Empieza a quemar igual cuando quema que cuando no quema

No sé. Tengo la sensación de que la única manera de vencer a esta ansiedad es involucrarme de lleno en una pieza creativa. Sé que en un principio puede sonar, no sé, pretencioso o sencillo en su forma para lograr una evasión que me perturba por su ausencia, pero pensar en ello y dejarme empapar por lo que surja de ahí es lo único que me tranquiliza. Esta ausencia de pensamientos positivos de segundo nivel es lo que me hace convertir mi amada parodia en una verdad dolorosa. Y las verdades puedo afrontarlas, es algo que he aprendido a base de meandros y cascadas, pero la mentira en forma de cortina de humo que alarga la tragedia lleva demasiado tiempo siendo late motiv en mi bagaje emocional. Lo que mejor me vendría ahora es esa tan invocada actitud expeditiva de la que a menudo hago gala, y pasar del aparentar al ser.

Si ni siquiera logro acertar con el diagnóstico cómo lo voy a hacer con el remedio. Podría empezar a probar todas las medicinas reales e inventadas hasta dar con la buena, pero entonces nunca sabría si acerté con una en concreto o por la suma de todas las anteriores. Siempre es por la suma de las anteriores y siempre influye su orden. No creo que sea homeopatía. Un poco de agua del grifo, una pastilla azucarada y una fe sin ningún sentido en pensar que todo va a salir bien, no. Es más bien placebo. Algo bien vendido sin saber de dónde viene pero cobijándome en la novedad, cosa que tanto hacía antes y cosa que tanto me cuesta ahora. No hay nada peor que aferrarse a un presente que no existe.

Seguramente el más craso error que cometí, uno de la colección que ya desborda mi sótano, fue el de pensar que por tener marca iba a doler menos. Cuando algo pasa por una herida, que más que herida ya es cicatriz, es como un cambio brusco de acidez. Es echarle sal a la sangre e intentar aplaudir sin moverte. Y aunque disfruto resignándome con mis contradicciones, esto más que contradicción es reiteración. Es dejar de cuadrar y volver a lo de antes. Y lo peor de todo es que también tengo la sensación de que por muchas cosas que intente o varíe siempre seguirá siendo lo mismo. Y nada me pone más triste y me enfada a la vez. Con todo, pero sobre todo conmigo. La sociopatía debería ser una elección y dejar de querer mirar siempre a los ojos, también.

Bueno. Dejaré de juzgar si todo es melancólico, inspirador o lo más deprimente que me ha pasado jamás y empezaré a inmiscuirme en el mundo menos real y más alejado de lo prosaico de año impar. Como esos días en que todo es tan kafkiano que parece un sueño, pero pretendido. Aunque así pierda su esencia. En realidad no tengo ni idea de nada. Pero de la más absoluta nada. Puede que no tenga ni idea de eso mismo, de si sé o no sé cosas. No hay certeza en mis pasos, ni en mis pensamientos, ni siquiera en mis certezas, que ya no existen. Salto a la comba con incertidumbre a un lado e improvisación al otro. Y siempre la primera agita la cuerda más rápido. No es divertido. Nunca va a parar. Nunca voy a querer que pare.

Ahora diría que me gustaría quedarme con la última palabra, pero prefiero decir algo con el sentido más vacío de todos pero con un tono muy enérgico y motivado aunque no diga nada. Joder, igual todo está en la forma y deja de estarlo en el fondo. Esta posmodernidad me abruma.

Girito.

f4c568302b7a227b34ae00f326817ee7

Lo que da el sabor al panettone es la doble t

Cuando paladeas la emoción, si no la escupes al cubo de madera que filtra por todos los lados y en el que en un lateral pone cosas bonitas que te hicieron sentir bien, corres el peligro de que se te haga hielo en la garganta y perezcas.

Una vez más.

