La rueda es el mejor invento siempre que sea literal y no figurada

Y entonces, se fue. Se levantó de mi sitio fetiche donde pensándolo bien creo que nunca había estado con ella y salió por la puerta. Su abrigo de color gris hacia juego con su resiliencia, y sus ojos grandes, azules e inundados me miraron con una intención que no supe interpretar. Sólo sabía que no era una buena. El laconismo y la desidia que tantas veces me había hecho gracia había acabado conmigo y con las pocas esperanzas de que se me ocurriera algo más lejano de lo mío y más cercano a lo suyo. Es curioso como lo más habitual es que lo irónico se ría de ti de la manera más cruenta y sincera. Da igual la hora que sea, pero por las mañanas jode más. El alivio que perseguía y anhelaba en cada uno de mis discursos mentales llega con el sabor más agrio de todos. Pero es alivio, al fin de al cabo.

Empiezo a pensar que no hay nada más sugerente que la simpleza, y que para lograr ser feliz lo que tienes que estar es enajenado o chapoteando en la estulticia. Lo complejo nunca acaba bien. Sólo emociona. Pero siempre será mejor estar emocionado que ser feliz. Su diagnóstico, la hipérbole. Su remedio, la procrastinación. Previsible y cómodo. Doloroso y de agonía acuciante y sin visos de tener fin. La melancolía es llamativa y atractiva hasta que deja de serlo.

Quería destruir algo bello. Y ella es lo más bello de nuestro tiempo. Puede que pensara que más que exageración era sadismo. Pero ni mucho menos. Lo que he hecho es de lo más masoquista posible. ¿Distinto a la flagelación de hasta ahora? En contenido sí, en continente no. Una mujer desde el otro lado de la sala saca su teléfono móvil y me hace una foto. No me molesta. Puede que ni me sorprenda. Puede que desde fuera la escena de la soledad y autodeterminación parezca un plano de Haneke y por qué no inmortalizar algo así cuando lo tienes delante. O puede simplemente que se haya equivocado. Todo son elucubraciones, como lo eran antes.

Pero yo ya no quiero incertidumbre, quiero certezas, y aunque me vuelva a equivocar en algo en lo que estaba seguro no me doy miedo a mí mismo. Sólo me da miedo dejar de intentarlo. Dejar de fracasar. Dejar de vivir por sobrevivir, para asegurar. La equidistancia es sólo una ilusión y creer que ese fantasma existe sólo es unir alas con pegamento y pensar que con eso puedes volar.

Puede que sí haya cierta parte de matiz sádico. Sus lágrimas son en cierto modo combustible para mis ideales, y aunque no por ello vaya a ganar o dejar de perder algo, en cierto modo reconforta. Esa gota que hace cascada y que simboliza un trauma mucho mayor del que tiene que ver contigo reinterpreta la situación y la hace más épica. Toda la épica que pueda tener un ensayo sin ápice alguno de valor por su parte. El conservadurismo del que hace gala es enfermizo , y cualquier golpe que se llevara por dejarlo atrás durante diez minutos no sería ni mínimamente comparable al que no para de llevarse cada día que no hace algo por matarlo de raíz. Pero muchas veces no es cuestión de valorar los daños, sino de ausencia o presencia de predisposición.

Y lo que antes motivaba, ahora hastía. Y lo que antes era cómodo y simple, ahora es complejo y sofisticado. Y huye. Y a mí me da para escribir muchas palabras. Para que las leas. Aunque en el fondo lo que te gustaría es que te las dijera al oído.

No sé si el café está amargo porque tú me lo has amargado. Lo único que me interesa es si te decidirás a endulzarlo.

