La historia de H.C, el vagabundo-poeta que le gustaba tocarse mirando a gente en el metro.

Un día estaba pensando en Nietzsche y H.C recordó que dijo algo así como que los poetas son demasiado mentirosos. ¿Mentirosos?

Yo conocí a H.C una mañana, o tal vez una noche, en realidad en el metro siempre es de noche. Yo estaba sentado en un banco sin nada que hacer y sin pretender montarme en alguna línea en concreto para poder entrar ,sentarme y esperar a que me robaran la cartera mientras leía Pulp cuando observé que al otro lado del andén había un tipo bastante peculiar. No por su forma de vestir o por su falta de higiene, sino porque no paraba de hacerme gestos. Era un tipo guapo, aunque estaba jodidamente sucio. Tenía pinta de ir a casa de alguna anciana a suplicar quince minutos de ducha en un cuarto de baño con baldosas. Con baldosas y sin ruedas.

Dentro del metro existe un microclima basado en el calor húmedo y el poco oxígeno, y como el mucho oxígeno coloca se podría decir que estábamos en una improvisada clínica de desintoxicación. Pasó un metro. Todo el mundo se montó arrimando lo máximo que la física permite y nos quedamos otra vez el vagabundo atractivo pero sucio y yo. Cruzó el andén. Creo que no tenía mucho que perder.

Se sentó a mi lado. Me dijo que lo que estaba leyendo lo había escrito él. Yo me reí mientras intentaba seguir respirando por la boca. Me dijo que había sido poeta, pero que sólo había sido poeta para ligar con chicas, que con la prosa se liga mucho menos. No seré yo quien re-destruya la poesía, porque realmente es mucho más fácil criticarla que escribirla, pero los poetas son unos mentirosos. Y generalmente bastante feos.

Le pregunté a que se dedicaba después que yo le dijera que lo único que hacía era leer, beber café y cerveza, a veces mezclando, y ver como mi barba crecía. Me dijo que ahora que se había quedado sin dinero, sin estómago debido al vino y sin cabeza debido a la poesía se dedicaba a esperar a parejas en el vagón trasero de algún metro y masturbarse delante de ellos. Marketing agresivo. Era lo único que le hacía sentir vivo. Que era demasiado guapo para seguir escribiendo.

Mientras me contaba su vida no podía evitar pensar que en cierta manera había alcanzado un nivel de felicidad tan básico y con unas miras tan bajas que era casi imposible amargarle. Puede que fuera un estafador social y sexual a la hora de destaparse del todo y no calar hondo. Puede que hediera un hedor de lo más masticable. También puede que se arrepintiera de que ya nadie muriera de sífilis, pero si ese tipo se presentara a presidente del Gobierno tendría mi voto.

Me contó sus cuatro últimos años de vida. Aquella noche que se lo hizo con una chica rubia que le faltaba un diente y estaba al borde de estar o no estar gorda. Una de sus noches era más intensa que seis de las mías.

Que todo fue mejor.

Que aún recuerda aquel sábado que se despertó en una cama con una chica preciosa que olía realmente bien y un gato tumbado encima de sus pies.

Eran viejos tiempos.

Eran buenos tiempos para H.C. Estaba seguro que nos volveríamos a ver.

H.C

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