El Capitán salió del barco y los marineros se pusieron a echarlo de menos.

Salgo por fin del hospital. Lo mejor que me puede haber pasado en los últimos seis días ha sido eso. Cuando tragas más barro del que puedes digerir no te queda más remedio que dejar de comer durante un tiempo, asentar el estómago y masticar ese nudo que tanto daño te ha hecho. Caminar por un sitio tan triste como este me lleva a pensar el motivo por el que nunca había estado aquí. Pero no es un hospital cualquiera. Yo no estoy aquí porque quiero. Estoy aquí porque di por sentado muchas cosas, tantas que me aplastaron.

Y de todo esto malo no se puede sacar nada bueno. Ni por un segundo. Las lecciones se pueden aprender estudiando, y no suspendiendo. La culpa de cuando suspende un alumno aventajado es porque se ha dejado llevar y ha decidido no estudiar ni el día antes, pensando que con lo sabido y esas gotas de ingenio que de tantos embrollos le han sacado le bastará. Pero no es así. Es como beber con el estómago vacío. Al principio te sientes poderoso, después, vulnerable, y con el tiempo, un tonto.

En este sitio nada es ocre, todo es gris. Esa tonalidad es paradójica por su inexistencia, de ahí que pueda morirme en este instante sin una sonrisa en la boca por culpa del pensamiento de que la vida me la ha jugado. Lo único que ahora inunda mi cabeza es eso. Esa reflexión de bata que no abrocha por detrás, pañuelo que rodea la frente y mirada de Síndrome de Estocolmo. Nunca olvidaré esa mirada.

Y que echar de menos es el precio que pagamos por vivir momentos inolvidables. Esa es una de las mayores sandeces de la historia. Lo eterno puede que no exista en presencia, pero sí en esencia, y eso no se puede inmutar. Vivir un momento para siempre es imposible. Correrse durante veinte minutos seguidos es imposible. Pensar que algo que compartir dure para siempre es posible. Es como la jodida muralla china, se puede ver desde el espacio si haces el esfuerzo.

Pero a veces hay borrasca. Y las nubes blancas no te dejan ver el anhelo en letargo que cual hibernación volverá cuando pasé la tormenta. Y que abril es el mes más cruel no tiene discusión tras aquel maldito abril de 2014. Ese que te sumerge en la impotencia, y que por ahogarte en un mar de coños no haya posibilitado ahogarte en un mar de dulzura, inocencia, ternura, suavidad, esperanza amarilla de algo casi etéreo y perpetuamente estable en lo más alto.

Porque si no sabes en que creer no creas en nada. Aunque eso es imposible. Podrás dejar de creer en todo menos en una cosa, siempre habrá una cosa, y esa cosa será lo que más te importe, tenga la forma que tenga. Qué jodan a esos maricones que dicen que son capaces de morir por un ideal. Un ideal es esencia presa de lo corruptible. Yo sólo sería capaz de morir por una cosa, por una cosa que ya no tengo.

 

                   Abril, de todos los meses el más cruel,                  

engendra lilas de la tierra muerta,
mezcla memoria y deseo, mezcla
insensibles raíces con lluvias primaverales.
El invierno nos mantuvo abrigados, cubriendo
la tierra con olvidadiza nieve, nutriendo
escasa vida con tubérculos secos.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s