Y entiendes entonces que acaba en calvario lo poco que puedas llevarte a los labios

Una vez más la dicotomía más simple y somera se instala en cada cosa que me viene a la cabeza. Como si de un continuo conmigo o contra mí se tratase cada elemento que me rodea tuviera que escoger bando. Aunque no supiera bien para qué. Supongo que todo empezó así. Siempre había disfrutado chapoteando a lo largo de la paleta cromática y saltando del gris al amarillo, y me lo había pasado muy bien enseñándote palabras como cian o magenta. Pero cuando las cosas se ponen feas cuesta más eso de tener la puerta del jardín abierta todo el día. Propones capitular, pero en realidad no es más que un ataque de falsa bandera, y todo lo que haces es intentar invadir el mismo territorio usando diferentes estrategias.

Todo lo pasional a veces es tan bélico que asusta. Hay tópicos que a veces aciertan. El problema de querer ser siempre el más original es que no tienes tiempo para reflexionar acerca de esas cosas tan simples. Lo cierto es que ahora mismo te regaría de clichés, y me encantaría que los escuchases todos con la pasivo-atención con la que solías hacerlo. Que me haya quedado sin un gramo de fuerza y que mi espinazo ahora mismo sea un bate astillado no exime los momentos de tormentosa debilidad por los que paso a lo largo del día. De las cincuenta y siete mil setecientas veintiséis cosas que te dije una de las más sinceras fue esa de que arriesgar es estar vivo, que el resto es sobrevivir. Entonces imagina lo que es evadir. Ha llegado un punto en el que la mayor victoria a la que puedo aspirar es a distraerme todo lo fuerte que pueda para que tu eco no siga retumbando en todos mis huesos.

Lo repetitivo de ir en círculos tiene el hándicap de que recuerdas cada trozo de hierba que has pisado antes. Ahí empiezan los reveses y el público no soporta más reposiciones. Las cartas al director cada vez se hacen más amenazantes y los suspiros de indignación cada vez son más sonoros. Cambiar la línea editorial aún habiendo estudiado a tus seguidores se hace harto difícil, pero en ocasiones no queda otra. Aunque una parte de mí desearía que se siguiera reservando una columna pequeñita en una de las páginas centrales del domingo que sirviera como Galia de lo que un día pudo ser y no fue. Un homenaje a nuestra historia. Una tregua del odio forzado y el desdén inflado. Un pequeño rincón escrito en un idioma que sólo tú y yo entendiésemos, que para eso tenemos experiencia. Las palabras que rescataran algo de orgullo entre el espeso lodo de dolor y malas decisiones.

Pero también sabemos que eso sería una terrible idea.

Cuando no escuchas lo que quieres escuchar tiendes a fabularlo. A imaginar códigos secretos, a entrever intenciones o a proyectar disertaciones que tienen el mejor final posible. La ingenuidad es algo que, por endémico que sea, nunca deja de sorprender. Y más todavía si se acompaña de inteligencia y aparente dominio de la situación. Quiero volver a verte y no quiero volver a verte. Aún tengo siete días para decidir lo que quiero antes de que lo que quiero dé igual y me toque volver a mirarte. No existe más camino que la línea recta y el final oscuro, pero eso no es lo que más me asusta. Supongo que lo que más me asusta es tan grave que ni soy capaz de decirlo aún sabiendo que no lo leerás.

No pasa nada. Por mucho que esos momentos de flaqueza positiva y evasión les den por aparecer un rato cada día mis abismos seguirán esperándome en casa. Me has convertido a la vez en el animal más asustado y en el más bonito.

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Habría recorrido el desierto siguiendo tu olor y ahora mi casa es de arena

Hoy es el día en el que todos comparecen. También es el día más corto del año, la noche más larga del año. Nadie de los que están ahí dentro saben si quiera si volverá a salir el sol. O si al menos verán un nuevo amanecer. También es el momento más triste del año, el que ha vaciado las tripas de la esperanza y las ha rellenado de cemento para arrojarlas sin más al río más frío y sucio de la meseta. Es el momento de decir todo. De no quedarse en el sin comentarios y de destruir todo mientras los flashes te deslumbran de la misma manera que tú llegaste un día a deslumbrarlos a ellos. No dejar títere con cabeza. Dejar de conciliar porque es imposible seguir conciliando y enarbolarse en una bandera marxista y hacer del conflicto el motor de la historia. El motor de nuestra historia.