Era una de esas tardes en las que el frío de verdad parecía haber llegado. El frío por aquí es un frío particular. Es seco, crudo y muy cruel. Además de engañoso. Puedes subir una persiana una mañana de diciembre y descubrir el sol más radiante jamás pintado, pero será un espejismo. Cuando abras la ventana una cifra con un menos delante golpeará en tu cara en forma de aire que no se mueve y acabará con tus ganas de festival. Pero aquella tarde ya no había sol. Esa especie de sol de medianoche que no luce se mecía con una niebla aún no muy espesa pero con pedacitos de hielo que cristalizaban en tus pestañas. Esto a mí me encanta. Lejos de ser una inquietud que persigue mi alma, el calor no hace otra cosa que volverte lento y poco lúcido. Ese calor de agosto. Tal vez por esto último haya llegado al punto en el que ahora me encuentro.

Espero en su puerta mientras golpeo una bicicleta yendo marcha atrás con mi coche. Una metáfora perfecta de lo que el diésel está haciendo con nuestro planeta. Pero como en ese momento el paisano de dos brazos que la conduce no anda cerca aprovecho para hacerme el sueco y así ser pertinente con el clima. Después aparece de un portal un señor con un gorro y unos guantes de esos que dejan las yemas de los dedos al descubierto, y me mira con un gesto de como querer saber qué ha pasado ahí. Mi contacto visual es cálido y cercano, y sin decir nada parece que le tranquiliza y sigue su camino. El crimen perfecto dicen que es el crimen que todo el mundo sabe que has cometido pero que nadie puede demostrar que lo has hecho. Una página más para mis memorias.

Hay veces que no sé si es que todo se pone de lo más alegórico posible o es que a posteriori es muy sencillo encontrar relaciones aunque no existan. Supongo que será lo segundo. Siempre es lo segundo. Después de seguir esperando por ti para no perder las costumbres apareces con tu clásica pose de chica insegura que camina rápido, pero que sabe que hay que detenerse cuando un semáforo se pone en rojo. Aquí seguro que podría hacer una paralelismo con tu manera de ser, pero más que hipérbole es oxímoron. Los semáforos rojos nunca fueron tu fuerte. Tú eres más de ámbar. Un eterno color amarillo, ese color que tú no aguantas pero que yo adoro y que sin embargo te estará persiguiendo durante mucho tiempo.

Una vez escuché decir que de las mejores cosas, lo mejor suele pasar antes de que pasen. Esa anticipación. Ese momento en el que vas a probar los labios más dulces o el filete más sangriento y justo antes de que entren en contacto con tu boca, ese instante, es el mejor de todos. Es un momento donde las expectativas siguen en todo lo alto y tu pulso se acelera lo suficiente para notar que estás vivo. Es la emoción empírica, tan efímera como sincera. Caminar contigo antes era eso. Y notar que la impaciencia torna en ansiedad, y después ser consciente de ello y dar un paso atrás para disfrutar de ese segundo y recordar que no hay otro espacio-tiempo en el que te gustaría estar. Claro, que eso era antes. Antes pasaban cosas bonitas y promesas de cosas bonitas. Cuando te pasa algo malo no te pasa nada. Cuando no te va a pasar nada no te sientes vivo, sólo quieres volver a vivir. Una conversación de small talk nos lleva a sentarnos en el taburete más duro del local con más niños por metro cuadrado a esa orilla del río.

La natalidad no es un problema. El problema es que siempre es excesiva.

Tu mirada no para quieta ni un instante buscando nada. Todos los estímulos que pretendes están frente a ti y entonces te digo algo que no esperas. Igual era tiempo de dejar de ser previsibles. Tengo la sensación de que últimamente cuando no he sido previsible para lo malo simplemente he sido a intransigencia lo que matices de marrón es a otoño. Una redundancia andante que estaba continuamente improvisando sin saber muy bien a dónde íbamos a llegar porque eso era exactamente lo que quería comprobar, y ante el fracaso de lo paulatino y de lo abrupto no me queda otra que ser expeditivo de distancia aunque cueste serlo de forma. Tus ojos, zigzagueantes hace unos segundos, ahora están temblorosos y desearían no estar conectados por garganta y nariz. Para variar, tus palabras no salen aunque tu cabeza eche humo. Contigo he aprendido muchas cosas, pero de la que más me acuerdo en ese momento es de tu capacidad de incontinencia pensativa yendo de la mano con tu plana y escasa dicción.

Ahora la voz en off sería un gran recurso. Y muy práctico.