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Anti-poser sólo usa tacones en agosto

Tengo la sensación de que en este último año he vivido cien vidas. También tengo la sensación de que el tiempo ha pasado tan rápido que es como si no hubiera pasado nada. Pero el tiempo sigue pasando a la misma velocidad: un segundo por segundo. Puede que haya envejecido diez años emocionalmente. Estoy más en forma que nunca, pero estoy más cansado que nunca. Todo lo que pasa no está bien y lo poco que pasa que está bien o dura tan poco que no soy capaz de darme cuenta lo bien que estaba, o inevitablemente trae detrás algo tan terrible que hace que eso que parecía que estaba bien quede reducido a una gota de lluvia en un monzón.

Pienso en esas películas que no explican nada, en las que las cosas pasan porque sí sin darle una motivación o un bagaje al protagonista. Pienso en que hay algunas que me encantan. Linklater es un genio haciendo eso. Te puede tener pegado a una pantalla durante 159 putos minutos viendo Boyhood para que al final no pase absolutamente nada. Bueno, sí. Que acabe en reformulación de frase de auto-ayuda con mantra filosófico venido a menos con eso del que te atrape el momento. Pero da igual. Nada. La más y muy nada. O como en Everybody Wants Some. 116 minutos de pantalones muy cortos, tipos jugando mal al béisbol y mucho peine en bolsillo. Y para qué. Para nada. Y eso es absolutamente genial. Porque sí. Aunque mi propio porque sí no me hace ninguna gracia ni mucho menos se convertirá en un clásico instantáneo de culto.

Esto no es cine. Ni un guión de 90 páginas escrito por las dos caras. Mi porque sí es en realidad tu porque sí. Pero tus porques sí hasta hace nada eran mis porques sí, hasta que me ha tocado decir no. Se podría decir que esta es una de esas situaciones en las que ni el mejor de los negociadores o conciliadores podría sacar nada en claro. De hecho dista mucho de ser una negociación. Ni siquiera un conflicto de intereses. En esos casos siempre hay una parte que sale más beneficiada que la otra. En esta precisa contingencia ambas partes saldrán perdiendo. Y lo sé. Y lo saben. Pero no se pierde porque no se hace nada por ganar, se pierde porque es imposible que uno de los dos gane. Seguramente porque se jueguen a deportes diferentes. Igual no tanto. No, es el mismo juego sólo que las normas y el punto de partida de cada parte no tiene nada que ver. Joder, convertir en palabras algo tan melancólico se hace difícil hasta para un tipo que lee el segundo peor libro de Murakami con la peor copa de vino de la ciudad un domingo por la tarde.

No sé cómo saldré de esta. No tengo la menor idea de hacia dónde irá todo cuando lo diga en voz alta. Sí sé hacia dónde irá porque ya no hay más camino ni posibilidad de trazar otro. Ha sido una aventura. Podría haber sido una epopeya. Pero una parte de mí siente alivio al ver al otro lado, después de todos y cada uno de los minutos de mierda que he saboreado durante estos últimos trescientos días, la más absoluta y completa nada. El poder comer nada mientras bebes nada viendo nada y esperando a que nada llame al timbre mientras nada te dice que hoy no va abrir. Sólo tengo que portarme bien y jugar con ella tal y como espera que alguien como yo lo haga. Creo que sabré hacerlo. Si algo he aprendido últimamente son putas lecciones de vida. En las malas y en las malas.

Iba a decir que estaba roto, pero no puedes diseccionar más los pedazos más diminutos de la física una vez que los han destruido.

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La exaltación del yo no es fascismo, es romanticismo

Últimamente un cinismo exacerbado impera en mí y me gobierna. En realidad desde hoy por la tarde, pero eso da igual. Con lo que era capaz de disfrutar antes de esa ironía que se reía de todo porque no tenía nada que perder. Eso sí que era vida. Pero de un tiempo a esta parte me he desnaturalizado tanto que sencillamente soy una parodia que se sumerge en la más profunda mediocridad. Y hasta los más necios disfrutan de las cosas simples. Algo tan efímero y emocionante como reírte de todo esperando que todo se ría de ti se ha convertido en algo tan poco disfrutable como poco probable. Y eso es lo peor que me podía suceder.

