Born to fuck.

Creo que ya llevamos más de diez días en este agujero con forma de trozo de cielo. Hay una cama, o dos juntas, y no sé ve gran cosa. Lo único que da luz a la habitación es la pantalla brillando cuando no paramos de pasar películas de los Coen, sobre todo una, y alguna que otra del mejor neoyorquino de todos. La cosa es que una película de terror no ilumina tanto, pero para eso ya estás tú.

Lo de pasarse a ser vegano por un tiempo es realmente una buena idea. Nada de carne más allá de la que ya tenemos dentro de nosotros y todo lo demás de color verde, lo que se come y lo que se fuma. Y no vale beber nada que no tenga algo de verde. La música la va a poner Bob Dylan, pero sólo una canción. Y muchas veces.

Y la única vida que existe fuera de esa habitación consiste en beber fuerte, más que mucho, salir a la calle a buscar un bar y pegarle en la cabeza al tipo más grande que haya con una botella rota. Grabarlo y comentarlo. Sólo mientras los fluidos vitales se regeneran.

Igual la falta de proteínas termina siendo un problema, pero siempre podemos comer papel. Y ya hacemos algo parecido con el papel. Siempre es mejor que compartir un filete con un tipo que dice que Linkin Park es rock duro mientras sufre una especie de intoxicación por gayerismo.

Después de haber salido a jugar un rato lo único que queda por hacer es ir a comprar chocolatinas, muchas chocolatinas, y empezar a hacer eso que Jagger y Bowie niegan que hicieran cada vez que les preguntan. Con la misma chica. Con la misma puerta. El chocolate no es lo suficientemente dulce. Algún día te contaré de qué va todo esto. Algún día te haré todo esto.

Si quieres parar sólo tienes que decirlo, pero ninguno de los dos va a querer. Hasta que lo íntimo aguante.

Born to fuck

Ben Wa.

Vamos a jugar a un juego. Nadie se va a poner una máscara, al menos de momento, ni tampoco va a fabricar un juguete con círculos rojos en los mofletes. Sólo hacen falta un par de cosas, y ahora mismo nosotros vamos montados en una de ellas. Tal vez lo malo y aburrido de un tren es que no tiene turbulencias, al menos no tan agitadoras y tira copas de destornilladores vírgenes como un avión. Pero tiene algo más de hormiga que de cigarra.

Compartir juguetes tal vez sea algo anti higiénico, pero si nadie lo sabe se convierte en el producto mejor esterilizado. Además, una vez que está dentro lo único que puede hacer algo así es mejorar tus defensas. Te diría que lo hicieras mientras ese viejo verde mira, pero no soy tan cruel, así que te dejo ir al lavabo. Eso sí, al de hombres.

Yo sólo me sentaré enfrente de ti escuchando a los Crystal Fighters esos con mi iPod, mi barba, unas gafas de sol, una sonrisa y una camiseta de color rosa. Entonces tu aparecerás por la parte de atrás del vagón con un pequeño peso en tu interior detrás de tu músculo pubocoxígeo. Algo que antes no estaba. Algo que sólo tú y yo sabemos que está dentro de ti.

Como para la literatura soy un clásico, para el ferrocarril no iba a ser menos. Los trenes de alta velocidad modernos que apenas se mueven son como máquinas de afeitar gigantes. El más barato y ruidoso. Y el que más se mueva. Estamos a tan solo unos centímetros el uno del otro pero hacemos como que no nos conocemos. Empiezas a moverte. Empiezas a notarlo. Van a ser unas seis horas muy divertidas.

Hay un momento en que imaginas tanto que no sabes si estás despierto o dormido.

Chu chu

Low.

Eran esos tiempos donde las barbas aún no se habían puesto de moda, las chicas no llevaban los labios rojos pero seguían oliendo igual de bien y donde te ponías a escuchar el disco más aburrido de Coldplay mientras escribías sobre Radiohead. Ella había visto mucho más cine que tú y lo único que tú intentabas era buscar la película más rara posible para pedantear sobre ella. Supongo que eran buenos tiempos. Supongo que eran de los mejores.

Todavía no había ningún negro en la Casa Blanca y el vello púbico era tendencia en el fondo de los pantalones de las chicas guapas. Compartías un vaso de lo que sea en un bar de donde sea mientras hablabas de lo que fuera y te veías reflejados en esos ojos donde las pupilas no paraban de moverse, y mientras se movían tu jugabas a averiguar en que estaría pensando, y siempre eras bastante optimista y ofensivo para la mayoría del género femenino.

Aún no contabas las palabras que escribías y simplemente lo hacías para que cuando lo leyera llorara, riera o se mojara. Aunque fuera un poco. Y siempre lograbas las tres cosas, todas relacionadas con humedecerse. Todavía no habías empezado a jugar a que nada te importara ni habías descubierto lo divertido que es. La saliva nunca fue ningún problema pero esperar en un ático a que se te pusiera dura a las siete de la mañana seguía siendo difícil.

Todo lo ves ahora como un sueño de esos que olvidas nada más despertarte donde no recuerdas nada del sueño en sí, sólo la sensación que te dejó. Y tal vez sea la mejor sensación de todas.

Podría escribir un libro sólo hablando de aquellos meses, pero es que te pones a recordar cosas y acabas echando de menos cualquier cosa. Y creo que aún no es hora de eso. Y la botella se acaba de terminar.