Wáter

Ella es una mujer madura, ama de casa, que se pasa el día en su hogar cuidando de sus dos niños. Los lleva al colegio, les prepara la comida y les acuesta temprano para no tener que pensar. Sus mejores tiempos pasaron, pero sigue siendo una dulce y sutil promesa de futuro para alguien que esté dispuesto a apreciar su suave aroma. Tiene la piel suave y muy clara. Sus cabellos rubios ya empiezan a emblanquecerse, y esos labios que un día hicieron pelearse a aquellos dos chavales de instituto hoy sólo están ahí para agrietarse por el frío. Él es su marido. El típico pater familias que sólo ve a su esposa a primera hora de la mañana y a la hora de cenar, cuando deja por un rato su aburrido empleo en la fábrica de cajas. Es un tipo rechoncho, sin aspiraciones y que, sin darse cuenta, se ha marchitado y ha hecho marchitar a lo mejor que le ha pasado nunca. Es aburrido y lineal. No tiene muchos amigos y su única pretensión es que la cerveza no adquiera el sabor del aluminio de la lata.
Durante el último mes ha observado que ella se comporta de una manera diferente. Cada día, después de cenar, ella se encierra en el baño y no sale hasta pasada una hora. Ella simplemente entra al baño, abre el grifo del lavabo dejando el agua correr y se sienta en el retrete a leer. ¿Pero qué lee? Leer en el baño es algo casi tan antiguo como el día en el que se pensó que separar las letrinas de la casa y hacerlo en un agujero en el suelo no era del todo digno, sino una pesadez con su camino de la vergüenza yuxtapuesto.

– Querida, ¿qué haces ahí dentro?
– Leer.

Buena pregunta. Y filosófica reflexión la que emanara a raíz de su contestación. ¿Qué podría estar leyendo una mujer en edad madura sentada en su retrete mientras escucha el agua correr y deslizarse por su lavabo? A partir de aquí todo es conjetural. Él ni siquiera se cree que esté leyendo. Él piensa que se pueda estar lavando, llorando, masturbando o simplemente pensando en una original manera de destruir todo partiendo de un chorro de agua que desvía su trayectoria cuando pone su dedo justo debajo del grifo. Él nunca ha sido un tipo elocuente. De hecho no recuerda cómo pudo ligarse a una chica así cuando no era más que una joven figura de lo que es ahora.

– ¿Leer? ¿Y puedo saber que estás leyendo?
– Algo sobre la batalla de Trafalgar.
– Eh… ¿es interesante?
– ¿Cómo dices, cariño?
– Que si es interesante.
– Bueno, no es aburrido.

¿Y por qué ella iba a leer una cosa así? Podría estar fantaseando con un ballenero o incluso el viejo de El Viejo y el Mar. La vida sexual de ella es inexistente desde hace años, y nunca llegó a ser satisfactoria, pero no por eso se va a poner a leer novelitas de tíos ricos y guapos a los que les pone el sado. Es una precuela de una precuela. Se podría decir que es una proto-precuela que nunca llegará a ningún sitio.

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