Yo me siento liberado. Lo he dicho en voz alta. Hacía mucho tiempo que no sentía que mi carga se aligeraba de tal manera. En ese momento no sabía lo que iba a durar, pero tampoco lo pensé. La emoción te ciega y te abruma. Te abraza, te posee y te absorbe. Lo mejor es entregarse a ella porque dura tan poco que tu memoria emocional te lo agradecerá. Al sentirme libre del todo pido que me abraces y me dices que no, cosa que me sorprende. Pero segundos después las lágrimas más copiosas y espesas que jamás haya visto se deslizan a toda velocidad por tus blancas mejillas. Se tiende a idealizar o a exagerar esos momentos, pero juro que para mí esas bombas de agua habrían inundado el cañón más seco del mundo. Y no sólo iban llenas de agua salada. Si las llego a haber congelado y observado con un microscopio habría visto en forma de ser unicelular todas esas cosas que no fueron, que dudo que sean, pero que en tu cabeza no serán. Pero ese es otro tema.

Nada como un poco de soliloquio silencioso para volver a empezar. Por qué todo tiene que ser tan difícil. Siempre me preguntaré como con la persona con la que más fácil me ha salido hacer todo se llegó a complicar de tal manera que encontrar una fórmula perfecta fuera una quimera inalcanzable. Un algo que sólo el tiempo expondrá en el museo de los horrores o pasará a salvación de muebles bonitos y de época en el último segundo.

He dicho tantas cosas que ya no sé cuáles me creo y cuáles no. Las he dicho en voz alta, en voz baja, no las he dicho, las he escrito, te las he escrito y las he tatuado en el viento. Sólo sé que no sé nada y daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro y todas esas mierdas. No sé qué va a pasar. Llevo viviendo al día cada día de este año y siempre pasa lo mismo: lo peor. Seguiré sin saber lo que pasa, y si salgo de esta saldré siendo el hijo de puta más curtido de todos.

Un regalo, una ausencia de promesa alguna y un saber si nos echaremos o no de menos será la última proyección que te entregue antes de que todo acabe y vuelva a empezar.

dibujo-para-colorear-bicicleta-dl16111

Y entiendes entonces que acaba en calvario lo poco que puedas llevarte a los labios

Una vez más la dicotomía más simple y somera se instala en cada cosa que me viene a la cabeza. Como si de un continuo conmigo o contra mí se tratase cada elemento que me rodea tuviera que escoger bando. Aunque no supiera bien para qué. Supongo que todo empezó así. Siempre había disfrutado chapoteando a lo largo de la paleta cromática y saltando del gris al amarillo, y me lo había pasado muy bien enseñándote palabras como cian o magenta. Pero cuando las cosas se ponen feas cuesta más eso de tener la puerta del jardín abierta todo el día. Propones capitular, pero en realidad no es más que un ataque de falsa bandera, y todo lo que haces es intentar invadir el mismo territorio usando diferentes estrategias.

Todo lo pasional a veces es tan bélico que asusta. Hay tópicos que a veces aciertan. El problema de querer ser siempre el más original es que no tienes tiempo para reflexionar acerca de esas cosas tan simples. Lo cierto es que ahora mismo te regaría de clichés, y me encantaría que los escuchases todos con la pasivo-atención con la que solías hacerlo. Que me haya quedado sin un gramo de fuerza y que mi espinazo ahora mismo sea un bate astillado no exime los momentos de tormentosa debilidad por los que paso a lo largo del día. De las cincuenta y siete mil setecientas veintiséis cosas que te dije una de las más sinceras fue esa de que arriesgar es estar vivo, que el resto es sobrevivir. Entonces imagina lo que es evadir. Ha llegado un punto en el que la mayor victoria a la que puedo aspirar es a distraerme todo lo fuerte que pueda para que tu eco no siga retumbando en todos mis huesos.

