Un hombre sin opciones tiene todas las opciones del mundo.

Exquisito. Creo que es exquisito. Creo que es una maldita obra de arte. Como un Rembrandt. O un Picasso. Mi polla debería estar en el Louvre. Deberían estudiarla en todo su esplendor. Deberían emplearse horas estudiando en distintos cursos su exquisitez. Deberían estudiarla en ciencias porque una cosa así desafía la naturaleza. Está dura. Es metal. Es acero. Es titanio. No se rompe ni se dobla. Mi polla puede soportar todo el día como un buen soldado tratando de impresionar a sus superiores. Si pudiera ganar una medalla, lo haría. Si pudiesen ponerle nombre a una escuela en su honor, lo harían. Si pudiera salvar a Somalia de la inanición, lo haría. Si pudieran darle un premio por eso sería el primer premio que gana un pene. Sería uno de esos penes que ganan premios Nobel. Como un felino veloz y peligroso. Deberían escribir que mi polla es tan peligrosa como un guepardo de la sabana. Tan poderoso que guerras se ganarían con él. Reinos han caído a causa de mi polla cuando explotó como un volcán con su sagrada lava de semen. Es el inicio y el final de todas las cosas. 

 

El mejor vino de Israel.

La tercera vez en dos días. Aún no echas de menos algo que estás viviendo, pero sabía que algún día miraría atrás y añoraría tiempos como esos. Me encontraba intentando hacer sonar bien una mandolina con un muelle y una nuez cuando me escribió el fantasma en vida de una Audrey Hepburn tintada de Eva Green con la inocencia todavía no explotada por Bertolucci. Dije no mil veces y sí tan sólo una, pero con eso bastó. Como si de la intro de una comedia de Woody Allen se tratase llegué a aquel acristalado lugar donde sonaba música Jazz a plena luz del día. Ella bailaba y los demás miraban. Hablamos de la cultura, de lo que nos la pone dura, del cine e hice como si supiera de teatro. Por una vez el aroma estaba en el banquillo y los ojos abusaban de la posesión de la belleza. Los cristalinos ojos de una pretensión de noche de verano que se había convertido en algo tan jodidamente efímero de una forma tan gradual que no me había dado ni cuenta.

Saber un poco de tés y de vanguardias postmodernistas te convierto en maricón para el pleno de la sociedad, pero en súper-clase para la clase de miradas que quieres congelar. Seguía siendo un martes cualquiera, el mejor día de todos, o al menos el menos malo, sobre todo cuando pese a que no te la esté chupando una londinense tienes los labios manchados de whisky de media tarde.

Y llega el mejor momento de todos, el de la anticipación. Así que te quedas a solas con tus pensamientos para quitarte cualquier sentimiento de culpa futuro y te montas en un coche a seguir mamando de la teta arrugada y humeante de la juventud y de la torsión que va terminando contigo poco a poco mientras esperas que todo vuelva a ser como antes.

Tu encanto te convierte en un bioterrorista y no tienes más remedio que clamar al cielo por esa injusticia, pero mientras todo sigue girando expulsas la mierda que te rodea dando vueltas muy rápido y convirtiendo la noche en un concurso de ver quien traga cerveza más rápido, y de una manera cada vez más perfeccionada sin que te toque la lengua y sin que logre ocasionarte una úlcera de estómago. Al final siempre gana el mismo. El que no escupe.

Y todo vuelve a empezar. Después de la euforia viene la depresión. Y después más depresión. Y no puedes evitar pensar que lo único que te sacará de esa espiral para que tu talento vuelva a fluir es estar ocho horas seguidas metidas en un tren con tu mejor colega mientras bebes jarabe para la tos, whisky del malo y fumas cosas de una pipa sucia repleta de ADN.

Pero hasta entonces, ¿Por qué no intentarlo una vez más? Donde hay un herida no puede haber otra, sólo se puede formar callo. Un callo tan deslizante como el teflón que te convierta en el animal social al que Platón un día colocó una mordaza en la boca y se lo folló por el culo.

Jim Jarmusch hace un brunch después de las seis.

La imposibilidad de encontrar una norma que exprese y ponga imagen a todo aquello que sientes en ese momento hace que te atragantes de tal manera con algo invisible y abstracto que torna en ganas de no volver a suicidarte. Qué fácil sería crear una vía de escape diseñada con una tubería, un cable que fuera por dentro y algo que vibrase cada vez que sintieses que no puedes más.

La primera regla es que no puedo mirarte a los ojos y no decirte la verdad. Dulce punto débil.

Los aviones y los hospitales son lugares tan intensos que tienden a abusar del pensamiento, pero no es lo peor. Hacer preguntas en una carta. Esperar a que lo lea, más de una vez, y cambiar de estilo es tan innecesario como intentar ganar una carrera corriendo de espaldas. Por eso todo vale. Aunque todo el mundo se cague en las putas normas no lo hace nadie más que el que las creó, puesto que no vas a repartir la tarta y quedarte con el trozo más pequeño cuando piensas que todo lo excesivo es bueno. El sentimiento de indecisión evoluciona en decepción. Más tarde en confusión, para seguir en cansancio, pesadumbre, frustración, impotencia, incomparecencia, anhelo y por último, seguridad. La epifanía emocional llega justo cuando el tren sale de la estación. Pero no hay ninguna norma que te impida correr detrás de él.

