El mejor vino de Israel.

La tercera vez en dos días. Aún no echas de menos algo que estás viviendo, pero sabía que algún día miraría atrás y añoraría tiempos como esos. Me encontraba intentando hacer sonar bien una mandolina con un muelle y una nuez cuando me escribió el fantasma en vida de una Audrey Hepburn tintada de Eva Green con la inocencia todavía no explotada por Bertolucci. Dije no mil veces y sí tan sólo una, pero con eso bastó. Como si de la intro de una comedia de Woody Allen se tratase llegué a aquel acristalado lugar donde sonaba música Jazz a plena luz del día. Ella bailaba y los demás miraban. Hablamos de la cultura, de lo que nos la pone dura, del cine e hice como si supiera de teatro. Por una vez el aroma estaba en el banquillo y los ojos abusaban de la posesión de la belleza. Los cristalinos ojos de una pretensión de noche de verano que se había convertido en algo tan jodidamente efímero de una forma tan gradual que no me había dado ni cuenta.

Saber un poco de tés y de vanguardias postmodernistas te convierto en maricón para el pleno de la sociedad, pero en súper-clase para la clase de miradas que quieres congelar. Seguía siendo un martes cualquiera, el mejor día de todos, o al menos el menos malo, sobre todo cuando pese a que no te la esté chupando una londinense tienes los labios manchados de whisky de media tarde.

Y llega el mejor momento de todos, el de la anticipación. Así que te quedas a solas con tus pensamientos para quitarte cualquier sentimiento de culpa futuro y te montas en un coche a seguir mamando de la teta arrugada y humeante de la juventud y de la torsión que va terminando contigo poco a poco mientras esperas que todo vuelva a ser como antes.

Tu encanto te convierte en un bioterrorista y no tienes más remedio que clamar al cielo por esa injusticia, pero mientras todo sigue girando expulsas la mierda que te rodea dando vueltas muy rápido y convirtiendo la noche en un concurso de ver quien traga cerveza más rápido, y de una manera cada vez más perfeccionada sin que te toque la lengua y sin que logre ocasionarte una úlcera de estómago. Al final siempre gana el mismo. El que no escupe.

Y todo vuelve a empezar. Después de la euforia viene la depresión. Y después más depresión. Y no puedes evitar pensar que lo único que te sacará de esa espiral para que tu talento vuelva a fluir es estar ocho horas seguidas metidas en un tren con tu mejor colega mientras bebes jarabe para la tos, whisky del malo y fumas cosas de una pipa sucia repleta de ADN.

Pero hasta entonces, ¿Por qué no intentarlo una vez más? Donde hay un herida no puede haber otra, sólo se puede formar callo. Un callo tan deslizante como el teflón que te convierta en el animal social al que Platón un día colocó una mordaza en la boca y se lo folló por el culo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s