Pretencioso y fallido experimento.

Entra a aquel sitio tan extraño un tipo que va diciendo que trabaja de exterminador de insectos pero que en realidad es un escritor bloqueado que se despierta por las tardes sin saber lo que ha escrito, ni como lo ha hecho. Como siempre, va con su sombrero retro, aunque entonces no lo llamaban sombrero retro, lo llamaban sombrero sin más. Chaleco, zapatos llenos de polvo y fumando cuando aún era legal suicidarte poco a poco. Dice que extermina cosas.

Va al mostrador y le pide más polvo amarillo al mandarín de larga y fina barba que está al otro lado. El dependiente empieza a gritar en un idioma muy raro, el suyo supongo, y el exterminador asume que cualquier cosa se puede conseguir con dinero. Con un poco más de dinero. Por fin consigue lo que quiere y cuando se va a ir a su astillado piso a jugar a ser Guillermo Tell con su novia yonki aparecen esos dos pedantes colegas de inconsciente profesión llamados guionistas. Le cuentan que dónde se mete, que cómo es que escribe tan bien y qué si se la ha chupado al editor. Él sólo dice que ya no escribe, que dejó de hacerlo cuando tenía diez años y que ahora trabaja como exterminador de insectos.

Tiene la sensación de que le gustaba hacer daño a su máquina de escribir.

Llega a su casa y su chica está tan desmejorada que parece una jugadora lesbiana de la liga nacional de beisbol de gorra plana. Lo único que quiere es el polvo amarillo. Ese polvo amarillo mata a los insectos, es lo único que se dice. No para de repetírselo. Da igual que lo tomes por vía oral que por vía anal, es la misma mierda. Mejor bebido o inyectado.

En realidad es un colocón literario. Hace que veas insectos en cualquier lado de la habitación y que desees aplastarlos con un teléfono retro, aunque entonces no lo llamaban teléfono retro, lo llamaban teléfono sin más. Cuando esa mierda amarilla empieza a circular por sus venas y su chica le dice que se desangraría a sí misma hasta quedarse seca todo empieza a ser como lo narra. Y como lo escribe.

Algo desde el fondo de su bolsa empieza a llamar su atención. Y desde la cornisa de la ventana. Y desde encima de la nevera. Y desde el interior del vaso que tiene su chica en la cabeza esperando a que alguien lo dispare. Ahora es él quien se siente pequeñito y observado. Y débil.

Va siendo hora de dejar de peinarse como Kafka.

El exterminador.

Cuarenta y siete minutos.

La primera noche del año se acaba de mezclar con la última del anterior y no había mejor manera de celebrar algo así que sobre la cornisa de la terraza del piso cuarenta y siete del rascacielos más alto del próximo mejor país del  mundo. O eso pensaba ella. Yo no. En 1984 Londres pasó de estar en Inglaterra a estar en Oceanía, tal vez en este año todo haya cambiado sin que nadie se haya dado cuenta. O que se hayan dado cuenta y no me lo hayan dicho. Típico.

La habitación que tenía detrás aquel balcón estaba húmeda y desordenada. Casi todas las mejores cosas están así. Había un mago de cartas, un negro que cantaba, una chica con flequillo que miraba al negro que cantaba, un tipo con sombrero que sospechaba de todo el mundo, dos chicas montándoselo en la bañera y un tipo más grabándolo. Además de cuarenta botellas de alcohol de todo tipo y potencia más un botiquín volcado encima de una mesa de cristal transparente roto que todo el mundo usaba como soporte vital. O re-vital.

Yo esa noche no tenía que estar en Singapur, pero las luces y las sirenas hicieron que me quedara. Aquel Tailandia del S XXI era estimulante hasta el suicidio.

Creo que empezaba a entender porque mi amiga quería aprender a volar. Mi amiga medía 1,68m y tenía una mirada de esas que te hacen tragar saliva hasta cuando no quieres. Me dijo que había nacido en París, en el París de Francia no en el de Illinois, y que allí se dedicaba a componer. Aunque desde que la conocí me ha deformado más que creado. Estaba puesta de no sé que mierda transparente y parece que le había dado el bajón.

Si nueve noches antes el mundo se hubiera terminado esto no estaría pasando.

Hago como si me intereso del motivo que le impulsa a querer saltar de un cuadragésimo séptimo piso y probablemente sufrir algo más que un esguince de tobillo y empieza a hablar con todo menos con la lengua. Mientras yo intento recordar como llegué a conocerla. Pero no me llega.

Esto empieza a cansar. Alargar la agonía al estilo Tim Burton en las agonías que son sus películas nunca me ha conquistado. Veo que cada vez queda menos alcohol y que todo el mundo está en el baño aplaudiendo a las recién descubiertas lesbianas de la casa.

Paso.

Lo que hago es empujarla al vacío y dejo de mirar antes de que toque el suelo con sus esponjosos pechos. Ni siquiera una lágrima, y es una pena, porque no me vendría nada mal algo de lubricante para acelerar y animar el show que se está emitiendo en el baño.

Todo lo que  necesitas es amor de lesbiana.

Todo era esponjoso.