Pequeño, pero matón

Porque a veces hay días de esos en los que llegas a casa con las manos destrozadas de andar, y piensas en algo, o en alguien que te pueda ayudar. Empiezas a pensar y a darte cuenta de que cada vez te gusta menos hablar de ti, y no porque seas un tipo aburrido, en realidad es todo lo contrario, sino por algo que viene más de dentro. Con todo esto, al final te acabas convirtiendo en una especie de psiquiatra que solo abre la boca para hacer preguntas, conocer más y lograr lo que quieres con esa persona si la tratas como un medio, o disfrutarla si la consideras un fin. Tal vez sea lo que algunos llaman aprender a escuchar, y esa máxima que dice que si te pasa algo grande o realmente que merezca la pena ser contado lo hagas, termina siendo palabras que se van por el aire volados por una corriente de aire caliente, quedando al final la única y gran sensación dentro de ti, por lo menos así no la corrompes ni te la infravaloran.

Descubres que ser una persona activa vale mucho más que levantarse tarde todos los días y desayunar a la hora de la siesta. También que hay cosas que echas realmente de menos, cosas que no valoraste en su momento y te morirías de ganas por revivir, pero que tristemente ya no depende de ti. Algo como beber cerveza, fumar y follar mientras escuchas música rock, o se habla de cine. Emborracharte un martes con buena compañía, hacer que te persiga un chulo de bar porque te fuiste sin pagar o dormir en un parque. Son cosas realmente divertidas, que tal vez lo son porque se hicieron  solo una vez, pero no tiene nada que ver lo que se haga, sino con quien se haga. Si realmente merece la pena, tu agenda se llenará de locuras y tu blog de hojas amarillas de cosas atípicas que hacer, donde un día comenzaste a apuntar todas ellas, y que desde luego, se tacharon demasiadas pocas.

¿Entonces qué es lo que buscas? ¿Volver al pasado? No, desde luego que no. Ni tampoco es tener segundas oportunidades, porque eso no existe, toda va de oportunidades si, pero de tomarlas o de dejarlas pasar. Simplemente son las ganas de ponerse de nuevo el sombrero de copa y la capa, sacar la varita mágica y crear cosas increíbles. Dar un toque en la mesa y volver al concierto de la pareja de los chalecos y los pantalones de pitillo, los más rock&roll que pasaron por aquí. Pero claro, la pega es que no eres un mago, al menos no de esos que usan polvos fluorescentes y atractivas mujeres como ayudantes y parte del espectáculo siendo cortadas por la mitad, tu magia es otra, algo increíble.

Puedes ser un Merlín de las letras, que si sabes como ordenarlas correctamente eclosionan y crean el mejor hechizo de la historia, algo irresistible, pero que su más minima alteración puede hacer desaparecer todo atisbo de esperanza de volver a ser grande, de volver a ser feliz.

Y no, aun sigo sin saber como termina Pulp Fiction… pero lo que si se es que sigue sin convencerme el peinado de Uma Thurman.

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Todo lo demás

Tenía algo interesante, algo que a veces marcaba la diferencia ante el resto. Unas veces se parecía a Isabel de the dreamers, otras se portaba como Lauren Hynde y en otras ocasiones como la francesita Amelie, era divertida. Demasiado maniática y paranoica, pero consciente de ello. Algo más inteligente que la media y sin tener claro lo que quería de la vida, y sin llegar a preguntarse que podía ofrecer ella al mundo. Madura y con tendencia a la cultura, pero con una escasa tolerancia al alcohol y a esas cositas que cuando se fuman te hacen hablar, decir cosas que ni se te pasarían por la cabeza en un estado normal, cuerdo, y que te hace sentir la música tan dentro de ti como si tuviera al director de una orquesta sinfónica dentro de tu cuerpo.

Con unas gafas de pasta invisibles y tendencia a marearse por cualquier cosa, por cualquier acto fisiológico que alterara el equilibrio corporal, cosa totalmente subjetiva y sobrevalorada. Con voz de teléfono erótico, que no porno, y un olor que provocaría erecciones a más de uno. En ocasiones surrealista, con ganas de vivir pero sin darse cuenta de que todo va más rápido de lo que cree, y que todo tiene menos valor del que le da a cientos de cosas. Con apariencia de ingenua, de esas que los Illuminati podrían contar el secreto mejor guardado de la historia de la humanidad cuando quisieran que el mundo viviera en una mentira, corrijo, que siguiera viviendo en una mentira, o que dejara de hacerlo, porque nadie le creería.

