La relatividad temporal de la constante evolutiva o cómo hacerse un intensivo cuidado de encías.

Lo peor de todo es cuando los demás se dan cuenta que están jodidos y lo que quieren es rodearte de toda su mierda. Claro, que de eso no te das cuenta hasta el momento en que llegas a pisar su felpudo. Un rato antes había estado comprando una botella de vino en una tienda donde sólo vendían botellas de vino, y lo bueno de no tener ni puta idea de vino es que siempre terminas acertando. El factor sociológico del vino.

Por aquellos tiempos era más de llamar a la puerta con los nudillos que de pulsar los timbres, pero llamémoslo involución. Así que me encuentro ahí rodeado de personas en torno a una mesa comiendo carne muy poco hecha, bebiendo vino y agitando mucho la copa mientras a la vez el tema de conversación es tan insípido que curaría la diabetes. Menos mal que lo mejor estaba por llegar.

Tras preguntar si quedaba algo de vodka y que me dijeran que se lo habían bebido todo salí con una chica a la calle a fumar, como convenio social. Nunca había visto antes a esa chica hasta aquella noche, pero me daba buena espina. No tenía la apariencia de la típica chica que es tan atractiva que tiene la sensación de que le van tirando a la cara cubos de semen porque se la folla con los ojos cada gordo pelirrojo con el que se cruza, pero tenía talento.

Urbana, postmoderna y facilona, como a mí me gustan. Dice de beber una copa. Yo digo de beber. Me lleva en su furgoneta a un sitio en el que ninguno de los pegábamos nada, y creo que por eso era divertido. Allí si tienen vodka, y digo que me lo sirvan con un chorro de leche para suavizar. Nos reímos. Bueno, ella más que yo, pero lo pasamos bien. Pero llega ese momento en el que tienes la sensación de que alguien va a empezar a notar que no estás, por lo que decidimos volver al decadente evento irradiador de ostracismo.

Entramos de nuevo en su furgoneta. Pone algo de Gershwin y empieza a conducir, pero en dirección contraria a las puertas del averno. Nos metemos en un callejón oscuro, frena el coche, para la música y me mira. Sólo me dice que me la saque, que me la va a chupar. Y diablos, si una chica guapa te pide tu tranca como cepillo de dientes tú le correspondes.

La verdad es que no se lo monta mal.

Tras estar un rato haciendo ejercicios faciales ambos terminamos. Más formalista que instrumental pero de carácter evocador y motivador, con ciertos tonos afrutados en su fosca melena, que ahí todo queda bien. Y aquí llega otro factor sociológico, la reciprocidad no escrita del sexo oral. Y aunque deslizar mi lengua por algo tan íntimo es de mis hobbies favoritos decido que en ese momento no me apetece. Creo que se enfada. Noto que se enfada cuando empieza a subir el tono de voz y me apuesta 200 pavos a que terminaré haciéndoselo, apuesto que naturalmente acepto.

En el preciso momento que cerramos el trato comienza a arremeter contra mi sexualidad, dudando de ella de igual manera que un ratón de laboratorio sospecha de un trozo de queso electrificado. La verdad es que sigo impertérrito ante acusaciones de tal magnitud, lo que le hace sentir aún más furia. Ella, aún con restos de mi esperma muriéndose en sus encías entre otros encantadores lugares, empieza a zarandearme agarrándome de mi chaqueta de cuero hasta que estrella mi cabeza contra la luna del coche y la parte. No contenta con eso decide levantar su falda y poner su bien perfumado aunque amazónico sexo sobre mi cara. Terminó cayendo, en todos los sentidos. Acabo. Más pobre y con menos dignidad. Decidimos irnos de allí a paso ligero y un silencio incómodo nos invade hasta que ella lo rompe.

–          Volveremos a vernos, ¿no?

–          …

El siguiente martes por la noche reinventaré el término anti-coherencia, pero podría ser peor.

Foto-falsa-Merkel-desnuda

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