Las manos frías, una canción de los Beatles que nadie conoce y un gato llamado Gaviota

<<Sin duda, abril es el peor mes para estar solo. En abril, a mi alrededor todo el mundo parecía feliz. La gente se quitaba los abrigos y charlaba en los rincones soleados, jugaban con la pelota, se enamoraban. Yo estaba completamente solo. Naoko, Midori, Nagasawa: todos se habían alejado de mí.>> Este fragmento odia-meses-de-abril al más puro estilo T.S Elliot es parte del penúltimo episodio de Tokio Blues (Norwegian Wood), novela de Haruki Murakami. Una excelente obra realista japonesa que cuenta el primer año de universidad de Watanabe, un estudiante algo perdido y caótico de la Universidad de Tokio. Tokio Blues no es una novela de amor, aunque el protagonista tiene que decidir al final del libro si escoger a Naoko o a Midori, es una nostálgica redacción repleta de referencias literarias que enamoran y una historia de esas que te hacen recordar, y si te pones a recordar siempre pasa lo mismo, que te pones a echar de menos.

Naoko o Midori. A grandes rasgos, es a lo que se reduce todo después de casi cuatrocientas páginas y once episodios. A partir de aquí, motivos por los que escogería siempre a Midori y nunca a Naoko. Obviamente esto estriba más allá de lo meramente literario, y es una proyección vitalista que se extiende a modo de identificación social y sobre todo afectiva. La analogía indirecta hecha test psiquiátrico. Naoko es esa chica que siempre te gustó en el instituto pero, por lo que fuera, nunca llegaste a besar. Midori es ese huracán que representa todo lo contrario al equilibrio como lo entiende la gente que se dice así misma que es normal, esa chica que trastoca tus planes el primer año de universidad y que es capaz de cambiar tu pretensión de estilo de vida con tan sólo una sonrisa.  Naoko es la chica que te da señales equívocas de sus sentimientos mientras besa con las manos a tu mejor amigo. Midori es la chica que va de cara, la que representa el lívido y una clase impúdica de chica libertina de colegio católico que te la pone dura con tan sólo decir tu nombre. Naoko está tarada porque tiene taras. Naoko no te deja vivir porque tienes que estar más pendiente de que no se autodestruya, con el consiguiente paliativo personal que supondría para ti, que de pensar en el día siguiente. Midori vería una película porno contigo y después imitaría las posturas que viera en ella. Midori bebería zumo de naranja desnuda sentada en la cocina después de echarte un polvo mientras observa, despeinada, sus mensajes en el teléfono móvil sin miedo a que tú los puedas ver.

Se podría decir que el mundo se divide en dos grupos de personas: los que escogerían ser o querer a Naoko, y los que escogerían ser o querer a Midori. Ser un Naoko te daría atención de los demás, preocupación constante, muchos qué tal va eso y algún que otro cumplido a tu cuerpo de chica X adolescente vitalicio. Ser un Midori te daría mucho más autoestima, levantaría muchos qué dirán y tendrías muchas más grandes historias para contar. El principal motivo por el que escogería a Midori antes que a Naoko es el equilibrio, o mejor dicho, la ausencia del mismo. No hay nada que esté más subestimado que mantener el equilibrio, ya sea con esa pseudo-sensación llamada karma o con el hecho de que te tienes que portar bien y no follarte el código penal por todos sus orificios si quieres ser alguien respetable.

Pero quién quiere ser respetable en 2015.

Midori es imprevisibilidad. Es la ola mediana que llega después de la ola grande. La arena que te queda en la palma de la mano después de apretar el puño o las galletas que aún están en la caja cuando has empezado por comerte las que menos te gustaban. El auténtico equilibrio está en la incertidumbre, porque eso espoleará tu pensamiento divergente y creatividad, creando un nuevo tú cada día. El aburrimiento sólo sería una aburrida palabra de doce letras, y la tensión sometida al encanto una constante que ni siquiera haría falta despejar, porque valdría lo que tú mismo quisieras en cada ocasión.

Naoko te haría una paja en mitad del campo y después te contaría todos los problemas que tiene con su novio y sus compañeras de piso. Midori te follaría detrás de una cortina, se lo tragaría y después, con el sabor de tu ADN aún en las anginas, te pediría fuego para encenderse un cigarrillo. Naoko o Midori. El pragmatismo o el mirar a los ojos hasta que duela.

Haruki, eres un genio.

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