Lo repetitivo de ir en círculos tiene el hándicap de que recuerdas cada trozo de hierba que has pisado antes. Ahí empiezan los reveses y el público no soporta más reposiciones. Las cartas al director cada vez se hacen más amenazantes y los suspiros de indignación cada vez son más sonoros. Cambiar la línea editorial aún habiendo estudiado a tus seguidores se hace harto difícil, pero en ocasiones no queda otra. Aunque una parte de mí desearía que se siguiera reservando una columna pequeñita en una de las páginas centrales del domingo que sirviera como Galia de lo que un día pudo ser y no fue. Un homenaje a nuestra historia. Una tregua del odio forzado y el desdén inflado. Un pequeño rincón escrito en un idioma que sólo tú y yo entendiésemos, que para eso tenemos experiencia. Las palabras que rescataran algo de orgullo entre el espeso lodo de dolor y malas decisiones.

Pero también sabemos que eso sería una terrible idea.

Cuando no escuchas lo que quieres escuchar tiendes a fabularlo. A imaginar códigos secretos, a entrever intenciones o a proyectar disertaciones que tienen el mejor final posible. La ingenuidad es algo que, por endémico que sea, nunca deja de sorprender. Y más todavía si se acompaña de inteligencia y aparente dominio de la situación. Quiero volver a verte y no quiero volver a verte. Aún tengo siete días para decidir lo que quiero antes de que lo que quiero dé igual y me toque volver a mirarte. No existe más camino que la línea recta y el final oscuro, pero eso no es lo que más me asusta. Supongo que lo que más me asusta es tan grave que ni soy capaz de decirlo aún sabiendo que no lo leerás.

No pasa nada. Por mucho que esos momentos de flaqueza positiva y evasión les den por aparecer un rato cada día mis abismos seguirán esperándome en casa. Me has convertido a la vez en el animal más asustado y en el más bonito.

home53

Habría recorrido el desierto siguiendo tu olor y ahora mi casa es de arena

Hoy es el día en el que todos comparecen. También es el día más corto del año, la noche más larga del año. Nadie de los que están ahí dentro saben si quiera si volverá a salir el sol. O si al menos verán un nuevo amanecer. También es el momento más triste del año, el que ha vaciado las tripas de la esperanza y las ha rellenado de cemento para arrojarlas sin más al río más frío y sucio de la meseta. Es el momento de decir todo. De no quedarse en el sin comentarios y de destruir todo mientras los flashes te deslumbran de la misma manera que tú llegaste un día a deslumbrarlos a ellos. No dejar títere con cabeza. Dejar de conciliar porque es imposible seguir conciliando y enarbolarse en una bandera marxista y hacer del conflicto el motor de la historia. El motor de nuestra historia.

Me encontraba en la sala anexa al gran escenario donde todos los carroñeros de las emociones esperaban por mí sentados en sus cómodas butacas de piel sintética mientras revisan donde ir a cenar el postre. Ensayo una y otra vez lo que voy a decir en voz alta con mis asesores. Dicen que no tengo que estar preocupado, que me lo sé todo y que si eso no es suficiente soy rápido. El más rápido. Lo que ellos no están teniendo en cuenta es que puedes ir con el discurso muy bien aprendido, pero el control de reacciones no depende de ti. Aparentar que lo hace es parte de mi emocionante labor, pero la real es que no se note que estoy improvisando cada palabra que sale de mi boca después de que la primera lágrima salga de tu ojo.

También he de mostrar entereza. Antes estaba triste, ahora enfadado. La ira es más complicada de disimular. Es como la emoción o la sorpresa, sensaciones tan intensas como efímeras imposibles de controlar. Pero hay algo que tiene la ira que no tienen las demás cosas, y es su energía. Si el conflicto cambia las cosas la ira es la gasolina que hace que el fuego arda. Estoy entre apesadumbrado, afligido, motivado, expeditivo y bloqueado. Es un cóctel tan extraño que ganaría un concurso de cócteles.

Me dirijo al estrado donde una placa con mi nombre y mi apellido preside la mesa que recogerá los trocitos que se vayan despegando de mi ser. Un vaso con forma de campana invertida está medio vacío de agua tibia del grifo. No llevo ningún guion ni apéndice sobre el que apoyar mi discurso, porque para qué. Echo para atrás la silla, me desabrocho el botón de mi americana y me siento. Apoyo las manos cruzadas sobre la tabla de madera con cuatro apoyos y mientras aclaro la garganta me doy cuenta que ese momento es tan real que pensé que nunca llegaría. Pero ha llegado. Al fin. Y lo único que me preocupa no es lo que pueda decir que haga que te destruya fuerte o muy fuerte. Lo único que me inquieta es que por falta de perspectiva no sea capaz de paladear cada segundo de ese instante como si fuera lo más definitorio que te va a pasar en mucho tiempo.