Aferrada a demasiadas cosas, unida a la pérdida de confianza en si misma con la ausencia de éstas. Algo rara, que tal vez sea lo que la hiciera diferente, especial. Típica chica con la que te apetecería irte a vivir a un motel de los suburbios de París mientras llevas una vida bohemia y tan solo te dedicas a escribir sobre todo lo que ves, y sobre todo lo que deseas, o de esas que el salir a conocer lo que algunos llaman arte, y otros sicodelia, llegara a ser divertido. Encantada por las poesías, por Carlos Salem y en esos libros donde la gente habla de lo que cree y de lo que no, mientras lo ordenan de una forma muy comercial. Con tendencia al norte, y a sus costas verdes y lluviosas, retratándolo con una cámara réflex. Pensando que demasiadas cosas son adorables, hasta ese escuálido tipejo pluriempleado hombre de cine que se casa con sus hijas adoptivas.

Imposible vivir sin música, aunque sea de unos rockeros de la costa del sur de Inglaterra y que sólo tocan de Berlín para arriba, o de un guitarrista y cantautor que nació en la ciudad de Elvis y se dedica a tocar algo de Indie. Es todo eso, todo lo que se dejó conocer, y defensora de ese lema tan alternativo “Hazlo tu mismo”. No me sale escribir ni describir mejor, es uno de los múltiples defectos que tengo y que podrías empezar a contar, al igual que hiciste con mis lunares.

The sweetest thing

Así es, todo empieza cuando te das cuenta de que el mundo te debe algo, simplemente te sientes más seguro, y confiado si cabe. Es como si, de repente un día, alguien te dice con total seguridad como vas a morir, el día y la causa exacta de esa experiencia tan única. Para variar se crearían dos bandos que defendieran y atacaran el si es legitimo o no dar esa información, pero sinceramente, serias más feliz. Aunque todo dependiera, como todas las cosas, de la respuesta a tan morbosa pregunta. Si por casualidad descubres que mueres de viejo a los noventa y tantos tu vida seria mucho más grata y podrías correr tantos riesgos estúpidos como quisieras, arriesgarte a perder, a perderte, por el simple hecho de saber que tu hora no es esa. Perderías el miedo a todo lo que te da miedo y tus ambiciones crecerían. Pero si descubres que morirás de sobredosis, de alguna droga no muy cara, y en un piso enano mientras tocas la guitarra tal vez te replantearas ciertas cosas.

Replantear, palabra odiosa donde las haya. Creo que viene a ser algo así en el punto en que te das cuenta de que algo en lo que realmente has creído deja de ser tan interesante y cambias un poco de orientación. Supongo que viene a ser como una especie de rectificación, pero va más allá de reconocer un simple error. Y todo eso va unido a una palabra que suena tan bien en la cabeza de un perfil de personas y tan mal en otras, que es el cambio. Todo cambio asusta, y asusta más según su importancia va aumentando, pero hay muchos remedios para convertir ese miedo en algo divertido y sobre todo innovador.

Una de ellas es escribir, otra correr, gritar, bailar, hablar con ella todas las noches… Llevar a cabo el persistente y continuo proceso de quitado, si existe esa palabra, de esa palabra que si existe pero que lo hace porque tu quieres, miedo. Y aunque no lo parezca hoy no estaré aquí, y ésta noche en concreto. A veces, con sentirlo es suficiente, y aunque la continua sensación entre la garganta y el pecho de que te estás perdiendo algo grande no se va de ahí, de hecho no lo hará hasta que dejes de perderte o recuperes eso tan grande, o que tan en serio te puedes llegar a tomar. Unas veces quieres huir de ellas, y otras veces no deseas otra cosa que tragarte un imán para atraerlas.

Es el equilibrio, la simetría. Las cosas realmente legendarias y que merecen una primera página en el libro de tus recuerdos comienzan así…

Touch And Go.

