Bebimos absenta en un bar llamado absenta.

Realmente había sido una noche de locos. No tuve que conformarme, solamente, con la mirada que juzga y se clava de mi disecada vecina apuntando directamente a mi entrepierna mientras gritaba entre resoplidos >>No sé como esto no ha pasado antes<<, sino que después de conducir durante más de cuarenta minutos con una bolsa de hielo en el escroto llegué al hospital y me hagan esperar.

En aquella sala de emergencias de media noche no había más que dos tipos que no se creían lo que estaban viendo, y una recepcionista bastante agradable a la vista aunque apestaba a sanidad y genéricos. Cuando por fin apareció un médico, con una fina barba blanca a medio afeitar, más de uno noventa y cinco de altura y una gran barriga, y me abalancé sobre él. Tenía acento indio, pero ya me daba igual. Le enseñé el lugar del crimen aún sin precintar y tras exclamar un >>Vaya amigo, eso parece la zona cero<< me invitó a entrar a su consulta.

Por chistes como esos en un aeropuerto ya estaría detenido –pensé-, pero en cuanto vi que sacó aguja e hilo llegué a la conclusión que cabrear a alguien con eso en la mano y que va a coserte tu género no sería una buena idea.

-Amigo, cuénteme como ha pasado esto, ¿no?- Sí.

O no.

El caso es que empecé a relatarlo sin saber muy bien por donde comenzar. En realidad seguía siendo sábado noche, y algo antes había sido sábado tarde. En ese momento no tenía amigos, ni ningún otro tipo de compañía, y además la cerveza que me quedaba estaba tan suelta y caliente que decidí guardarla para cocinar. Me puse unos pantalones y una camiseta negra. Pasé de peinarme. Salí. Ya era de noche. No llovía. Caminé y decidí ir a un sitio en el que nunca hubiera estado antes. Ver siempre a la misma gente es incómodo, estresante y te crea una estúpida sensación de dilema con el protocolo social. Vi un sitio que parecía que podría tener encanto y entré. Ponían esa música que deben escuchar los paletos de Estados Unidos y grandes jarras de cerveza fría. La decoración rozaba el horror vacui en alguna de las paredes y había una mesa de billar donde un par de nerds se estarían jugando su cuenta en algún juego de rol de internet. Sólo había una barra bastante grande y me acerqué a pedir algo. Detrás había un par de camareras: Una morena, con el pelo recogido, más bien bajita, vestida totalmente de negro e incapaz de mirarte directamente a los ojos. La otra era más decidida. También vestía completamente de negro. Sus labios eran muy rojos y sus ojos muy azules. Tenía el pelo rubio y ondulado. Transmitía seguridad. No tenía ni jodida idea de tirar una buena cerveza, pero me acerqué a ella. Me dijo que sólo por hablar con ella cuando había estado un buen rato observando lo mala que era me invitaría a un chupito.

¿Tequila? Mejor absenta.

Es la bebida de los guapos. De los artistas. Le dije que la palabra venía del griego y que significa “no bebible” empezó a reírse. Después de estar un buen rato hablando sobre el hada verte me preguntó al fin mi nombre. Todo esto parece fácil, pero no lo es (tanto). Me preguntó por qué no había ido antes a su pub. Ni siquiera lo sabía. Después de dejarme en su bar medio billetero y un tercio de hígado, y tras llegar y empezar a poner a todo el local la música que a mí me gusta aprovechando que, a lo que llaman dj, se había ido a mirar un rato al espejo, me fui de allí con algo más que un ciego. La camarera hostil no, la otra. Y para que pasear pudiendo correr. Para haber trabajado un turno doble era inesperadamente rápida. Las chicas con aguante como ellas son realmente el patrimonio de este ruidoso país.

-Creo que ir contando esto me ayudaba a no pensar en palabras como carne, punzante o hiriente mientras el Doctor Doctorsson me apuntalaba mi pata coja de la mesa-.

