Deuteronomio 29:23

La historia empezó cuando le metí una hostia a un peruano que decía que Vargas Llosa era un buen escritor. Si hay algo que odie más que los nacionalismos sinsentido son los cretinos que adoran a cretinos que se empeñan en complicar algo que es complicado de por sí, cuando los mayores artistas lo que hacen es simplificar lo imposible, lo ininteligible. Así que mientras Saramago le chupa las pelotas en una pose poco decorosa al maricón de Neruda, al otro lado de la sala Henry Miller y Walt Whitman se lo están haciendo con dos danesas que se corren al escuchar una palabra de más de cuatro sílabas. Y su flujo es pura mantequilla, de esa mantequilla de la que salen las galletas más menos dulces jamás cocinadas.

A mí lo único que me obsesiona es la posibilidad de pensar en mi ex novia después de correrme, pero sólo pienso en Kevin Spacey, pero no en el Kevin Spacey de pétalos de rosa y sangre sobre mesa de Ikea, sino en el Kevin Spacey de monólogo en el friso de una ventana mientras bebe whisky, fuma tabaco y se fuma el poder, porque aquí el dinero nos la suda. Suena como soñar un sonido. ¿Que qué tal mi francés? Pues como mi hebreo, supongo. La fiesta acaba cuando Kafka le mete su polla en la boca de Nietzsche, porque éste para variar lleva una cojonuda y se ha dormido en el sofá de cuero, de ese cuero que se te pega si sudas y te sientas desnudo.

Y el cielo sigue sin explotar. Y menos mal, porque son jodidamente aburridos.

Es la mañana del octavo día desde el primer día en el que empecé a contar. Los marineros cada vez echan menos de menos al capitán y ya han recurrido a la homosexualidad, al onanismo si hablamos en metáfora paramental. Pero cuando un barco encalla sólo queda esperar a que una chica guapa venga a rescatarlo. El peligro está en la posibilidad en  que esa chica se caníbal, o peor aún, feminista.

De esto que piensas en aquello que Lord Henry Wotton le soltó a Dorian Gray y bueno, por qué banalizarlo pudiendo extraerlo:

No existe aquello llamado buena influencia, señor Gray. Todas las influencias son inmorales desde el punto de vista científico- ¿Por qué?- Preguntó Gray- Porque influenciar a una persona es darle nuestra propia alma. Esta no tendrá sus propios pensamientos, y se incendiará con sus propias pasiones. Sus virtudes no serán reales, sus pecados, si existen los pecados, serán prestados. Se convierte en el eco de la música de otro, el actor de una parte que no ha sido escrita para él. El objetivo de la vida es el desarrollo de su propio yo. Encontrar su naturaleza apropiada, es esto por lo que cada uno de nosotros estamos aquí. El mundo tiene miedo de sí mismo, se han olvidado de la mayor de todas las obligaciones, la propia. Claro que son caritativos, alimentan al hambriento, y visten a los mendigos. Pero su propio ser está famélico y desnudo. La valentía huyó de nuestra raza. Tal vez nunca la tuvimos. El terror a la sociedad, que es la base de la moral, el terror a Dios, que es el secreto de la religión, estas son las dos cosas que nos gobiernan. Y sin embargo… Sin embargo, creo que si un hombre viviera su vida completamente y hasta el límite, si le diera forma a cada sentimiento, expresión a cada pensamiento, realidad a cada sueño. El mundo alcanzaría un impulso tan fresco de alegría que olvidaríamos lo malo de la mediocridad, y regresaríamos a la época helénica ideal, a algo más dulce, más rico, que el ideal helénico. Pero hasta el hombre más valiente tiene miedo de sí mismo…Se ha dicho que los mayores acontecimientos del mundo suceden en nuestro cerebro. Es en el cerebro, y sólo en él, donde los grandes pecados del mundo suceden. Usted señor Gray, usted mismo, con su sonrosada juventud y blanca adolescencia, ha tenido pasiones que le asustaron, pensamientos que le llenaron de terror, sueños estando despierto y dormido cuyos recuerdos podrían manchar sus mejillas de vergüenza.

Siempre tardas un rato en asimilar lo lustroso y maravilloso que es esto. Después de esta brillante mierda a Gray le dio por follarse a todo lo que se movía con mucho cuero y mucho sexo oral. Creo. Luego pasó de moda como pasó de moda la metadona y desde entonces vive en un cajero de La Caixa, pero siempre con una sonrisa en su cara, una melena bien cuidada y un moreno que más que moreno es arte moderno.

