Hasta un reloj roto acierta la hora una vez al día.

Estaba en la estación esperando aquel jodido tren. Allí es donde había quedado. La gente suele quedar en plazas, fuentes o bares, pero eso es porque subestima el pensamiento y la mentira en movimiento. En los trenes siempre está el mismo tipo de gente. Los que están perdidos, los que aplauden, los que roncan o los que son sociables contigo hasta que follan.

Esa incómoda sensación de que todo el mundo quiera follarte.

Volvíamos a vernos. Tenias que hablar de una forma excesivamente cortés y muy poco distendida. Algo trabada. Casi prosística o Shakesperiana. A veces era hasta divertido rebuscar todo. Nos sentamos y le empecé a contar como asesiné a mi mujer.

O bueno, lo que algún día fue mi mujer.

No hay parangón ni cabe rebuscada comparación a la de organizar un grato encuentro sino en un de los medios más minusvalorados de todos. Donde nada permanece quieto ni inerte. Donde cada segundo que pasa queda aún más atrás de lo que quedaría en tierra firme. Donde nadie escucharía el cantar de un ave o el sonido de un carámbano estrellándose en la nieve.

Pura como la nieve matutina.

Cuando me planteé como hacerlo pensé que morir debe doler. Pero ya que sólo mueres  una vez no debía importar tanto. Tampoco esperaba lograr nada en mi interior al asesinarla. No esperaba que fuese como introducir mi pene en la nariz de una vaca para que ésta me lamiera los huevos. Sólo quería la paz de verla muerte. De verte muerta.

Era la noche que volvía de su improvisado viaje cuando pasó. Primero me la tiré. Más por mí que por ella. La gente suele hacer mejor las cosas cuando no tiene los huevos llenos. Algo que no cambiaría nunca sería la facilidad con la que ese olor era capaz de lograrme la más férrea de las erecciones.

Había continuos baches en la vía. Era bastante incomodo.

A no ser que llevarás unas bolas chinas en el interior de tu cuerpo.

Después de terminar de tirármela como si fuera a ser la última vez, me situé detrás de ella y dije su nombre. Se dio la vuelta. Disparé justo en su frente. Que bonito. Hasta parecía que se había reconvertido en budista. La muy hija de puta.

Después pensé que había exagerado mi tolerancia a la necrofilia, más que nada porque muertas apenas lubrican, asique me dispuse a enterrarla. Le dije a mi gato que me guardara el secreto mientras iba a por una pala.

En ningún momento me sentí mal, señor. Una sensación de alivio y de haber ganado un tercer pulmón fue la que se adueñó de mi justo después. Puse su canción favorita, esa mierda que acaba con un solo de piano, y me dispuse a irme de allí.

Supongo que algún día alguien te echara de menos. Yo no.

-¿Y que es lo que hará a partir del preciso momento en que baje de este tren?-

-¿Bromea? Tengo todas las vaginas de Praga para torturar y matar. Esto no ha hecho más que empezar.

Los tipos con ojos verdes y que se lo tienen creído me la ponen dura

El Dios de todos esos que escriben bebidos. Necesitan alguien que les guie camino para abrir una hoja de papel completamente en blanco y empezar a deslizar las palabras que salen de sus dedos, y mas al fondo, de su subconsciente, para decir que realmente es buena la mierda de la que se están empapando.

No lo necesitas, ni siquiera te vas a acordar. Es como uno de esos sueños en los que no recuerdas nada cuando te despiertas. Tienes un sueño que se repite muchas veces. Has llegado a la conclusión de que cuatro de cada cinco veces tiene un final, pero de vez en cuando, tu puedes ser el malo, matar al tipo que te esta jodiendo toda la puta película, follarte a su novia pelirroja de coño prieto y ser el puto jefe todo.

Te sientes vivo en esos momentos. Aunque puedas perderlo todo en un segundo.

La sangre te parece algo tan común como una jodida ardilla en el retiro y te la bebes como si fueras un tipo que vive en un pedazo de mansión de Rumania. Esa mierda te la pone dura. A mi me la pone dura.

Da igual lo que escribas. Mañana cuando despiertes a las tres de la tarde con la boca seca y la polla dura no recordaras nada de esto. Solo pensarás en ella y en porque no está ahora a tu lado.

Te la podrías estar follando.

No me jodas.

No sé de qué mierda me estoy mojando. Ni siquiera sé si es un jodido amanecer nublado o un atardecer lluvioso. Me la suda que hora sea. Solo sé que es la hora de beberte.

Podría decirte algo en alemán o en francés al oído. Sé que eso te gustaría. A mi me excitaría un poco y no tendría mas remedio que llevarte a un ascensor con mamparas transparentes y hacerte la marcha atrás hasta terminar derramando mi ADN sobre tu espalda.

A mi esa mierda me parece amor.

Paso de llevarte a dar un paseo. Pagarte una cena cara. Darte un paseo por un paseo mientras te cojo de la mano y te cuento lo eficiente que soy evadiendo impuestos. Esa jodida mierda no la haría ni el puto Huge Grant.

Tampoco voy a comprarme un yate y ponerle tu nombre. Ni comprarte una jodida estrella solo para que lleve tu nombre. Nunca haría eso sin haberla conquistado antes. No hace falta.

Porque para eso tú eres mi estrella.

No es mi estilo.

Mi estilo es llenarte los pulmones de hierba y el hígado de bourbon. Follarte hasta que tu preciosa vagina obtenga un tono de color rojo sangre y después atarte para que no te puedas escapar.

No sé de qué va esta mierda.

Pero a mi me vale con solo una sonrisa de tu boca para empezar a sonreír.

A Rush blood