Vaho peludo

Acababa de llegar de viaje, y bueno, supongo que había sido como todos los viajes. Lo bueno de los viajes de ida es que ves la vuelta tan sustancialmente lejos que tienes un estado de euforia mezclado con zumo de naranja barato que justificas el todo vale. El viaje en avión duró una hora. En ese trayecto me dio tiempo a fantasear con la chica que tenía dos asientos a mi izquierda y que era una dulce promesa pelirroja de labios altamente besables. Barcelona es húmeda, calurosa y está llena de gente. Es fantástico. El hotel era tan diáfano que podía haber sido un estudio de cine de sobremesa. Eso sí, ni rastro de esos jodidos caramelos de bienvenida, aquí se lo montaban a lo burbujeante y te recibían con una copa de capa. Amargo, caliente y con mucho gas. Y que raspe. Como a mí me gusta. Pero yo no estaba allí por el alcohol o por empezar a quemar cosas flamables, estaba ahí por lo que he estado siempre.

Cuando te cobran 6,50 por una cerveza de mierda en un tugurio oscuro e ilusoriamente limpio cualquier cosa que baje de ese precio y venga en mayor cantidad es pura estructura, forma e intención. Caminaba por esa gran avenida donde no hay más que ruido, una más, y donde se encontraba mi hotel hasta toparme con una tienda regentada por un paquistaní exiliado. Como eran más de las once de la noche tuve que sobornarle con verborrea y un bote de gomina para que me vendiera algún que otro litro de cerveza, pero terminó accediendo. De todos modos, su puta tarjeta verde de residencia dependía de tener contentos a tipos con mucho tiempo que perder. Tipos como yo.

El erotismo invadió mis cavidades cavernosas cuando después de animar el cotarro vesicular que me protege pisé un charco a la puerta de un bar que tenía un nombre formado por la palabra oso en inglés y un número primo después. Mis pies estaban más mojados que las bragas de la hermana de Robert Pattinson y mis ideas desbordaban como desborda un dispensador de caramelos Pez cuando no entra ni uno más. El lado bueno de estar empapado de tobillo para abajo es que tienes que hacer que todo vaya más rápido, y además con una frescura y aroma de desprecio hacia todo lo que digas y hagas. El tiempo es oro y los patógenos desarrollistas tus mejores y a la vez peores aliados.

La cerveza más cara que tenga.

Ese bar estaba más vacío que una clínica de aborto en Utah y mi cabreo sólo quería algo por lo que no sentirme estafado a corto plazo. Así que cerré los ojos y pensé en cosas ácidas y rugosas.