Tras un breve proceso de des-idealización y sobre todo de demonización hacia ti, me descubro con una concentración que asusta y una eficiencia en lo destructivo que ni en Terminator II. Empiezo a escuchar preguntas, y sigo contestado lo que quiero. Porque lo que quiero es vender mi discurso. Me ha tocado dejar de pensar en quien escucha para centrarme en quien habla. Es un altavoz de lo vertical retransmitido por televisión nacional. Violaste a la empatía hace mucho tiempo. Compraste la noria más bonita de Europa Occidental y la hiciste dar tantas vueltas que cuando me bajé no pude evitar vomitarte en los zapatos. Al principio me daba pena, ahora sólo pienso en que ojalá hubiese repetido segundo plato aquel mediodía. Digo casi todo lo que pensaba decir. Y si no digo más es porque es la tercera vez que me ruegan que abandone la sala. Mi sonrisa denota paz y alivio. Al fin he sido capaz de destruir lo más bello. Y sólo me han hecho falta tres o cuatro intentos.

Decías que no eras mucho de palabras. Desde luego no eras de hechos. Ni de acontecimientos. Y muchos menos de hazañas. Simplemente eres agua estancada. Un agua que nunca te quitará la sed.

timthumb.php

Es una caja de música que no suena del todo bien pero que es difícil de parar

Creo que hoy Nacho me ha dicho unas seis veces, y sin contar las de los días anteriores, que quisiera y no quisiera son dos cosas diferentes: que quisiera que me quisieras y que no quisiera quererte. Es una frase un tanto tramposa y juguetona, pero es sonora y elocuente. Tal vez por eso no salga de mi cabeza. Aunque sé que con alguna que otra letra junta que lea y me atraiga la olvidaré. O al menos se quedará en letargo hasta la próxima vez. Ojalá fuera tan fácil con otras cosas. Pero lo fácil y telúrico últimamente no se pasa por aquí, ni siquiera deja una notificación en el buzón, y lo complejo y cruel se ha adueñado de mi sofá y creo que me terminará echando haciéndome una oferta a la baja.

La rueda gira. Ni siquiera hay retorno. Ni siquiera tienes tiempo de darte cuenta de que ese radio ya había pasado, porque ni siquiera estás mirando la rueda porque tú eres la rueda. Lo justo sería decir que esta es una revelación sofisticada y difícil de asimilar. Supongo que sería igual de traumático para aquellos que al fin descubrieron que no era el sol el que giraba en torno a nosotros, sino que éramos nosotros, seres inferiores e insignificantes hijos de una estrella muerta, los que daban vueltas alrededor de algo tan brillante. Pero hasta el puto planeta Tierra ve pasar la rueda antes de obsesionarte con ella. Cuando no tienes afelios ni perihelios , y lo único que tienes es un montón de cosas que te superan ya ni ponerte en bucle el vídeo de los Monty Phython te ayuda a darte cuenta que tus problemas de mierda no valen una mierda.

Jodido antropocentrismo.

Pero como esto no es una clase de Ciencias de la Tierra, y lo que pretende es jugar a ser filosofía psicológica sin ser yo nada de eso, podemos darle otra perspectiva. El problema igual reside en que es imposible darle una perspectiva nueva, porque tome el camino que tome termino igualmente en la casa de la bruja. Y esta vez ni me dan dulces ni me dicen lo rubenesco que puedo llegar a ser si le aplico el esfuerzo adecuado. Esta vez esa novia de Satán me arroja directamente y sin titubeos al fondo del ardiente horno. Mira, un cuento que me podría aplicar. Nada como una metáfora con moraleja para afrontar algo que ya no sé cómo tomármelo. Por lo menos hoy he cenado el sangriento trozo de un animal con pinta de haber sufrido más que yo. Un consuelo que está lejos de consolarme.