A partir de ahora la primera regla es que no puedes dejar nada a medias. Todo lo que empieces vas a tener que terminarlo.

El proceso de identificación con un tipo alto, con perilla, orejas grandes, abrigo de lana de segunda mano y acento forzado es el mismo que siento por una no pudorosa mujer de tatuaje en el brazo, anchas caderas, pechos pequeños y lucidez narcisista con tendencia al infinito y no ver más allá de sus abarrotadas pupilas.

Y si no existe nada perfecto porque se inventó la palabra perfección.

Darle vueltas a lo mismo y alojarse en una fantasía del pasado cohesiona tangencialmente con la delgada línea entre la felicidad y la locura. Entre ver un perro o ver a un tipo vestido de perro. Entre oler su pelo y cruzarte con alguien que lleva su perfume, pero no su aroma.

No voy a dejar de ser yo por conseguir un sustituto. La herencia en la amarga despedida es todo lo que me queda y que algún día no será más que un chiste de cama, cruel y negro, como son los buenos chistes, pero de momento no existe más remedio que matar lo que tienes dentro mezclando jarabe, whisky y un chorro de pensamiento inevitable formado por las palabras de que la vida es larga como para vivirla así. Como para vivirla en perpetua crisis identitaria.

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El Capitán salió del barco y los marineros se pusieron a echarlo de menos.

Salgo por fin del hospital. Lo mejor que me puede haber pasado en los últimos seis días ha sido eso. Cuando tragas más barro del que puedes digerir no te queda más remedio que dejar de comer durante un tiempo, asentar el estómago y masticar ese nudo que tanto daño te ha hecho. Caminar por un sitio tan triste como este me lleva a pensar el motivo por el que nunca había estado aquí. Pero no es un hospital cualquiera. Yo no estoy aquí porque quiero. Estoy aquí porque di por sentado muchas cosas, tantas que me aplastaron.

Y de todo esto malo no se puede sacar nada bueno. Ni por un segundo. Las lecciones se pueden aprender estudiando, y no suspendiendo. La culpa de cuando suspende un alumno aventajado es porque se ha dejado llevar y ha decidido no estudiar ni el día antes, pensando que con lo sabido y esas gotas de ingenio que de tantos embrollos le han sacado le bastará. Pero no es así. Es como beber con el estómago vacío. Al principio te sientes poderoso, después, vulnerable, y con el tiempo, un tonto.

En este sitio nada es ocre, todo es gris. Esa tonalidad es paradójica por su inexistencia, de ahí que pueda morirme en este instante sin una sonrisa en la boca por culpa del pensamiento de que la vida me la ha jugado. Lo único que ahora inunda mi cabeza es eso. Esa reflexión de bata que no abrocha por detrás, pañuelo que rodea la frente y mirada de Síndrome de Estocolmo. Nunca olvidaré esa mirada.

Y que echar de menos es el precio que pagamos por vivir momentos inolvidables. Esa es una de las mayores sandeces de la historia. Lo eterno puede que no exista en presencia, pero sí en esencia, y eso no se puede inmutar. Vivir un momento para siempre es imposible. Correrse durante veinte minutos seguidos es imposible. Pensar que algo que compartir dure para siempre es posible. Es como la jodida muralla china, se puede ver desde el espacio si haces el esfuerzo.

Pero a veces hay borrasca. Y las nubes blancas no te dejan ver el anhelo en letargo que cual hibernación volverá cuando pasé la tormenta. Y que abril es el mes más cruel no tiene discusión tras aquel maldito abril de 2014. Ese que te sumerge en la impotencia, y que por ahogarte en un mar de coños no haya posibilitado ahogarte en un mar de dulzura, inocencia, ternura, suavidad, esperanza amarilla de algo casi etéreo y perpetuamente estable en lo más alto.

Porque si no sabes en que creer no creas en nada. Aunque eso es imposible. Podrás dejar de creer en todo menos en una cosa, siempre habrá una cosa, y esa cosa será lo que más te importe, tenga la forma que tenga. Qué jodan a esos maricones que dicen que son capaces de morir por un ideal. Un ideal es esencia presa de lo corruptible. Yo sólo sería capaz de morir por una cosa, por una cosa que ya no tengo.

 

                   Abril, de todos los meses el más cruel,                  

engendra lilas de la tierra muerta,
mezcla memoria y deseo, mezcla
insensibles raíces con lluvias primaverales.
El invierno nos mantuvo abrigados, cubriendo
la tierra con olvidadiza nieve, nutriendo
escasa vida con tubérculos secos.