Era una noche en la que decidió que todo aquello costaba más de lo que pensaba, y comenzaba a maldecir el que hasta ese día todo hubiera sido tan sencillo. Llegó tarde a la fiesta, de etiqueta, tal y como ponía en la invitación que recibió la semana anterior. Cogió una copa de cava de la bandeja de un portentoso camarero que le regaló una sonrisa en el momento en el que se fue, y se dispuso a hacer lo que realmente se había propuesto conseguir esa noche. Allí estaba. Llevaba un largo vestido de color rojo, con la espalda descubierta. Lucía un sugerente escote y un peinado, que a juzgar por su forma, llevo su tiempo terminarlo. Pero todo eso lo llevaba por encima, y según levantó la vista vio eso que no le había dejado dormir en los últimos dos meses, esos ojos verdes, y sobre todo, la mirada que los acompañaba.

Pensó que algo de alcohol le ayudaría a desinhibirse un poco y a que todo, incluidas las palabras, surgieran de una forma más rápida y fácil. Pero tampoco podía quedarse esperando, si ves algo que quieres, simplemente vas a por ello, antes de que sea demasiado tarde… Se aflojó la corbata, no sabía si era por el calor que hacía o era ella la que le producía esos sofocos, tomó un trago de su copa y puso su mejor sonrisa mientras caminaba hacía el balcón donde se encontraba asomada. En ese momento se volvió a sentir vivo. No recordaba la última vez que experimentó esa sensación, una de las mejores de todas, la de la anticipación. Esa incertidumbre de no saber que pasará en unos instantes…

Y es normal, en los últimos tiempos su vida había experimentado un cambio que no sabia como calificar, pero que por lo menos le sirvió para vivir algo nuevo, aunque al final, como sucede muchas veces, lo primero que piensas y haces suele ser lo más apropiado. Aun no sabía si volver a las andadas era lo mejor de todo, pero solo tenía una manera de averiguarlo, y aquella chica tendría el placer de comprobarlo en sus propias carnes. Lo único que tenia que hacer era romper el hielo y que ella le diera respuesta a algunas de sus preguntas, no necesariamente con palabras. Comenzó a charlar con ella mirándola fijamente a sus penetrantes ojos, algo que distaba un poco de lo que solía hacer con el resto de mujeres pero que no podía evitar. Tal vez se llevara una decepción al idealizarla durante todo los momentos previos a esa noche, pero a veces estás tan seguro de algo que crees que no te puedes equivocar, aunque después te des cuenta de que lo has hecho.

Aquella noche la terminó con ella entre sus brazos, mientras olía su pelo y la decía al oído que no se preocupara por nada, que él estaba allí y le protegería de todos sus miedos. La miró a los ojos, y la besó. No volvió a verla nunca más, y tal vez ahí es donde reside la belleza de toda historia, en su fugacidad. Pero pese a su brevedad, fue algo tan inolvidable como la primera vez que montas en bici sin que te sujeten o tu primer polvo. Cosas que se marcan a fuego en tu memoria

Día incierto

Y de un día para otro todo cambio. Era como si nunca hubiera pasado. Tan difícil como insano para su estómago, y sobre todo, para su corazón. Pero nadie dijo que seria sencillo, algo tan increíble tiene que tener algo detrás, algo que no sea tan bueno. El fuego es precioso pero quema. Tampoco llegaba a ser un te veo y me cambio de acera, no puedes tratar así a alguien que se ha portado tan bien contigo, por muy idealizada que la hayas tenido. ¿Y ahora? Esa odiosa pregunta que debería tener siempre la misma respuesta: No lo se, simplemente déjate llevar. Lo malo es que si yo me dejo llevar y tu  haces lo mismo nos salen cosas un tanto diferentes, supongo que así empezaron nuestros problemas, pero ahora yo solo tengo uno, tu.

Pruebas, juegas, experimentas, observas, piensas, recuerdas, olvidas y vuelves a pensar. Siempre sale lo mismo, pero te equivocas. Has repasado la cuenta cientos de veces pero no ves el error, entonces comienzas a pensar que la culpa no es tuya, sino del que te enseñó, que lo hizo mal. Eso es divertido, y te ayuda a salir del apuro, eso de echar la culpa a otro, y si no le conoces, mejor, pero sigue sin ser mi estilo. Escribes, publicas un cuaderno con tus infiernos interiores para que ella los sepa pero piensas que porque lo haces. Todo cambia cada día y no sabes si esto que estas imaginando en este preciso momento tendrá algún tipo de valor dentro, porque no, de un rato.