Puede que fuera porque algo así estuviera tan viciado que tenía que terminar. Una fecha de caducidad. Que algo que un día encontraste revitalizante y poderoso y que invadía tu ser con la misma fuerza con la que una esponja absorbe agua se convierta en un fantasma que sigue haciendo las mismas cosas, pero que el eco que retumba es tan etéreo que hace que te mires al espejo y que no te reconozcas. Y no te enfadas. Al menos no al principio. Simplemente agachas un poco la cabeza y te resignas a que las cosas a partir de ahora van a ser así, aunque sepas que llegará un día en que si las cosas siguen siendo así durante un minuto más tu cabeza y tu corazón explotarán. Literalmente. Con todo su visualismo gore y vísceras saliendo a borbotones por nariz y boca. En el fondo tu naturaleza no se puede cambiar. Podrás cambiar todo lo demás, pero eso que nace tan dentro y te empuja a actuar siempre de la misma manera en los momentos que importan siempre estará ahí. Siempre será igual. Y puedes estar encantado o puedes estar jodido. Yo antes siempre estaba encantado. Ahora no paro de estar jodido. Y no por no estar contento de ese ser, ese súper yo, sino más bien por todo lo contrario. Por no ser capaz de apreciar y admirar a ese hijo de puta cada vez que sale a relucir y hace que todo lo demás parezca una copia de otra copia de una fotocopia del libro más aburrido jamás escrito en el idioma con más consonantes posibles.

Es cómodo perderse en el pasado. También lo es revolcarse en la miseria y en la melancolía para el ser creativo. Le pregunto a un amigo que cuál es el remedio para curarse del cinismo. Y dice que ya me ha contestado, aunque no lo ha hecho. O tal vez sí. Un enérgico fan como yo de los silencios elocuentes no puede haber dejado escapar uno así. O puede que no exista remedio. Lo que hace es entroncarlo con ese concepto que siempre me ha causado sarpullidos mentales: karma. Una palabra tan manida y desgastada que ha perdido su significado. Para mí nunca tuvo ninguno. Aunque sí tiene sentido eso de que si haces cosas buenas te pasarán cosas buenas. Pero amigo, no hay debate más emocionante que la intencionalidad del acto malvado. Y si eso condiciona o no que seas malo. El desconocimiento de la ley no exhume de culpa. Joder. Hay tantas locuciones rancias que oscilan entre lo aburrido y lo pesadumbroso que simplemente pararme un minuto a pensar cómo me afecta eso a mí me hace bostezar con la mayor de las energías. Supongo que esta es otra de las marcas que tanto añoro. Esa superioridad moral en la que tan cómodo me encuentro, pero con la que no basta encontrarse si no disfrutas de ella. Da igual todo lo que seas, o todo lo que quieres ser, o si no tienes la menor idea de lo que quieres ser, club que presido, que si no disfrutas cada gramo de tu ser y de tu saber estar es que estás perdiendo.

Y yo hace tanto que no gano.

Pero esto no es una competición. O en realidad sí lo es. Todo el rato. Sólo que al no enfocarlo como tal no me encuentro a mí mismo. A mí nunca me ha importado no ganar. Simplemente me importaba disfrutar de ser yo. Algo que hace tiempo que no hago. Algo que es el mayor acto romántico que alguien puede hacer por alguien. Exaltar su yo. Revolcarte en tu identidad y morir por ella. Qué feas son esas dos palabras: identidad y morir. Sobre todo la primera. Pero tengo tantas ganas de que me vuelva a ver y me choque la mano.