Me encontraba en la sala anexa al gran escenario donde todos los carroñeros de las emociones esperaban por mí sentados en sus cómodas butacas de piel sintética mientras revisan donde ir a cenar el postre. Ensayo una y otra vez lo que voy a decir en voz alta con mis asesores. Dicen que no tengo que estar preocupado, que me lo sé todo y que si eso no es suficiente soy rápido. El más rápido. Lo que ellos no están teniendo en cuenta es que puedes ir con el discurso muy bien aprendido, pero el control de reacciones no depende de ti. Aparentar que lo hace es parte de mi emocionante labor, pero la real es que no se note que estoy improvisando cada palabra que sale de mi boca después de que la primera lágrima salga de tu ojo.

También he de mostrar entereza. Antes estaba triste, ahora enfadado. La ira es más complicada de disimular. Es como la emoción o la sorpresa, sensaciones tan intensas como efímeras imposibles de controlar. Pero hay algo que tiene la ira que no tienen las demás cosas, y es su energía. Si el conflicto cambia las cosas la ira es la gasolina que hace que el fuego arda. Estoy entre apesadumbrado, afligido, motivado, expeditivo y bloqueado. Es un cóctel tan extraño que ganaría un concurso de cócteles.

Me dirijo al estrado donde una placa con mi nombre y mi apellido preside la mesa que recogerá los trocitos que se vayan despegando de mi ser. Un vaso con forma de campana invertida está medio vacío de agua tibia del grifo. No llevo ningún guion ni apéndice sobre el que apoyar mi discurso, porque para qué. Echo para atrás la silla, me desabrocho el botón de mi americana y me siento. Apoyo las manos cruzadas sobre la tabla de madera con cuatro apoyos y mientras aclaro la garganta me doy cuenta que ese momento es tan real que pensé que nunca llegaría. Pero ha llegado. Al fin. Y lo único que me preocupa no es lo que pueda decir que haga que te destruya fuerte o muy fuerte. Lo único que me inquieta es que por falta de perspectiva no sea capaz de paladear cada segundo de ese instante como si fuera lo más definitorio que te va a pasar en mucho tiempo.

Tras un breve proceso de des-idealización y sobre todo de demonización hacia ti, me descubro con una concentración que asusta y una eficiencia en lo destructivo que ni en Terminator II. Empiezo a escuchar preguntas, y sigo contestado lo que quiero. Porque lo que quiero es vender mi discurso. Me ha tocado dejar de pensar en quien escucha para centrarme en quien habla. Es un altavoz de lo vertical retransmitido por televisión nacional. Violaste a la empatía hace mucho tiempo. Compraste la noria más bonita de Europa Occidental y la hiciste dar tantas vueltas que cuando me bajé no pude evitar vomitarte en los zapatos. Al principio me daba pena, ahora sólo pienso en que ojalá hubiese repetido segundo plato aquel mediodía. Digo casi todo lo que pensaba decir. Y si no digo más es porque es la tercera vez que me ruegan que abandone la sala. Mi sonrisa denota paz y alivio. Al fin he sido capaz de destruir lo más bello. Y sólo me han hecho falta tres o cuatro intentos.

Decías que no eras mucho de palabras. Desde luego no eras de hechos. Ni de acontecimientos. Y muchos menos de hazañas. Simplemente eres agua estancada. Un agua que nunca te quitará la sed.

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Es una caja de música que no suena del todo bien pero que es difícil de parar

Creo que hoy Nacho me ha dicho unas seis veces, y sin contar las de los días anteriores, que quisiera y no quisiera son dos cosas diferentes: que quisiera que me quisieras y que no quisiera quererte. Es una frase un tanto tramposa y juguetona, pero es sonora y elocuente. Tal vez por eso no salga de mi cabeza. Aunque sé que con alguna que otra letra junta que lea y me atraiga la olvidaré. O al menos se quedará en letargo hasta la próxima vez. Ojalá fuera tan fácil con otras cosas. Pero lo fácil y telúrico últimamente no se pasa por aquí, ni siquiera deja una notificación en el buzón, y lo complejo y cruel se ha adueñado de mi sofá y creo que me terminará echando haciéndome una oferta a la baja.