Al final lo único que te queda son conclusiones. Unas que te dicen que has estado lo más cerca de la perfección posible, otra de esas que te dice que no debes ser tan bueno pero que sin embargo tu ego no baja, solo lo hace tu autoestima, y todo eso es cuestión de tiempo. Tal vez hayas estado ante la persona más alucinante que puedas llegar a conocer y por no plantarte la pierdas en la multitud y nunca más vuelvas a encontrarla, no lo sabes, es la incertidumbre, esa palabra que tanto nos gustaba, el no saber que pasaría mañana. Pero solo se que esto no puede quedar así.

Hoy, me vestiré, haré eso a que llamo peinarme y saldré a la calle. Te esperaran los bares, igual que a mi. Si no lo sabes, hoy hace un año. Y lo que no me permitiré será volver a casa con la misma sensación con la que salí, y sin tener algo grande que contar.

Llámalo masoquismo, llámalo encanto.

Me encantó conocerte…

Intentas dormir solo para no pensar, la única forma de no hacerlo, pero te das cuenta que lo que ves en tus sueños te ayuda menos de lo que hace tu mente cuando no esta descansado, soñar contigo no me ayuda lo más mínimo. Pero es donde estás todo el día, en mi cabeza, eso no ha cambiado, antes también lo estabas, casi siempre de hecho, pero de otra manera, una manera que te ayudaba a convertirte en superman mientras que ahora lo único que hace es matarte y cambiarte por dentro. Pruebas suerte, será un continuo echarte de menos, hasta que ya no existas, aunque la pregunta sea si puedes dejar de hacerlo. Tal vez todo esto en unos meses no tenga sentido alguno, pero esa no es la sensación que tienes, es algo tan abrumador como horrible. Pierdes las ganas de colocarte con ella, de perderte un día entero por Madrid viviendo cientos de primeros momentos, de escribir en el tren mientras vas a verla, de llamarla un martes cualquiera solo para decirla que la echas de menos, y pasa a ser un recuerdo, con un tono tan amargo al final que tienes que taparte la nariz para no saborearlo.

Miras sus ojos llorosos y piensas que tú también te mueres de ganas de llorar, pero solo te sale una sonrisa cuando la ves, como será siempre, por eso no lo haces. Todo cambia y gira torno a ella, lo que pasa es que no se da cuenta que si empieza a bailar todo el bar también comenzara hacerlo, vaya donde vaya. Intentas olvidarte de tus sentimientos, puede que sea más fácil que olvidarla, pero es mentira, y no es de esas mentiras que si dices muchas veces te acabas creyendo. Era por la noche, hacia justamente un año que la conoció, y exactamente en el mismo lugar. Recordaba la primera conversación, la primera vez que acaricio su mano, su primer beso en aquel bar con más historia que encanto, el último en ese duro banco de piedra y todos y cada uno de los demás. Todo lo que llego a sentir y que intento plasmar en un papel para que intentara entenderlo. Cientos de minutos pensando en como hacerla feliz y que se sintiera especial, es como si de repente todo eso perdiera valor, sentido y nunca hubiera existido, por lo menos en el futuro no te hará más bien que mal, por eso, cambias todo.

Lo había hecho mejor que nunca, y no había ganado. Por lo menos no había conseguido lo que quería, y todo eso lo puedes ver desde el punto del mal acostumbramiento o del que te hará más fuerte. Llego a ser la única razón por la que podía llegar a ser feliz o infeliz, esa dependencia asusta, al igual que acongoja el paso del querer al necesitar. Motivo de todas y cada una de sus acciones, de sus pensamientos e influencias y de los sentimientos más increíbles que alguien puede llegar a experimentar, sin llegar a reflejarlo enteramente en lo físico. Alcanzar el nivel de realización que todo hombre quiere tocar. Los días nublados y la música que me recuerda a ti no ayudará nada a superar el mayor desafío jamás planteado, pero tienes que contar con todo tipo de imprevistos, para variar.

Podrías haberme pedido algo más fácil, pero eso no. Hubiera subido a por la luna, hubiera quemado el vaticano o haberle puesto tu nombre a la estrella más brillante y visible de todas, pero eso no por favor. ¿Y sabes qué es lo peor de todo? Que no he parado de hablar en pasado en ningún momento…

No puedo decirte que ésta es la última vez que escribo, pero si la última que te escribo.