El héroe está en la ciudad.

En aquel sitio todo es brillante y transparente. Empezando por los ascensores. Hasta lo ascensores. La gente es bajita. Nadie fuma por la calle, aunque por el humo que hay cualquiera lo diría. Yo llego un día sin saber qué hora es. Tampoco sé en qué estación estamos. Creo que cuando me fui era primavera, pero no tengo muy claro el cambio de hemisferio. El hotel es como aquel de Memphis, pero sin un botones negro con chaqueta roja y sombrero con flecos. Creo que no echo de menos nada de eso.

Ya es de noche, aunque sigo sin saber que estación es. Todo empieza a brillar aún más y es como una película de Gaspar Noé. ¿En primera persona y con pretensiones de morir en el baño de un local con baldosas de madera? Algo así.

Por fin llego aquel sitio tan circular con apariencia de bañera gigante. No hay más que chicas bajitas que huelen bien y gritan mucho. Knock knock knockin’ on heaven’s door. Me meto en la boca una de esas drogas sin forma de pastilla rosa, que están más pasadas de moda que el barroco y que empiezan por meta, y mi líquido espinal empieza a girar al revés. Creo que veo a mi padre en primera fila.

No. No era él. Sigo caminando y sin saber cómo acabo justo enfrente del escenario. Aún no sé si es bonito u hortera. Sale a cantar una chica con pinta de londinense pero que resulta ser de no sé qué colonia del Pacífico. Puede que el Pacífico sea el segundo o tercer mejor mar del mundo. Se me pasa rápido. Lo de escucharla, no lo otro. Está bien ser el tipo más alto de este alargado país.

Y por fin salen. No sé con qué canción empiezan, y la verdad me da igual. Cada vez sudo más, pero es porque creo que me ha sentado mal esa especie de cilindro relleno de cosas verdes que aquí llaman comida. Aunque no suelo quejarme de nada que me venda un tipo sin dientes y con la camisa sucia. Empiezo a llamar a Matt pero no me escucha, y eso que estoy tan cerca de él que casi puedo tocarle si no fuera por ese tipo con pinta de luchador de sumo que me mira tan mal. Creo que no me hace caso porque está ocupado cantando delante de todo un país de gente pequeña.

Puede que esté solo en este sitio tan peculiar. Puede que quiera estar solo en este momento, pero en este trozo del planeta sólo hay ruido y pasión. Y creo que como sigan tocando vamos a llamar de verdad a las puertas del Cielo. Y nos van a abrir.

Madness.

Cosas que se escriben en una pizarra blanca y se borran cuando se te ocurre algo mejor.

Éste tiene un pie zopo.

Ése quiere chuparme la polla.

El tercero tiene un tic en la cabeza.

El cuarto lleva peluca.

El quinto es comunista.

El sexto es nieto de Hitler.

El séptimo lee a Irvine Welsh.

El octavo asegura que le debo un par de botella de whiskey. O de whisky.

El noveno es una chica que antes bailaba con una boa, al estilo Salma Hayek en Abierto Hasta el Amanecer, pero que ha dejado de querer montárselo conmigo.

Ensalada de col

El fracaso como bella arte.

La penúltima vez que había entrado en una iglesia fue para intentar follar dentro de un confesionario con una chica que nunca debí haber dejado de oler. Pero no fue posible. Intentar montártelo en una iglesia es como pretender que El Vaticano se convierta en una gran ONG. Ahí la víctima era yo. La última vez fue mucho más aburrida. Te hablan de vino pero no existe ninguna barra. Intentas entender porque un montón de gente sigue adorando a un cachas que nació en verano pero dicen que nació en diciembre mientras maldices que no exista un router dentro del taparrabos de algún imaginario.

¿Se puede decir maldición?

Te dedicas a desnudar mentalmente a feligresas mientras una versión más pequeña y talentosa de ti le acaricia la mano a todo un resumen de mentiras.