La rueda gira. Ni siquiera hay retorno. Ni siquiera tienes tiempo de darte cuenta de que ese radio ya había pasado, porque ni siquiera estás mirando la rueda porque tú eres la rueda. Lo justo sería decir que esta es una revelación sofisticada y difícil de asimilar. Supongo que sería igual de traumático para aquellos que al fin descubrieron que no era el sol el que giraba en torno a nosotros, sino que éramos nosotros, seres inferiores e insignificantes hijos de una estrella muerta, los que daban vueltas alrededor de algo tan brillante. Pero hasta el puto planeta Tierra ve pasar la rueda antes de obsesionarte con ella. Cuando no tienes afelios ni perihelios , y lo único que tienes es un montón de cosas que te superan ya ni ponerte en bucle el vídeo de los Monty Phython te ayuda a darte cuenta que tus problemas de mierda no valen una mierda.

Jodido antropocentrismo.

Pero como esto no es una clase de Ciencias de la Tierra, y lo que pretende es jugar a ser filosofía psicológica sin ser yo nada de eso, podemos darle otra perspectiva. El problema igual reside en que es imposible darle una perspectiva nueva, porque tome el camino que tome termino igualmente en la casa de la bruja. Y esta vez ni me dan dulces ni me dicen lo rubenesco que puedo llegar a ser si le aplico el esfuerzo adecuado. Esta vez esa novia de Satán me arroja directamente y sin titubeos al fondo del ardiente horno. Mira, un cuento que me podría aplicar. Nada como una metáfora con moraleja para afrontar algo que ya no sé cómo tomármelo. Por lo menos hoy he cenado el sangriento trozo de un animal con pinta de haber sufrido más que yo. Un consuelo que está lejos de consolarme.

También me gusta eso que me ha dicho Nacho, lo de que es curioso que cuando nos aburrimos usemos la expresión matar el tiempo, cuando es el tiempo el que te mata a ti. Estos proto-aforismos de cantautor a veces calan en mí como debe calar el frío húmedo. Coqueteo con la idea de un final por todo lo bajo, pero últimamente apenas disfruto de la compañía de nadie que no sea yo mismo, lo que igual termina por empujarme a una reflexión eterna asceta y por consiguiente huraña, pero si no fuera por mi repudio a la frase es sólo una etapa, diría que es sólo una etapa.

Así que mientras descubro que quiero ser de mayor y si realmente voy a destrozar algo bello de una vez, me refugiaré en esta catarsis de palabras, mi particular contar hasta diez, para así no convertirme en eso que tanto odiaría terminar siendo pero que probablemente ya sea.

O lo empiezo a hacer simple o el tiempo empezará a ir el doble de rápido.

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La rueda es el mejor invento siempre que sea literal y no figurada

Y entonces, se fue. Se levantó de mi sitio fetiche donde pensándolo bien creo que nunca había estado con ella y salió por la puerta. Su abrigo de color gris hacia juego con su resiliencia, y sus ojos grandes, azules e inundados me miraron con una intención que no supe interpretar. Sólo sabía que no era una buena. El laconismo y la desidia que tantas veces me había hecho gracia había acabado conmigo y con las pocas esperanzas de que se me ocurriera algo más lejano de lo mío y más cercano a lo suyo. Es curioso como lo más habitual es que lo irónico se ría de ti de la manera más cruenta y sincera. Da igual la hora que sea, pero por las mañanas jode más. El alivio que perseguía y anhelaba en cada uno de mis discursos mentales llega con el sabor más agrio de todos. Pero es alivio, al fin de al cabo.

Empiezo a pensar que no hay nada más sugerente que la simpleza, y que para lograr ser feliz lo que tienes que estar es enajenado o chapoteando en la estulticia. Lo complejo nunca acaba bien. Sólo emociona. Pero siempre será mejor estar emocionado que ser feliz. Su diagnóstico, la hipérbole. Su remedio, la procrastinación. Previsible y cómodo. Doloroso y de agonía acuciante y sin visos de tener fin. La melancolía es llamativa y atractiva hasta que deja de serlo.