Ahora imagino que soy una libélula. Y que estoy en ese barco sin capitán que más que barco ahora es circo. Un enano se echa leche materna sobre su resbaladiza cabeza. El león sólo abre la boca para hacer gárgaras con impaciencia y nebulosa. Pero esto evoluciona más rápido que una civilización alrededor de un diente. Hace falta pasar una noche entera en ese barco para darte cuenta que puedes ser perfectamente feliz pese a la falta de un símbolo al que adorar e idealizar. A veces se te pasa por la cabeza en qué barra libre estará tu capitán o quién se estará corriendo ahora en su pelo, pero después se te pasa. Hoy vino a jugar impulsado por las corrientes marinas un superviviente que no recordaba el tiempo que estaba perdido. Me dijo que su especialidad era la de hacerse el muerto. Esa, y la arqueología sonora. No tengo ni puta idea lo que me quiso decir con eso. Pero bueno, ahora aquí no manda nadie, así que le partimos una botella en la cabeza y nos follamos su mente. O sea, se la metimos por la oreja. Uno a uno. Ordenados por tamaño de mayor a menor, eso sí, piano piano, para que fuera a menos, que no somos tan malas personas. Y, todavía sin saber que es un cuaderno de bitácora, aquí acaba su primer día de redacción.

Mi piel es sensible, pero más sensible es la conexión que mantiene este sodomita ancla.

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Ser feliz es un deporte de pillos

Aquel sitio era un nicho tan filosófico como zafia era su apariencia en un principio. Al llegar a aquel término siempre veías lo mismo: un pequeño camino, una fuente en el centro a través de la cual giraban todos los elementos que la rodeaban, y unos cuantos bancos donde reposaban las mentes más repudiadas de la capital más pequeña del país más occidental de Europa. Todo se mezclaba en algo más de cien metros cuadrados y seis veces cada hora se producía una aurora boreal de humo y desesperación. Pero la desesperación, al contrario que el apego por ese lugar, iba desapareciendo paulatinamente a lo largo de los minutos que estabas en ese tan extraño pero a la vez familiar espacio. Si eras capaz de aceptar la brillante premisa que se te proponía dejas de creer en el cielo por el hecho de que estás viviendo en él.

Allí todo el mundo fuma, y cuanto más y más rápido mejor. El café es un lujo que puede explotar dentro de ti, y caminar descalzo es la mayor atracción de la feria. Puede que todo sea pura nostalgia. Creo que por eso fumaban, porque les evocaba a un pasado, uno muy lejano. Fumar es como chupar los pezones de tu madre, sólo que en vez de tragar líquido fabricado en el interior de tu creadora tragas humo con amoníaco. Lo único que te mata es la vida, y en ese lugar todos estamos muertos.

El magnetismo que desprenden los elementos te hace sentirte más cerca que nunca de la naturaleza. La fuente que todos cuidan como si fuera el hijo descarriado de la familia que llegamos a formar es signo de ensimismación y cotidianidad, como aquel que ve todos los días a dos dinosaurios boxear. Su agua es más densa que el mercurio, y su fondo parece que nunca termina aunque veas el punto exacto donde lo hace. El ritual es tan sencillo como raro. Llegas, te asomas, tocas el agua, rozas verdades existenciales con las yemas de tus dedos hasta que descubres el sentido de la vida, retiras alguna apresurada hoja de un cada vez más cercano otoño y vuelves a tu butaca a seguir palpando cáncer en barra. Así, más de dos veces cada hora. Eso debía ser algo parecido al catolicismo, adorar algo que no entiendes por encima de todas las cosas y querer morirte para poder formar parte de ese polvo que se acumula en los rincones recipientes del dulce néctar.

Pero como si fuera una película de Jarmusch, lo mejor de aquel sitio eran sus personajes. Cíclicos, pero sospechosos. El primero que descubrí fue aquel niño de unos doce años que siempre iba con una gorra plana y daba vueltas alrededor de la fuente montado en una bicicleta sin frenos. Sólo paraba a descansar para fumar hierba con su madre. Su madre vigilaba a su hijo pequeño mientras éste se ocupaba de mutilar palomas con una pelota de fútbol imitando al ídolo local. Eran los más normales del lugar por el hecho de que gritaban todo lo que veían. Después estaba el personaje estrella, un anciano sin nada que perder y que nunca tenía prisa. Su endeble apariencia compensaba con el respeto que irradiaba. Su ya débil melena blanca, sus flácidas pieles y su rostro de controlar todo lo que estaba pasando en cada momento contrastaban con su fascinación por aquel denso líquido elemento y su limpieza, aunque no la necesitase. El hombre gordo que no paraba de fumar desde las nueve de la mañana, el tipo negro que hablaba con todo el mundo o la pareja de ancianos que se sentaba durante horas en el mismo lugar a ver pasar el tiempo eran los protagonistas de la mayor obra de teatro involuntaria jamás creada.

Lo itinerante y artistas invitados eran las especias de aquel gran plato. La joven y atractiva chica sin sujetador que leía poesía, el tipo de gafas redondas, barba y treinta y tantos que sólo iba a hablar con teléfono, los italianos que sólo iban a beber Super Bock caliente, o aquellas dos holandesas, una con el rostro más angelical jamás cincelado y otra con el tren inferior más potente nunca antes esculpido, daban continuación a la escena que nunca se detenía. Donde siempre pasaba algo. Donde siempre quieres estar aunque no sepas nunca por qué.

Dicen que morir es como un viaje, un gran viaje que puedes controlar. Como cuando domesticas el LSD y eliges donde ir. Morir en ataraxia es como follar con una erección perpetua. Yo no sé dónde quiero vivir, pero ya he decidido donde quiero morir.

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