Supongo que esto es un comienzo. Estoy bebiendo whisky de una copa lo suficientemente cargada como para hacerme tiritar en cada trago, y pensando en la chica que he visto hace un rato y que un día hizo que mis pantalones se apretaran cada vez que nos quedábamos a solas. Y si me dice que va a votar a la izquierda lo único que se empalma en mí no va a ser sólo mi polla, sino mi alma. Otras de esas cosas que me habrían inspirado sobremanera en otro tiempo, y que tanto me han pasado en estos meses, y que terminan siendo anécdotas que te cuentas solo y a ti mismo con una mezcla de compasión y buena esperanza. No puedes ser el que mejor se lo pasa y no ser consciente de ello. Por mucho que digan que las peores películas de Woody Allen son las que son más autoconscientes. Y una mierda. Son las más brillantes. Nada mejor y más tú que gustarte cuando lo estás haciendo como nadie. Cuando eres más tú.

No importa lo demás. Puede que este mensaje sea lo más liberalista e individualista desde esas mierdas que vomitaba Stuart Mill. Pero todo es sociedad, y nada es masa. Es suma de individuos. De las particularidades de cada uno de ellos. De sentirse orgulloso de las propias y no renegar de las ajenas. O sí renegar de las ajenas. Pero las afinidades se consiguen cuando te conoces. Nada más animal que una conciencia tranquila en el tercer planeta del sol. Si tuviera un piano tocaría dentro de un armario. Esos son mis mantras. Elocuentes y simples. Directos. Al menos para mí. Sin contexto no tienen ni un puto sentido, pero da igual. Porque para ti tienen todo el sentido del mundo. Y como los olvides un minuto, estás perdido. Basta de revolcarse en lo que no eres. En lo que no quieres ser. Basta de dar chance a algo que la sociedad de masas ha metido en tu cabeza que es correcto o normal. Lo normal es tan subjetivo como pronto aceptes que es subjetivo. Lo normal y lo corriente distan tanto como naturalidad y careta.

No sé. Igual esa canción de Frank Sinatra que tanto me ha obsesionado estas últimas semanas tiene razón y es un mensaje que cala en mí. Esperaré hasta julio y veré si me sale algo, sino me haré un ovillo y moriré.

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Ahora es artista de circo con leones

El verano acababa de comenzar y sentía que volvía a jugar al lugar más pleno del planeta. Un lugar donde si la Tierra fuera plana es donde terminaría. Y lo haría no con la angustia de vivir al lado de un precipicio al que te asomas y sólo contemplas inmensidad, no. Lo haría con la certeza de que no puedes llegar más allá, y que es justo ahí donde quieres estar. Aquella casa tenía ese aroma tan particular que danzaba entre comida recién horneada y una naturaleza tan verde como acuosa. Ella se paseaba todo el día sin apenas ropa mientras zarandeaba a su gato hasta hacerlo rabiar, para después preguntarse por qué ese maldito minino no la quería. Aquel día su madre me había dado 50€ por pintar de negro la verja del jardín de atrás y después follarme a su inocente y adorable hija. Ya nada podía ir a mejor.

-Entonces es la historia de un tipo que juega a los bolos y mezcla vodka con leche, ¿no?

-No, no es sólo eso. O sea, sí. Pero lo importante no es eso. Lo importante es que un japonés le mea en la alfombra. Uno de los chungos, o de los que al menos lo parecen. No uno de esos que construyeron el ferrocarril.

-Ahá. Y a partir de ahí le confunden con otro tío que se llama igual que él.

-Eso es.

-Pues no lo entiendo.

-Pero eso es porque no la has visto. La gran broma que está detrás de todo es que Jeff Bridges reniega de los nihilistas, cuando él es el mayor nihilista de todos.

-¿Y se supone que eso tiene que hacer gracia?

Aún así fue la mitad de estresante de lo que fue explicarle qué alegoría encarnaba el humo negro de Lost. Ni que fuera tan difícil de entender algo tan burdo como una dicotomía crística y anticrística del bien y el mal. Entre el blanco y el negro. Hasta vestían y se les iluminaba de una manera muy concreta para que te dieras cuenta. En fin. Aquella misma noche bebimos cerveza fría tumbados cada uno en un sofá, y para variar a mí se me cayó todo encima.

La horizontalidad requiere de su talento.

