Gone Girl

Hablar cuando no tienes boca es complicado. Pensar sin cerebro, sentir sin cerebro, amar sin cerebro o disfrutar de una muselina de langosta sin cerebro es complicado cuando no tienes cerebro. Todo es difícil de hacer cuando no eres más que un órgano, tal vez ni eso, un apéndice dentro de una parte del cuerpo que no es de las más agradecidas del ser humano pese a ser una de las más útiles. Por donde se desliza el whisky, el humo, el humus o las palabras que hieren más que Gaddafi un domingo por la tarde. Todo el mundo me llama de una manera por mi forma cuando mi forma no es esa. No soy una cuerda, soy un pliegue. Soy la palabra favorita de Henry Miller. Soy donde metía la lengua aquella monja en la página treinta y tres de Trópico de Cáncer sin llegar a serlo. Soy un pliegue y no soy una cuerda, pero sé hacer que el silencio deje de existir. Soy el que hace que Johnny sea capaz de decir hurt sin llegar a decirlo ni una sola vez.

La vida de un pliegue vocal que no tiene más función que la de producir sonido oscila entre lo verdadero y lo falso. Entre lo tiroaritenoideo superior y lo tiroaritenoideo inferior. Lo divertido de este trabajo son dos cosas: la primera es que si me hacen una foto desde arriba parezco una vagina. La segunda es que no es lo mismo ser las cuerdas vocales de Johnny Cash que las de Haruki Murakami. Mi trabajo es mucho más duro, pero también mucho más reconocido. Yo le hago hablar por la voz, las otras le hacen hablar por los dedos. Cuando eres el pliegue vocal inferior izquierdo de una estrella del country te replanteas tu estilo de vida. La empatía se convierte en un cuento chino para un niño japonés y en lo único que piensas es en que el tabaco hace cosquillas pero que tiene un doble filo, como hacer cosquillas a un trisómico. Tiene el inconveniente de que cuando llegas a trabajar y tu secretaria se lo ha montado sobre tu escritorio con el pliegue vocal derecho y han dejado tirado todo por el suelo te enfadas, irritas, explotas, -no del todo-, y te vuelves a enfadar con los inútiles pliegues superiores por no parar de tocarse la cuerda, en un acto de masturbación plenamente corpóreo, pero en el que por mucha fricción, velocidad y constancia que se apliquen nunca llega a salir ni una sola gota de lefa vocal, bucal, vibratoria o política.

¿Qué cuantas veces he dicho a lo largo de mi ya inexistente existencia eso de Hello, I’m Johnny Cash? No lo sé. Tal vez un millón. Tal vez dos. O tal vez sólo lo dije una y los cutres de postproducción de sonido vital lo repitieron en las mezclas. El caso no es ese. El caso es que un 26 de febrero de 1932 comencé con un chorro de voz que paralizó a todo aquel jodido hospital de Arkansas. Llovía. Llovía como el último día que solté eso de ring of fire, pero os aseguró que fue una estancia terrenal inolvidable. Una estancia que os voy a contar.

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La cafetera oxidada de los lunes al sol

El clásico tipo que se te acerca con su carnet de identidad lleno de cocaína y te dice que la música funky es lo mejor que ha existido nunca, mientras prácticamente te arranca de la boca tu canuto relleno de hierba comprada a un gitano de trece años que tiene la obsesión de que la policía le persigue, y de una calada lo deja medio vacío. Mientras su reloj biológico deja de estar medio lleno. La fugacidad del momento y el factor sorpresa de lo casual te impide valorar que tienes ante ti uno de los tíos con más gracia que jamás conocerás. Que no gracioso. Y después siguen tocando. Le plagian el nombre a uno de los Beatles, dicen que la lluvia sigue cayendo de arriba hacia abajo y que tu peonza no gira porque la Tierra está girando más rápido.

Y no es que “casi” se diga Murakami en japonés, pero el verbo sin conjugar siempre será más verbo. Kafkianamente tuyo me sentía después de despertarme en aquel ascensor sin botones. De esos que van tan despacio que no sabes si estás subiendo o estás bajando. Fantaseaba con la dulce pretensión de desagarrar vaginalmente a mi recién adquirido capricho católico cuando pensé que el número cuatro en Japón da tan mala suerte como cruzar una autopista sin mirar. Las aspiraciones sólo van de fuera a dentro, porque cuando van de dentro a fuera dejan de llamarse aspiraciones para llamarse volatilidad. Algo que nunca llega a pasar. Y si lo que no ha pasado ya no tiene por qué pasar. Ahora las tardes de lunes son una mezcla entre hombre listo con peluca y canción de Iván Ferreiro, todo ello con un fondo morado.

Se tiende a prejuzgar, y a decir que una caja metálica que se desplaza verticalmente es un ascensor, al igual que se prejuzga a un tipo que se masturba en público como un exhibicionista, pero a veces la verdad está tan cerca de ti que tienes la sensación de que te está mirando. Y no enunciarla sería como no devolverte una sonrisa. La fea sonrisa de Bob Dylan que un día le sirvió para salir en un anuncio después de muerto. Pero en sitios como en esa clase de cubículos es donde descubres tu lado más crudo, equiparable a una auto-sinceridad de estado de vigilia, y te cuentas a ti mismo que nadie llamó nunca a las puertas del cielo porque el que lo decía estaba muy ocupado buscando a un grupo de ancianos israelíes para pedirles prestada su máquina de eutanasia y morir. No sin antes dejar grabado un testamento en formato .avi. Grabando por el perfil bueno.

Un minuto de anestesia. Dos de inyección. Y no te das cuenta de que te has muerto. El momento más único de tu vida y tú lo pasas soñando con que una chica a la que nunca dejaste te deja.

Así que mientras estés dentro de ese prisma no gaseoso aprovéchalo, puesto que cuando salgas el ántrax de insulso optimismo va a seguir flotando por ahí, y renunciar a la oportunidad de dejar de mentirse un rato en mentirolandia es como rechazar una mamada de los labios más suaves y carnosos de la Alemania protestante. Porque Praga nos queda demasiado lejos.