El fracaso como bella arte.

La penúltima vez que había entrado en una iglesia fue para intentar follar dentro de un confesionario con una chica que nunca debí haber dejado de oler. Pero no fue posible. Intentar montártelo en una iglesia es como pretender que El Vaticano se convierta en una gran ONG. Ahí la víctima era yo. La última vez fue mucho más aburrida. Te hablan de vino pero no existe ninguna barra. Intentas entender porque un montón de gente sigue adorando a un cachas que nació en verano pero dicen que nació en diciembre mientras maldices que no exista un router dentro del taparrabos de algún imaginario.

¿Se puede decir maldición?

Te dedicas a desnudar mentalmente a feligresas mientras una versión más pequeña y talentosa de ti le acaricia la mano a todo un resumen de mentiras.

Después te planteas si sirve de algo besar los pies de algo que no ves para conseguir algo que tal vez nunca llegues a ver. Es como estar once meses detrás de la misma chica pagando sus cenas y sus tampones para que en el mes doce te deje hacértelo con ella. Ciento sesenta y cinco segundos de sexo. Nada merece la pena entonces. Por ciento sesenta y cinco segundos sólo merece la pena seis de cada nueve cosas. Las demás, no.

Pero realmente no hay tantas cosas en las que puedes creer. Hasta los condones no son del todo fiables. El Todo Poderoso Dólar cada vez tiene la manta más corta y el color verde deja de estar de moda. Lo que sí está claro o al menos termina de estarlo es cada cosas que le pongas detrás la palabra de sexo es un pleonasmo.

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