Yo por entonces no lo sabía, como la mayoría de las cosas que me pasan y que la abrumante ausencia de perspectiva me impiden ver, pero seguramente era el tipo más feliz de aquel plano planeta. Ella escuchaba todo el día a los Two Door Cinema Club y Phoenix mientras yo desarrollaba una aversión hacia las baladas indies que me llevaría años superar. Me leía la última página de libros de Espinosa o Kundera y yo pretendía ver que me emocionaban, cuando en el más profundo de mi yo adolescente deseaba que me leyera la página 33 de Trópico de Cáncer, o que por lo menos hiciera algún chiste con la primera frase de El Extranjero de Camus. Sin ser yo huérfano ni nada de eso.

-Pues he cogido el libro y me he puesto a rodear con un lápiz (siempre escribía con un puto lápiz en cada libro que leía. Quién demonios lee con un lápiz 2HB en la mano) todas las interjecciones que dice. Los ay, jopé, y jo. Creo que salen unos tres por página.

-Ahá. Y eso lo haces para resaltar la ausencia polifórica de la voz del autor o por…

-Eres gilipollas.

La verdad es que era una auténtica artista detectando tocs. Y gilipollas, pero sobre tocs. Es lo que tiene vivir en uno continuo. Y eso sí que era alegórico, polifórico y autenfórico, el que se obsesionara con El Guardián Entre El Centeno. Pocas cosas tienen un continente tan extremadamente llamativo en relación a su contenido. Está claro que Salinger inventó el posmodernismo antes de que se inventara, pero ella escribió el último párrafo del libro antes de que Salinger lo imaginara. Bajo la peligrosa y controvertida versión que hay detrás del si ponerte a recordar es sano o no, y si te lleva a lugares que no estás del todo seguro que quieras volver a visitar, ella me lo enseñó todo. Como con tantas cosas. No hay nada más fácil de influir que un novato. La gracia estaba en que ella también lo era. Al principio la inocencia torna en curiosidad. Más tarde, en perfeccionismo. Y por último, en cinismo.

-Tienes que escucharlo. Tiene la nariz y las orejas muy grandes. Lleva gafas de pasta y en su guitarra pone this machine kills fascists.

-Ahá. ¿y dónde viene a tocar?

-Ya sabes dónde.

this machine kills fascists

 

De la B a la Z

El infierno parece haberse hecho un hueco en la tierra. No pasa nada, es el lugar del que provienes. Para ti, esto es estar siempre en casa. Lo insulso hecho sonrisa eterna. Lo vacío llenado por una escatología propia de un niño de ocho años. Lo insustancial sin contenido, mezclado con una mirada apagada que sólo sabe escupir culpas a su alrededor. Habitante de un espacio y tiempo paralelo en el que las expectativas son el único alimento para la esperanza que siempre torna en fracaso. Pero no pasa nada.

En realidad sí pasa. En realidad sí pasó, pero ya no. Despedazaste mi intestino para saltar a la comba entre la negación y la negociación. Más tarde entre depresión y el no entendimiento. Reventaste las fases del duelo sin pasar por la mejor: la de la ira. Clavaste la estaca justo en mi muslo mientras estaba sentado admirando como iba a ser el principio de mi fin con la misma expresión morbosa e inocente que mostró el primer ser que vio morir a otro. Me mataste. Dos veces. Y aunque esté a diez mil jodidas millas de mí, cada día estoy más cerca. Pudiste ser directa y expeditiva. Un golpe seco. Un mordisco a un trapo húmedo y un atracón de dolor, fricción y velocidad. Pero preferiste regodearte en el dolor. Para qué arrancar de cuajo, cuando puedes desgarrar, oscilar, girar y endiosarte con el movimiento del péndulo de un reloj dentro de la más roja carne hecha emoción.