Quería destruir algo bello. Y ella es lo más bello de nuestro tiempo. Puede que pensara que más que exageración era sadismo. Pero ni mucho menos. Lo que he hecho es de lo más masoquista posible. ¿Distinto a la flagelación de hasta ahora? En contenido sí, en continente no. Una mujer desde el otro lado de la sala saca su teléfono móvil y me hace una foto. No me molesta. Puede que ni me sorprenda. Puede que desde fuera la escena de la soledad y autodeterminación parezca un plano de Haneke y por qué no inmortalizar algo así cuando lo tienes delante. O puede simplemente que se haya equivocado. Todo son elucubraciones, como lo eran antes.

Pero yo ya no quiero incertidumbre, quiero certezas, y aunque me vuelva a equivocar en algo en lo que estaba seguro no me doy miedo a mí mismo. Sólo me da miedo dejar de intentarlo. Dejar de fracasar. Dejar de vivir por sobrevivir, para asegurar. La equidistancia es sólo una ilusión y creer que ese fantasma existe sólo es unir alas con pegamento y pensar que con eso puedes volar.

Puede que sí haya cierta parte de matiz sádico. Sus lágrimas son en cierto modo combustible para mis ideales, y aunque no por ello vaya a ganar o dejar de perder algo, en cierto modo reconforta. Esa gota que hace cascada y que simboliza un trauma mucho mayor del que tiene que ver contigo reinterpreta la situación y la hace más épica. Toda la épica que pueda tener un ensayo sin ápice alguno de valor por su parte. El conservadurismo del que hace gala es enfermizo , y cualquier golpe que se llevara por dejarlo atrás durante diez minutos no sería ni mínimamente comparable al que no para de llevarse cada día que no hace algo por matarlo de raíz. Pero muchas veces no es cuestión de valorar los daños, sino de ausencia o presencia de predisposición.

Y lo que antes motivaba, ahora hastía. Y lo que antes era cómodo y simple, ahora es complejo y sofisticado. Y huye. Y a mí me da para escribir muchas palabras. Para que las leas. Aunque en el fondo lo que te gustaría es que te las dijera al oído.

No sé si el café está amargo porque tú me lo has amargado. Lo único que me interesa es si te decidirás a endulzarlo.

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Anti-poser sólo usa tacones en agosto

Tengo la sensación de que en este último año he vivido cien vidas. También tengo la sensación de que el tiempo ha pasado tan rápido que es como si no hubiera pasado nada. Pero el tiempo sigue pasando a la misma velocidad: un segundo por segundo. Puede que haya envejecido diez años emocionalmente. Estoy más en forma que nunca, pero estoy más cansado que nunca. Todo lo que pasa no está bien y lo poco que pasa que está bien o dura tan poco que no soy capaz de darme cuenta lo bien que estaba, o inevitablemente trae detrás algo tan terrible que hace que eso que parecía que estaba bien quede reducido a una gota de lluvia en un monzón.

Pienso en esas películas que no explican nada, en las que las cosas pasan porque sí sin darle una motivación o un bagaje al protagonista. Pienso en que hay algunas que me encantan. Linklater es un genio haciendo eso. Te puede tener pegado a una pantalla durante 159 putos minutos viendo Boyhood para que al final no pase absolutamente nada. Bueno, sí. Que acabe en reformulación de frase de auto-ayuda con mantra filosófico venido a menos con eso del que te atrape el momento. Pero da igual. Nada. La más y muy nada. O como en Everybody Wants Some. 116 minutos de pantalones muy cortos, tipos jugando mal al béisbol y mucho peine en bolsillo. Y para qué. Para nada. Y eso es absolutamente genial. Porque sí. Aunque mi propio porque sí no me hace ninguna gracia ni mucho menos se convertirá en un clásico instantáneo de culto.

