde el miedo. Darle paz, que no dependencia. Es darle la caña y no el pez. Es convencer de que nunca seremos eternos, pero sí que podemos ser inolvidables.

Hoy voy a seguir mirándote a la boca no porque no me muera por besarte, sino porque no quiero perderme ni una sola de las palabras que me dediques.

boris vian

infarto agudo de miocardio

Los estados intermedios y la lógica del movimiento

Es un universo extraño. No muy agradable. Es pequeño como todos los universos por los que al final he paseado mi etérea existencia. En algunos he estado muy poco tiempo. En otros he estado más de lo que debería y sobre todo más de lo que me gustaría. La relatividad del tiempo es algo tan fácil de rebatir que asusta, pero asusta más su dimensión no pragmática. Su estar. Su mero hecho de existir. El otro día me sentía improvisando en el tedio cuando me descubrí con un sonido dentro de mi cabeza que no había escuchado nunca. Aunque tenía la sensación de haber escuchado algo parecido una vez hace mucho tiempo. Era como uno de esos sueños que ya casi no recuedas mientras te viertes el café, pero que minutos antes era lo más nítido y real que te ha pasado en este hasta ahora año plano. Todo son unidades. Todos son formas de medir lo que no existe y lo que es abstracto. Es la obsesión de la etiqueta llevada al lenguaje para entendernos cuando cada vez yo entiendo menos lo que está pasando.

O no lo quiero entender porque no me gusta todo lo que pasa.

La cúpula y el efecto eco que hacen por dentro las paredes de mi cráneo para algunas cosas tornan en ocasiones en la más absoluta nada. Y en otras, en opio. Líneas rectas y luces a los lados y por encima de mí. Un ritmo constante. Lento, pero decidido. Todo discurre como si se supiera lo que está pasando cuando de lo único de lo que estamos seguros es que algo está pasando. Aunque no sepamos el qué. Es todo tan circular que asusta. La rutina te aliena y hace que las cosas pierdan su sabor, su intensidad. Que pierdan la esencia de lo que un día te pareció tan auténtico y disfrutable. No creo que dure mucho en este universo. La presión es un mantra que te destapa los pies y la cabeza a la vez. Y el caramelo que ofrece no dignifica ni satisface. Simplemente te enajena y te lleva a un estado de autocomplacencia hasta que das un paso atrás, miras a los lados y te preguntas en voz alta que a santo de qué. Que eso no es para ti. Pero sigues. La rueda tiene que seguir girando y tú sólo eres un pliegue en su infinito caucho.

Tengo curiosidad. Tengo perspectiva. No sé si tengo expectativa. Tengo algo porque me suscitas algo. Eres como un fantasma del pasado que ha decidido aglutinar mis pasiones y mis desgracias en un único ser de frágil e intencionada estructura, pero de mirada clara aunque insegura. Eres todo lo que quise y puede que todo lo que vuelva a querer. Eres una oportunidad redescubierta. Algo dado cuando menos te lo esperas en el momento que más te mereces. Eres todo lo que hice mal sabiendo que lo hice mal y sabiendo cómo hacerlo bien. Eres misa. Eres un 30 de diciembre y un 7 de octubre a la vez. Inquietud y sonrisa. Desgracia y poder. Desgracia y querer. Saber lo que quieres y lo que no. Labio de pretensión adictiva. Puede que llegues a serlo todo. Puede que llegues a ser una pasajera más del suprauniverso que envuelve esta gran capa de colección impar. Y como siempre me voy a entregar y hacer gárgaras con tu existencia. Tengo curiosidad.

Siento un temblor que cada vez se hace más fuerte bajo mis pies. Sólo espero que se agriete la tierra y acabemos chapoteando en lava.

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