También me gusta eso que me ha dicho Nacho, lo de que es curioso que cuando nos aburrimos usemos la expresión matar el tiempo, cuando es el tiempo el que te mata a ti. Estos proto-aforismos de cantautor a veces calan en mí como debe calar el frío húmedo. Coqueteo con la idea de un final por todo lo bajo, pero últimamente apenas disfruto de la compañía de nadie que no sea yo mismo, lo que igual termina por empujarme a una reflexión eterna asceta y por consiguiente huraña, pero si no fuera por mi repudio a la frase es sólo una etapa, diría que es sólo una etapa.

Así que mientras descubro que quiero ser de mayor y si realmente voy a destrozar algo bello de una vez, me refugiaré en esta catarsis de palabras, mi particular contar hasta diez, para así no convertirme en eso que tanto odiaría terminar siendo pero que probablemente ya sea.

O lo empiezo a hacer simple o el tiempo empezará a ir el doble de rápido.

1559042494_381061_1559143898_noticia_fotograma

La rueda es el mejor invento siempre que sea literal y no figurada

Y entonces, se fue. Se levantó de mi sitio fetiche donde pensándolo bien creo que nunca había estado con ella y salió por la puerta. Su abrigo de color gris hacia juego con su resiliencia, y sus ojos grandes, azules e inundados me miraron con una intención que no supe interpretar. Sólo sabía que no era una buena. El laconismo y la desidia que tantas veces me había hecho gracia había acabado conmigo y con las pocas esperanzas de que se me ocurriera algo más lejano de lo mío y más cercano a lo suyo. Es curioso como lo más habitual es que lo irónico se ría de ti de la manera más cruenta y sincera. Da igual la hora que sea, pero por las mañanas jode más. El alivio que perseguía y anhelaba en cada uno de mis discursos mentales llega con el sabor más agrio de todos. Pero es alivio, al fin de al cabo.

Empiezo a pensar que no hay nada más sugerente que la simpleza, y que para lograr ser feliz lo que tienes que estar es enajenado o chapoteando en la estulticia. Lo complejo nunca acaba bien. Sólo emociona. Pero siempre será mejor estar emocionado que ser feliz. Su diagnóstico, la hipérbole. Su remedio, la procrastinación. Previsible y cómodo. Doloroso y de agonía acuciante y sin visos de tener fin. La melancolía es llamativa y atractiva hasta que deja de serlo.

Quería destruir algo bello. Y ella es lo más bello de nuestro tiempo. Puede que pensara que más que exageración era sadismo. Pero ni mucho menos. Lo que he hecho es de lo más masoquista posible. ¿Distinto a la flagelación de hasta ahora? En contenido sí, en continente no. Una mujer desde el otro lado de la sala saca su teléfono móvil y me hace una foto. No me molesta. Puede que ni me sorprenda. Puede que desde fuera la escena de la soledad y autodeterminación parezca un plano de Haneke y por qué no inmortalizar algo así cuando lo tienes delante. O puede simplemente que se haya equivocado. Todo son elucubraciones, como lo eran antes.

Pero yo ya no quiero incertidumbre, quiero certezas, y aunque me vuelva a equivocar en algo en lo que estaba seguro no me doy miedo a mí mismo. Sólo me da miedo dejar de intentarlo. Dejar de fracasar. Dejar de vivir por sobrevivir, para asegurar. La equidistancia es sólo una ilusión y creer que ese fantasma existe sólo es unir alas con pegamento y pensar que con eso puedes volar.

Puede que sí haya cierta parte de matiz sádico. Sus lágrimas son en cierto modo combustible para mis ideales, y aunque no por ello vaya a ganar o dejar de perder algo, en cierto modo reconforta. Esa gota que hace cascada y que simboliza un trauma mucho mayor del que tiene que ver contigo reinterpreta la situación y la hace más épica. Toda la épica que pueda tener un ensayo sin ápice alguno de valor por su parte. El conservadurismo del que hace gala es enfermizo , y cualquier golpe que se llevara por dejarlo atrás durante diez minutos no sería ni mínimamente comparable al que no para de llevarse cada día que no hace algo por matarlo de raíz. Pero muchas veces no es cuestión de valorar los daños, sino de ausencia o presencia de predisposición.

