El piano, el armario y el número 27

Es una chica que llora. Que llora incluso cuando no está sola. Es tan preciosa que no es capaz de apreciar lo que tiene dentro de ella. Era un día. Supongo que como cualquier otro. Como cualquier otro después del once de septiembre. Ella acude a casa de un desconocido. Ese desconocido tiene un Prius. No contamina. La tiene pequeña por ley transitiva. La buena noticia es que no está sola. En esa casa hay otros tipos de su edad que aún piensan que la felicidad está en el fondo de un preservativo usado. Como si existiera otra clase de felicidad. Eso es lo que le sobra a ella. Clase. Están jugando a un juego muy estúpido. De esos que juegas quemándote, así que lo puedes cantar dentro de un ascensor sin miedo a que tu inglés suene mal. Dentro de esa no tan futurista botella se encuentra una prueba que más que prueba es un probador. El amarillo hace tiempo que dejó de ser metafórico para pasar a ser parte de un pasado que ya recuerdas con más ternura que estúpida y dolorosa nostalgia. El resultado, para darle más picante a una de por sí sobreaderezada sustancia, es el de tener que hacer una mamada a un tío de gorra plana, aspiraciones limitadas por una mesa cristalina que dejó hace tiempo de ser transparente y pelo de potencial blanco o desértico. Pero no una mamada cualquiera. Esas las pueden hacer cualquiera. Incluso aquellas que usan dientes en playa y que lo hacen adrede para que no tengas más remedio que no idealizar una sustancia, porque Platón fue a por un palo y esta vez no trajo idea, trajo ADN. Se encierran una habitación por compromiso social, presión, de esa clase de presión de interior de submarino, y empiezan a ponerse al día de lo cotidiano, porque lo otro está tan usado y manido que le ha salido callo de algodón. En el momento de ponerse a causar fricción, velocidad y constancia un sentimiento de pesadumbre invade su inexistente alma. Ella es como algo recalentado que sigue teniendo buen sabor. Da igual la de veces que sea apreciado, porque seguirá siendo una jodida obra de arte. El desmitifica obras de artes se prepara. Ella no tiene otra cosa que no sean ganas de salir de ahí, pero lejos del Mar Cantábrico lo único que queda es dar algo de que hablar. La gorra del fracasado absorbe almas se pone a un lado. La cama no chirría. Se baja sus pantalones dados de sí mientras, ella, empieza a hacerle una paja con un tacto digno de restaurador de Gisbert. La fiesta podría parar cuando ella quisiera, el problema es que no sabe parar. Ese es su único y maravilloso defecto. Cuando empieza a realizar ese repetitivo movimiento vertical en pose apaisada imagina cómo podía haber sido todo. Que podía haber sido de otra manera. Pero es tarde, y ya da igual. La inexistente magia se la ha llevado la tipa que se la está chupando a dos desconocidos en un alicatado lavabo. En el fondo sabía que eso iba a ser así, pero nunca fue lo suficientemente valiente para admitírselo a sí misma. La escena, una chica con ganas de destruir el mundo dando placer a un tipo que no se lo merece. Una lágrima recorre su rostro. Había acabado. Todo había acabado. Por fin había tocado fondo. Y desde ese día nada volvería a ser igual. Desde ese día la ceniza dejó de tocar suelo para tocar diamante.

 

 

 

 

La pared es puro terciopelo que aunque no sea azul sintetiza lo necesario

Hubo un día en el que dejé de ser pequeño. Pequeño como concepto entendido por la mayoría de la población. No digo perder inocencia porque creo que nunca la tuve, siempre he sentido un pálpito puramente latente dentro de mí que me hacía querer follarme a mi profesora de música de primaria cuando no tenía ni seis años. Fue a la orilla de un río, no recuerdo cuál, aunque sí recuerdo su vertiente. Yo tendría unos siete años. Seguía sin ser zurdo, sin creer en los husos horarios y pensando que las linternas sólo servían para dar luz. Yo estaba en un día atípicamente familiar, o típicamente familiar para mí, con mi padre y algunos de sus amigos. Un amigo de mi padre me dijo que no quería agua, después de que yo se la ofreciese, que lo que quería era agua de fuego. Todos se rieron. Yo no entendí nada. Puede que estuviera fuera de aquel lugar. Pero lo que realmente creo es que una placenta acababa de ser tragada en alguna parte del mundo mientras yo me miraba los pies a la vez que de reojo observaba mi futura suntuosa polla.

La inflexión ha vuelto a invadir la recortada línea vital que lleva un cauce que terminara por desbordar antes de desembocar ese algo que puedes llamar vida. Hoy lo he superado. Un día de septiembre, sin más. Pasó un día de abril. No había otro mes, pero me jodió La Tierra Baldía y ahora me toca vivir con ello para siempre. Pero pasó en primavera y terminó casi en otoño. Lo llaman verano porque palangana de lágrimas y lefa auto-extraída no entraba en los rótulos de las noticias. La epifanía se resume a algo tan simple y liviano que no atravesará la membrana meninjal ni se deslizará a través de mis dedos. Un simple estoy curado, lo estoy haciendo y no tengo ganas de clavarme una daga untada de mierda en el pecho. Estoy curado. Pasó en septiembre. Y lo mejor de todo es que no te echaré de menos ni en septiembre.

Lo mejor de todo no es el hecho de que la cicatriz haya dejado de rezumar pus, linfa y abstracción compasiva y justifica ansiedades, lo mejor de todo es que el camino que está por delante es tan jodidamente infinito que no se ve el final. Y esa es la mejor sensación que he sentido en los últimos trescientos días con sus trescientos años. La sensación de inmortalidad con red por fin ha prevalecido sobre la sensación de sensible mortalidad con jaula. El momento no se va a aprovechar de mí porque para eso tengo que quitarle la saliva de la pega.

J.D Salinger, volvemos al campo.

J.D. Salinger