Después te planteas si sirve de algo besar los pies de algo que no ves para conseguir algo que tal vez nunca llegues a ver. Es como estar once meses detrás de la misma chica pagando sus cenas y sus tampones para que en el mes doce te deje hacértelo con ella. Ciento sesenta y cinco segundos de sexo. Nada merece la pena entonces. Por ciento sesenta y cinco segundos sólo merece la pena seis de cada nueve cosas. Las demás, no.

Pero realmente no hay tantas cosas en las que puedes creer. Hasta los condones no son del todo fiables. El Todo Poderoso Dólar cada vez tiene la manta más corta y el color verde deja de estar de moda. Lo que sí está claro o al menos termina de estarlo es cada cosas que le pongas detrás la palabra de sexo es un pleonasmo.

La historia de H.C, el vagabundo-poeta que le gustaba tocarse mirando a gente en el metro.

Un día estaba pensando en Nietzsche y H.C recordó que dijo algo así como que los poetas son demasiado mentirosos. ¿Mentirosos?

Yo conocí a H.C una mañana, o tal vez una noche, en realidad en el metro siempre es de noche. Yo estaba sentado en un banco sin nada que hacer y sin pretender montarme en alguna línea en concreto para poder entrar ,sentarme y esperar a que me robaran la cartera mientras leía Pulp cuando observé que al otro lado del andén había un tipo bastante peculiar. No por su forma de vestir o por su falta de higiene, sino porque no paraba de hacerme gestos. Era un tipo guapo, aunque estaba jodidamente sucio. Tenía pinta de ir a casa de alguna anciana a suplicar quince minutos de ducha en un cuarto de baño con baldosas. Con baldosas y sin ruedas.

Dentro del metro existe un microclima basado en el calor húmedo y el poco oxígeno, y como el mucho oxígeno coloca se podría decir que estábamos en una improvisada clínica de desintoxicación. Pasó un metro. Todo el mundo se montó arrimando lo máximo que la física permite y nos quedamos otra vez el vagabundo atractivo pero sucio y yo. Cruzó el andén. Creo que no tenía mucho que perder.

Se sentó a mi lado. Me dijo que lo que estaba leyendo lo había escrito él. Yo me reí mientras intentaba seguir respirando por la boca. Me dijo que había sido poeta, pero que sólo había sido poeta para ligar con chicas, que con la prosa se liga mucho menos. No seré yo quien re-destruya la poesía, porque realmente es mucho más fácil criticarla que escribirla, pero los poetas son unos mentirosos. Y generalmente bastante feos.

Le pregunté a que se dedicaba después que yo le dijera que lo único que hacía era leer, beber café y cerveza, a veces mezclando, y ver como mi barba crecía. Me dijo que ahora que se había quedado sin dinero, sin estómago debido al vino y sin cabeza debido a la poesía se dedicaba a esperar a parejas en el vagón trasero de algún metro y masturbarse delante de ellos. Marketing agresivo. Era lo único que le hacía sentir vivo. Que era demasiado guapo para seguir escribiendo.

Mientras me contaba su vida no podía evitar pensar que en cierta manera había alcanzado un nivel de felicidad tan básico y con unas miras tan bajas que era casi imposible amargarle. Puede que fuera un estafador social y sexual a la hora de destaparse del todo y no calar hondo. Puede que hediera un hedor de lo más masticable. También puede que se arrepintiera de que ya nadie muriera de sífilis, pero si ese tipo se presentara a presidente del Gobierno tendría mi voto.

Me contó sus cuatro últimos años de vida. Aquella noche que se lo hizo con una chica rubia que le faltaba un diente y estaba al borde de estar o no estar gorda. Una de sus noches era más intensa que seis de las mías.

Que todo fue mejor.

Que aún recuerda aquel sábado que se despertó en una cama con una chica preciosa que olía realmente bien y un gato tumbado encima de sus pies.

Eran viejos tiempos.

Eran buenos tiempos para H.C. Estaba seguro que nos volveríamos a ver.

H.C