La Revolución Tranquila, parte I.

Supongo que si fuera canadiense y estuviera en otro país que no fuera Canadá con mi esposa madura, excesivamente madura, con un sentido de la moda algo distorsionado pero muy pujante en Quebec y todo hecho a base de colores tristes y chaquetas de cuadros hubiera hecho lo mismo. A lo mejor él también lo soñó, después de todo los canadienses también duermen, aunque sea con los ojos abiertos.

No estamos en un circo, pero por poco. Se abren las puertas de aquel lugar y sólo hay una barra al fondo, con un tipo detrás de la misma bastante raro. De esos que suelen sospechar de todos aquellos que no les faltan ningún diente. Algunas cuantas botellas detrás, un teléfono en un extremo de la barra y nada más. El sitio es tan pequeño y respirar se hace tan difícil que deberían empezar a cobrarte desde el primer momento que cierras la puerta. El local tiene forma de pasillo, y el varón canadiense lo recorre en no más de cuatro zancadas. Así se lo montan en Quebec.

Pongamos que el extraño camarero está secando vasos limpios con un trapo sucio, simplemente por hacer algo que sirva de tapadera al laboratorio de sueños que tiene montado en la bodega. Pongamos que tose, o carraspea, apoya los codos en la barra y pregunta a la adorable parejita de ancianos sobre alces, nieve o Lévesque, porque es un tipo bastante cultivado que fue expulsado en su tercer año de Universidad por tirarle los tejos al decano. Y que se llama René.

Como no tienen zarzaparrilla René se dedica a servir vasos de cerveza. La cerveza es bastante buena, sólo que los canadienses no tienen ni puta idea de cerveza. Siguen bebiendo y puesto que en ese local no entran más que tres personas, se podría decir que hay aforo completo. La pareja no habla, each other, y después de dos o tres cervezas la mujer decide abandonar el pub y volver al motel donde simplemente esperará a que un violador toque en su puerta y se decida a grabar una película snuff con ella de protagonista.

El sueño canadiense es distinto al sueño americano.

Se quedan solos René y el protestante de Montreal. El taburete se convierte en un diván y René sigue siendo psicólogo. La pregunta de qué hace alguien como tú en un sitio como este es tan recurrente como cierta, así que se lo cuenta. La historia es tan desgarradora como aburrida, así que René empieza a beber también. Sacan un par de botellas del laboratorio de los sueños auto destiladas y empiezan a estar tan bebidos que ya ni se preguntan qué hacen allí.

El teléfono suena.

Es tan clásico como el bigote pintado de Groucho. Negro y de ruleta, y sonando tan fuerte que por ese mismo hecho vibra sin pretenderlo. René coge el teléfono y la persona que se encuentra al otro lado pregunta por nuestro amigo liberalista del Quebequés. René le pasa el teléfono extrañado, y el patriota expatriado simplemente apoya la oreja en el audífono y escucha dos palabras antes de que la conexión se corte.

Los dos se miran, el tipo que proviene de la región con forma de belfo dice lo que ha escuchado. René abre muchos los ojos y las gotas de sudor frío empiezan a recorrer sus sienes.

Simplemente se pregunta para sí mismo como él puede saber eso.

En ese momento entra alguien por la puerta…

Los canadienses no somos guapos.

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