La anáfora de la ausencia de valor, presencia de orgullo y regodeo de rencor. Con lo poético que puede ser contradecirse, y lo conviertes en una vulgar parodia, como todo lo que tocas. El egoísmo que clama en cada escaso pensamiento que se pasea por tu mente y que hace que te revuelques en la mayor de las mierdas que puedas imaginar y contar para simplemente sobrevivir un día más a lo insoportable de tu presencia. De tu presencia para ti misma. De lo que fue late motiv de mi existencia, y que hoy no es más que una carcajada muy alta que te mira con los ojos vidriosos mientras grita que te mereces todo lo que te pase.

No pasa nada. Ya no. Es lo que tiene tocar fondo cuando pensabas que no había más vacío. Estás en la más oscura y cavernosa de las profundidades, pero acabas de darte cuenta que justo detrás de ti hay una escalera que te lleva de nuevo al cielo. Estabas tan preocupado en sentir pena por ti mismo y en lamerte las heridas con sabor a vacío y opacidad, que no te habías dado ni cuenta. Puede que no sienta las piernas. Que esté algo oxidado, o que la herida en mi pierna sea tan profunda que trascienda la metáfora y realmente pueda ver el orificio de entrada y salida de tu humeante estancia. Pero da igual. Porque he renacido. Porque te has empeñado en tornar la ignorancia en odio, y porque estoy mucho más cómodo de lo que había pensado sabiendo con la mayor de las certezas que caerás más bajo de lo que me hiciste caer, y que no sentiré la menor de las clemencias cuando tu voz, a lo lejos, susurre auxilio con las pequeñas fuerzas que te queden. Aunque tu cabeza cree la imagen de que vivirá una historia de superación sin esfuerzo y que siempre acaba bien, yo estoy en la fila cinco de la sala más pequeña del festival de cine de autor más independiente que se pueda impulsar esperando con la más intensa de las impaciencias el giro final que te espera.

Soy un niño con zapatos nuevos.

Tu apocalipsis

Nieblaherria

Es un lugar en el que cada paso que das tienes más claro lo perdido que estás. Una extensión del cielo crístico, un paraíso pagano que refleja exactamente la connotación que no tiene. No ves más allá de dos palmos. Sólo escuchas el sonido de tus pisadas y de tu respiración, y el leve crepitar de la lluvia que no cesa mientras envuelve esa niebla tan densa que a veces parece que dibuja escaleras. Escaleras hacia ninguna parte. Y de aderezo, la continua sensación de que alguien está detrás de ti, pero nunca hay nadie. Excepto una o dos veces, pero quien hay esa una o dos veces no es más que una persona que no has conocido nunca, pero que te regala su mejor sonrisa. Exactamente tal y como esperaba que acabara todo. O eso habría hecho si no hiciera surf sobre las olas más existencialistas de este suave y brillante pasto verde.

No hay nada mejor para encontrarse que perderse entre gente que no conoces. Basta con salir ahí fuera y volver a rozar lo trascendental con tu carisma, y unido a tu mejor fan se dibuja una sonrisa en tu rostro que ni el mejor y más efectivo anuncio de prozac. Pero como nada permanece y todo itera, terminas en una especie de cabaña de montaña frente al mar, bebiendo la cerveza más larga que un vaso de cristal pueda reinventar. Ella, un vino tan dulce y gasificado que no es más que una promesa de baja expectativa que sólo puede ir a mejor. Más tarde descubro que todo el talento ausente que su lengua tenía reservado para la retórica, lo volcó todo en una serie de virtudes tan divertidas como fugaces. Escucho la mejor canción que he oído en mucho tiempo y todo termina con una revisitación de la ley de los vasos comunicantes. Un colofón más que digno para alguien que no ha sido capaz de mantenerte la mirada más de tres segundos seguidos. Si Marx levantara la cabeza se rendiría y se haría productor de cine porno.
Acento argentino con bajo que entra tarde y nombre de canción muy corta tocada por grupo de nombre muy largo. Ahora mismo no me cambio por nadie. Y menos por ti.
jj

Escape

Tocar fondo. En realidad no sabes donde está el fondo hasta que coges una caña de pescar, le pones un imán en el anzuelo y esperas a que el núcleo de la tierra esté hecho de algún atrayente y atractivo metal. Claro, que esa es la manera más científica y positivista de tocar lo más bajo. Pero como aquí siempre hemos sido más del empirismo más empedernido, por muy racional que se torne cualquier emoción, te lanzas en pantalones cortos sin saber muy bien dónde vas a terminar.