Esto no es cine. Ni un guión de 90 páginas escrito por las dos caras. Mi porque sí es en realidad tu porque sí. Pero tus porques sí hasta hace nada eran mis porques sí, hasta que me ha tocado decir no. Se podría decir que esta es una de esas situaciones en las que ni el mejor de los negociadores o conciliadores podría sacar nada en claro. De hecho dista mucho de ser una negociación. Ni siquiera un conflicto de intereses. En esos casos siempre hay una parte que sale más beneficiada que la otra. En esta precisa contingencia ambas partes saldrán perdiendo. Y lo sé. Y lo saben. Pero no se pierde porque no se hace nada por ganar, se pierde porque es imposible que uno de los dos gane. Seguramente porque se jueguen a deportes diferentes. Igual no tanto. No, es el mismo juego sólo que las normas y el punto de partida de cada parte no tiene nada que ver. Joder, convertir en palabras algo tan melancólico se hace difícil hasta para un tipo que lee el segundo peor libro de Murakami con la peor copa de vino de la ciudad un domingo por la tarde.

No sé cómo saldré de esta. No tengo la menor idea de hacia dónde irá todo cuando lo diga en voz alta. Sí sé hacia dónde irá porque ya no hay más camino ni posibilidad de trazar otro. Ha sido una aventura. Podría haber sido una epopeya. Pero una parte de mí siente alivio al ver al otro lado, después de todos y cada uno de los minutos de mierda que he saboreado durante estos últimos trescientos días, la más absoluta y completa nada. El poder comer nada mientras bebes nada viendo nada y esperando a que nada llame al timbre mientras nada te dice que hoy no va abrir. Sólo tengo que portarme bien y jugar con ella tal y como espera que alguien como yo lo haga. Creo que sabré hacerlo. Si algo he aprendido últimamente son putas lecciones de vida. En las malas y en las malas.

Iba a decir que estaba roto, pero no puedes diseccionar más los pedazos más diminutos de la física una vez que los han destruido.

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La exaltación del yo no es fascismo, es romanticismo

Últimamente un cinismo exacerbado impera en mí y me gobierna. En realidad desde hoy por la tarde, pero eso da igual. Con lo que era capaz de disfrutar antes de esa ironía que se reía de todo porque no tenía nada que perder. Eso sí que era vida. Pero de un tiempo a esta parte me he desnaturalizado tanto que sencillamente soy una parodia que se sumerge en la más profunda mediocridad. Y hasta los más necios disfrutan de las cosas simples. Algo tan efímero y emocionante como reírte de todo esperando que todo se ría de ti se ha convertido en algo tan poco disfrutable como poco probable. Y eso es lo peor que me podía suceder.

Puede que fuera porque algo así estuviera tan viciado que tenía que terminar. Una fecha de caducidad. Que algo que un día encontraste revitalizante y poderoso y que invadía tu ser con la misma fuerza con la que una esponja absorbe agua se convierta en un fantasma que sigue haciendo las mismas cosas, pero que el eco que retumba es tan etéreo que hace que te mires al espejo y que no te reconozcas. Y no te enfadas. Al menos no al principio. Simplemente agachas un poco la cabeza y te resignas a que las cosas a partir de ahora van a ser así, aunque sepas que llegará un día en que si las cosas siguen siendo así durante un minuto más tu cabeza y tu corazón explotarán. Literalmente. Con todo su visualismo gore y vísceras saliendo a borbotones por nariz y boca. En el fondo tu naturaleza no se puede cambiar. Podrás cambiar todo lo demás, pero eso que nace tan dentro y te empuja a actuar siempre de la misma manera en los momentos que importan siempre estará ahí. Siempre será igual. Y puedes estar encantado o puedes estar jodido. Yo antes siempre estaba encantado. Ahora no paro de estar jodido. Y no por no estar contento de ese ser, ese súper yo, sino más bien por todo lo contrario. Por no ser capaz de apreciar y admirar a ese hijo de puta cada vez que sale a relucir y hace que todo lo demás parezca una copia de otra copia de una fotocopia del libro más aburrido jamás escrito en el idioma con más consonantes posibles.