Cuando llegué con ella, o detrás de ella, a mi absentemio, suntuoso, resultón y puntual apartamento, y después de poner algo de música e insultar un rato a Nirvana empezamos a hacérnoslo.

Y, -he aquí Doctor Arregla-Pollas, la chispa que provocó el incendio.- Se puso de rodillas y tras quitarme el cinturón y pensar que disfrutaría de sexo oral gratis, ella empezó a mordérmela como un bebé muerde un pezón. Ñam. Masticaba. Dolía. No paraba de reírse. Y yo de llorar. Y después de acordarme de sus descendientes y coger un poco de agua sólida vine aquí.

-¿Cómo lo ve, Doctor 11-S?

-¿Qué cómo lo veo? Diría que no todo lo excesivo llega a ser bueno.

Después de que me dijera eso salí de allí y le rallé el coche.

El bebedor de absenta.

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Con J de México.

Acababa de llegar a la fiesta un par de horas tarde debido a que había estado dedicando mi tarde al sueño y al onanismo cuando me acerqué al barril y vi que sólo quedaba espuma. Aquello parecía una jodida quesadilla. ¿Quesadilla? Comida mexicana, sombreros, cárteles y toda esa mierda. Asique ya que no podía beber me dediqué a hacer una pirámide con todos los vasos de cartón rojo. No necesito pasármelo bien para beber. Pero retro alimentariamente sí.

En una mesa estaban los paletos del campus jugando a colar monedas de veinticinco dentro de vasos de chupito que parecían estar llenos de vodka. Al otro extremo de la sala había otra panda de inadaptados jugando al billar. A no sé que juego. El billar siempre ha sido para gente con clase, y yo no tengo tiempo para tener eso. Junto a la mesa estaba Cloe con sus vaqueros ajustados, su suéter granate y su pelo Rubio. Su cara de niña buena y su perpetua sonrisa dibujada en la cara. Si el diablo tuviera que disfrazarse de alguien se disfrazaría de ella. Y con esos labios creados para el porno o la oratoria. Cloe se dedicaba a pasar éxtasis, MDMA y todas las mierdas que te puedas imaginar. Creo que todo empezó cuando se tiro aquel camello que se volvió loco y le terminaron matando. O le terminaron suicidando. La broma infinita. El caso es que le echo un ojo y mientras se guarda con poco disimulo un billete de veinte en el sujetador me quedo observándola.

Me devuelve la mirada con confianza.

Pienso si me queda algo de hierba en mi habitación para tener una excusa para acercarme y no lo recuerdo. Simplemente voy y me quedo delante. Esperando a que ella hable. Qué gusto da pertenecer a esta deprimente generación.
Me dice que qué me parece.
Le digo que me parece.
Antes de eso hablamos de novatos, profesores de baja por herpes y de la fiesta del fin del mundo.

No me es muy difícil lograr una buena excusa que sirva para llevármela a mi habitación. De camino estoy tan excitado que se me caen las llaves de la mano un par de veces. Ella parece ir bastante ciega de una sustancia por determinar. Tiene los ojos medio cerrados. Medio abiertos no. Camina despacio, zigzagueando ligeramente mientras mueve los hombros de una manera sugerente.

Y todo esto no habría pasado sin la quesadilla.

Por fin llegamos al cuarto y coge mi guitarra mientras me dice que le toque algo. Empiezo tarareando algo de The Clash, después meto un par de estrofas escritas por mí y termino mezclándola con una de Led Zeppelin. Me dice que es lo más bonito que ha escuchado en su vida y empieza a llorar. A mi me empiezan a apretar los pantalones hasta que decido besarla y quitármelos.

Ni siquiera sabe mi nombre Asique creo que empieza a gemir uno que no es el mío. La erótica de la impersonalidad es tan atractiva como la de la fugacidad. En cuanto toco su lengua tengo una erección al instante. Creo que todo va bien. O que todo mejorará.

Realmente esta es la mejor sensación del mundo. No sé como alguien puede llegar a predicar en contra.

Estruendo

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