Cable mojado y fascinado.

Dulce pretensión de inocencia. La adquirida presunción de normalidad viene subestimada por el sistema corrompe-ideas y la anti-abstracta, llana y poca creativa burbuja de insolencia permitida por el mero hecho de seguir en la ola. Y sí, por aquel rostro hubiera pisado los zapatos limpios de aquel moderno. Perder por incomparecencia es peor que perder perdiendo. La derrota tiene aguja gasificada de breve tono y matices sin descubrir, de los que aún no te planteas que existen. Besar lo inbesable tiende a corromper lo incorruptible. Mejor dejémosla correr y sólo echemos un ojo a cómo lo hace.

Y si fuera mejor así. Y si el hecho de cumplir algo emborrona todo lo conseguido con anterioridad. El segundo de duda entre disparar y no hacerlo sabiendo que todo, en un instante, que has pretendido conseguir durante los últimos 102 días podría catapultarte de nuevo a la insustancialidad del camino curvo y esquivo. Pero jugar todo a una carta y perderlo para tener que volver a empezar, empezar desde cero, no te convertirá en nada más que un tipo guapo, valiente y con saber perder.

Estropéalo, no vaya a ser que sepas cómo arreglarlo y no tengas la oportunidad de mostrarle una carta más quedándote tan pocas.

En la vieja escuela te enseñaban a no dar un paso hacía atrás si después no ibas a dar dos hacía delante. La huida hacia delante era la marca de la casa y el irte a tu habitación con la sensación de poder haber hecho algo más era igual que irte a la cama sin cenar. No te podías quedar con ninguna palabra en la boca que hubiera podido cambiar mínimamente el resultado a tu favor, aunque el desenlace hubiese llegado a ser todo lo contrario y hubieras implosionado en una nube de indolencia, desprecio y olor a pólvora.

Los bloques se organizan de dos en dos y cualquier corriente de cambio es abruptamente cortada por una motosierra fascista de dominación del intelecto a base de adoctrinamiento y pistolas empuñadas de lado. Quedarse con la vocal en la meninge produce meningitis y haber usado mis dedos para conocer el destino aún sabiendo que eso no existe produce una mezcla de alivio, impotencia y resignación que es dulce néctar mañanero exprimido por mi fálica varita mágica de tu cálido, angosto, profundo y confortable manantial encela huracanes.

Líneas rectas y miradas curvas. Nunca más le volveré a sonreír a una lesbiana.

 

Varita

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