Es cómodo perderse en el pasado. También lo es revolcarse en la miseria y en la melancolía para el ser creativo. Le pregunto a un amigo que cuál es el remedio para curarse del cinismo. Y dice que ya me ha contestado, aunque no lo ha hecho. O tal vez sí. Un enérgico fan como yo de los silencios elocuentes no puede haber dejado escapar uno así. O puede que no exista remedio. Lo que hace es entroncarlo con ese concepto que siempre me ha causado sarpullidos mentales: karma. Una palabra tan manida y desgastada que ha perdido su significado. Para mí nunca tuvo ninguno. Aunque sí tiene sentido eso de que si haces cosas buenas te pasarán cosas buenas. Pero amigo, no hay debate más emocionante que la intencionalidad del acto malvado. Y si eso condiciona o no que seas malo. El desconocimiento de la ley no exhume de culpa. Joder. Hay tantas locuciones rancias que oscilan entre lo aburrido y lo pesadumbroso que simplemente pararme un minuto a pensar cómo me afecta eso a mí me hace bostezar con la mayor de las energías. Supongo que esta es otra de las marcas que tanto añoro. Esa superioridad moral en la que tan cómodo me encuentro, pero con la que no basta encontrarse si no disfrutas de ella. Da igual todo lo que seas, o todo lo que quieres ser, o si no tienes la menor idea de lo que quieres ser, club que presido, que si no disfrutas cada gramo de tu ser y de tu saber estar es que estás perdiendo.

Y yo hace tanto que no gano.

Pero esto no es una competición. O en realidad sí lo es. Todo el rato. Sólo que al no enfocarlo como tal no me encuentro a mí mismo. A mí nunca me ha importado no ganar. Simplemente me importaba disfrutar de ser yo. Algo que hace tiempo que no hago. Algo que es el mayor acto romántico que alguien puede hacer por alguien. Exaltar su yo. Revolcarte en tu identidad y morir por ella. Qué feas son esas dos palabras: identidad y morir. Sobre todo la primera. Pero tengo tantas ganas de que me vuelva a ver y me choque la mano.

Supongo que esto es un comienzo. Estoy bebiendo whisky de una copa lo suficientemente cargada como para hacerme tiritar en cada trago, y pensando en la chica que he visto hace un rato y que un día hizo que mis pantalones se apretaran cada vez que nos quedábamos a solas. Y si me dice que va a votar a la izquierda lo único que se empalma en mí no va a ser sólo mi polla, sino mi alma. Otras de esas cosas que me habrían inspirado sobremanera en otro tiempo, y que tanto me han pasado en estos meses, y que terminan siendo anécdotas que te cuentas solo y a ti mismo con una mezcla de compasión y buena esperanza. No puedes ser el que mejor se lo pasa y no ser consciente de ello. Por mucho que digan que las peores películas de Woody Allen son las que son más autoconscientes. Y una mierda. Son las más brillantes. Nada mejor y más tú que gustarte cuando lo estás haciendo como nadie. Cuando eres más tú.

No importa lo demás. Puede que este mensaje sea lo más liberalista e individualista desde esas mierdas que vomitaba Stuart Mill. Pero todo es sociedad, y nada es masa. Es suma de individuos. De las particularidades de cada uno de ellos. De sentirse orgulloso de las propias y no renegar de las ajenas. O sí renegar de las ajenas. Pero las afinidades se consiguen cuando te conoces. Nada más animal que una conciencia tranquila en el tercer planeta del sol. Si tuviera un piano tocaría dentro de un armario. Esos son mis mantras. Elocuentes y simples. Directos. Al menos para mí. Sin contexto no tienen ni un puto sentido, pero da igual. Porque para ti tienen todo el sentido del mundo. Y como los olvides un minuto, estás perdido. Basta de revolcarse en lo que no eres. En lo que no quieres ser. Basta de dar chance a algo que la sociedad de masas ha metido en tu cabeza que es correcto o normal. Lo normal es tan subjetivo como pronto aceptes que es subjetivo. Lo normal y lo corriente distan tanto como naturalidad y careta.

No sé. Igual esa canción de Frank Sinatra que tanto me ha obsesionado estas últimas semanas tiene razón y es un mensaje que cala en mí. Esperaré hasta julio y veré si me sale algo, sino me haré un ovillo y moriré.