Dicen que lo interesante no es llegar, sino el camino. En realidad eso es susceptible de ser una idiotez, sobre todo cuando estás casi al final del camino y no te has dado ni cuenta de que el camino había empezado. Aunque supongo que todo esto no es más que una alegoría bastante horizontal, una hipérbole de la línea recta que es un pretexto para expresar que te han hecho cosquillas en la garganta las cotas más bajas de lo que alguien puede llegar a experimentar en el primer mundo. Por supuesto que aún conservo todos mis miembros; no tengo ninguna coqueta enfermedad de transmisión sexual como le pasó aquel. Estoy bastante lejos de que toda mi descendencia haya perecido en una multitudinaria fiesta de sábado noche. No, no. Nada más lejos de la realidad. Pero sí se podría decir, desde el más subjetivo punto de vista, que el jodido planeta se ha confabulado en este año impar para hacer que cualquier empresa que inicie, con mayor o menor eco en su repercusión en la humanidad, fracase de tal manera que haga que la refutación al absurdo del suicidio de Camus sea lo único que me ronde la cabeza cuando estoy en el baño.

Es un drama. Todo lo es. Pero no hay nada más cómico que la tristeza. Aunque tal vez no te des cuenta de ello sin perspectiva, sin tiempo. Pero no le des esa ventaja a la naturaleza. Quítale el tiempo a la ecuación y reduce tanto que sólo te quede reírte tan alto como el Joker en tu pequeño cubículo del rascacielos más alto que hay en doscientos kilómetros a la redonda.

Sí. Será todo un fracaso. Una concatenación de los mismos. Un popurrí de malas decisiones, aunque no tuvieras ni idea de que estuvieras escogiendo. Pero cada vez lo hago mejor. Cada vez fracaso mejor. Y eso me la pone dura de una manera tan sucinta que ni el mejor de los disimulos de un pederasta cualquiera a las dos y media en la puerta de un colegio. El sudor atrae. No hay nada como las feromonas flotando. Música para mi alma.

Eso no quita que te sorprendas a ti mismo mirando al infinito en el interior de tu coche, cuando lo único que ves es el parking vacío de un centro comercial que vivió tiempos mejores. Esa sí puede ser una metáfora aplicable: el ciclo del capitalismo, que se vicia hasta que no puede dar más, y después se hunde. Más tarde, supongo que te reinventas o desapareces. Llevas demasiado tiempo nadando en mediocridad, aunque de las mejores cosas que pudiste hacer fue darte cuenta de que todo lo que te rodearía a partir de cierto día iba a ser la mayor de las medianías. No hay nada como vivir con las expectativas bajas.

Y esto es introspección. Es terapia. Nada más animal que una conciencia tranquila, nada más humano que comer techo por algo que no tiene solución. En ese sentido soy el rey de la sabana. El pez que espera sobre una roca en lugares tan profundos que no ha golpeado el sol. Pero echas de menos los eventos, la acción, el agitar porque sí. Y todo eso, y esto es lo mejor de todo, te lleva siempre a la misma moraleja: cuando estás por debajo de tus zapatos, sólo puedes ir hacia arriba. Tienes todas las opciones del mundo. Y lo peor que te puede pasar es que vuelvas a la casilla de salida, esa en la que te mesas la barba y te compadeces un poco, para después darle un repunte y pensar que, joder, hacia mucho tiempo en el que no tenías el abanico tan desplegado.

Algunos lo llaman resiliencia. Yo lo llamo hacer el medievo con cualquier conspiración que se cruce contigo y que no tenga las mismas intenciones que tú.

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