Y lo que antes motivaba, ahora hastía. Y lo que antes era cómodo y simple, ahora es complejo y sofisticado. Y huye. Y a mí me da para escribir muchas palabras. Para que las leas. Aunque en el fondo lo que te gustaría es que te las dijera al oído.

No sé si el café está amargo porque tú me lo has amargado. Lo único que me interesa es si te decidirás a endulzarlo.

sonaramarillo1

Anti-poser sólo usa tacones en agosto

Tengo la sensación de que en este último año he vivido cien vidas. También tengo la sensación de que el tiempo ha pasado tan rápido que es como si no hubiera pasado nada. Pero el tiempo sigue pasando a la misma velocidad: un segundo por segundo. Puede que haya envejecido diez años emocionalmente. Estoy más en forma que nunca, pero estoy más cansado que nunca. Todo lo que pasa no está bien y lo poco que pasa que está bien o dura tan poco que no soy capaz de darme cuenta lo bien que estaba, o inevitablemente trae detrás algo tan terrible que hace que eso que parecía que estaba bien quede reducido a una gota de lluvia en un monzón.

Pienso en esas películas que no explican nada, en las que las cosas pasan porque sí sin darle una motivación o un bagaje al protagonista. Pienso en que hay algunas que me encantan. Linklater es un genio haciendo eso. Te puede tener pegado a una pantalla durante 159 putos minutos viendo Boyhood para que al final no pase absolutamente nada. Bueno, sí. Que acabe en reformulación de frase de auto-ayuda con mantra filosófico venido a menos con eso del que te atrape el momento. Pero da igual. Nada. La más y muy nada. O como en Everybody Wants Some. 116 minutos de pantalones muy cortos, tipos jugando mal al béisbol y mucho peine en bolsillo. Y para qué. Para nada. Y eso es absolutamente genial. Porque sí. Aunque mi propio porque sí no me hace ninguna gracia ni mucho menos se convertirá en un clásico instantáneo de culto.

Esto no es cine. Ni un guión de 90 páginas escrito por las dos caras. Mi porque sí es en realidad tu porque sí. Pero tus porques sí hasta hace nada eran mis porques sí, hasta que me ha tocado decir no. Se podría decir que esta es una de esas situaciones en las que ni el mejor de los negociadores o conciliadores podría sacar nada en claro. De hecho dista mucho de ser una negociación. Ni siquiera un conflicto de intereses. En esos casos siempre hay una parte que sale más beneficiada que la otra. En esta precisa contingencia ambas partes saldrán perdiendo. Y lo sé. Y lo saben. Pero no se pierde porque no se hace nada por ganar, se pierde porque es imposible que uno de los dos gane. Seguramente porque se jueguen a deportes diferentes. Igual no tanto. No, es el mismo juego sólo que las normas y el punto de partida de cada parte no tiene nada que ver. Joder, convertir en palabras algo tan melancólico se hace difícil hasta para un tipo que lee el segundo peor libro de Murakami con la peor copa de vino de la ciudad un domingo por la tarde.

No sé cómo saldré de esta. No tengo la menor idea de hacia dónde irá todo cuando lo diga en voz alta. Sí sé hacia dónde irá porque ya no hay más camino ni posibilidad de trazar otro. Ha sido una aventura. Podría haber sido una epopeya. Pero una parte de mí siente alivio al ver al otro lado, después de todos y cada uno de los minutos de mierda que he saboreado durante estos últimos trescientos días, la más absoluta y completa nada. El poder comer nada mientras bebes nada viendo nada y esperando a que nada llame al timbre mientras nada te dice que hoy no va abrir. Sólo tengo que portarme bien y jugar con ella tal y como espera que alguien como yo lo haga. Creo que sabré hacerlo. Si algo he aprendido últimamente son putas lecciones de vida. En las malas y en las malas.

Iba a decir que estaba roto, pero no puedes diseccionar más los pedazos más diminutos de la física una vez que los han destruido.

ampliacion-de-imagen-por-satelite-detallada-de-berlin-en-la-noche-small