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Ahora es artista de circo con leones

El verano acababa de comenzar y sentía que volvía a jugar al lugar más pleno del planeta. Un lugar donde si la Tierra fuera plana es donde terminaría. Y lo haría no con la angustia de vivir al lado de un precipicio al que te asomas y sólo contemplas inmensidad, no. Lo haría con la certeza de que no puedes llegar más allá, y que es justo ahí donde quieres estar. Aquella casa tenía ese aroma tan particular que danzaba entre comida recién horneada y una naturaleza tan verde como acuosa. Ella se paseaba todo el día sin apenas ropa mientras zarandeaba a su gato hasta hacerlo rabiar, para después preguntarse por qué ese maldito minino no la quería. Aquel día su madre me había dado 50€ por pintar de negro la verja del jardín de atrás y después follarme a su inocente y adorable hija. Ya nada podía ir a mejor.

-Entonces es la historia de un tipo que juega a los bolos y mezcla vodka con leche, ¿no?

-No, no es sólo eso. O sea, sí. Pero lo importante no es eso. Lo importante es que un japonés le mea en la alfombra. Uno de los chungos, o de los que al menos lo parecen. No uno de esos que construyeron el ferrocarril.

-Ahá. Y a partir de ahí le confunden con otro tío que se llama igual que él.

-Eso es.

-Pues no lo entiendo.

-Pero eso es porque no la has visto. La gran broma que está detrás de todo es que Jeff Bridges reniega de los nihilistas, cuando él es el mayor nihilista de todos.

-¿Y se supone que eso tiene que hacer gracia?

Aún así fue la mitad de estresante de lo que fue explicarle qué alegoría encarnaba el humo negro de Lost. Ni que fuera tan difícil de entender algo tan burdo como una dicotomía crística y anticrística del bien y el mal. Entre el blanco y el negro. Hasta vestían y se les iluminaba de una manera muy concreta para que te dieras cuenta. En fin. Aquella misma noche bebimos cerveza fría tumbados cada uno en un sofá, y para variar a mí se me cayó todo encima.

La horizontalidad requiere de su talento.

Yo por entonces no lo sabía, como la mayoría de las cosas que me pasan y que la abrumante ausencia de perspectiva me impiden ver, pero seguramente era el tipo más feliz de aquel plano planeta. Ella escuchaba todo el día a los Two Door Cinema Club y Phoenix mientras yo desarrollaba una aversión hacia las baladas indies que me llevaría años superar. Me leía la última página de libros de Espinosa o Kundera y yo pretendía ver que me emocionaban, cuando en el más profundo de mi yo adolescente deseaba que me leyera la página 33 de Trópico de Cáncer, o que por lo menos hiciera algún chiste con la primera frase de El Extranjero de Camus. Sin ser yo huérfano ni nada de eso.

-Pues he cogido el libro y me he puesto a rodear con un lápiz (siempre escribía con un puto lápiz en cada libro que leía. Quién demonios lee con un lápiz 2HB en la mano) todas las interjecciones que dice. Los ay, jopé, y jo. Creo que salen unos tres por página.

-Ahá. Y eso lo haces para resaltar la ausencia polifórica de la voz del autor o por…

-Eres gilipollas.

La verdad es que era una auténtica artista detectando tocs. Y gilipollas, pero sobre tocs. Es lo que tiene vivir en uno continuo. Y eso sí que era alegórico, polifórico y autenfórico, el que se obsesionara con El Guardián Entre El Centeno. Pocas cosas tienen un continente tan extremadamente llamativo en relación a su contenido. Está claro que Salinger inventó el posmodernismo antes de que se inventara, pero ella escribió el último párrafo del libro antes de que Salinger lo imaginara. Bajo la peligrosa y controvertida versión que hay detrás del si ponerte a recordar es sano o no, y si te lleva a lugares que no estás del todo seguro que quieras volver a visitar, ella me lo enseñó todo. Como con tantas cosas. No hay nada más fácil de influir que un novato. La gracia estaba en que ella también lo era. Al principio la inocencia torna en curiosidad. Más tarde, en perfeccionismo. Y por último, en cinismo.

-Tienes que escucharlo. Tiene la nariz y las orejas muy grandes. Lleva gafas de pasta y en su guitarra pone this machine kills fascists.

-Ahá. ¿y dónde viene a tocar?

-Ya sabes dónde.

this machine kills fascists