This is from my hand

La habitación tiene forma prismática. Es más grande de lo que parece y las paredes están pintadas de un color morado intenso. Las cortinas no pegan nada ni con la sensación cromática ni con la realidad de la misma. En ella me encuentro a Lena Dunham con el culo en pompa escribiendo un nuevo episodio para su ególatra serie mientras lubrica con la misma pomposidad que el delta del río más caudaloso. Al final de la habitación se encuentra la Jessica Lange de 1991 sentada en una butaca orejera meneando su copa de champán barato con la mano izquierda, mientras con la derecha sujeta un cigarrillo con la ceniza a punto de caer. Todos estamos más desnudos que vestidos, y mientras me empiezo a follar con fuerza y odio a la chica Dunham, como si quisiera partir algo inquebrantable, me pregunto en qué lugar del mundo estará Keira Knightley paseando su sonrisa galáctica. Todo eso no lo hacía por ocio, ni por puro deporte, lo hacía por esa necesidad que te crea algo que sabes que sólo te traerá disgustos si lo haces mal y normalidad si lo haces bien. Hace tiempo que la normalidad dejo de ser una tónica en todo aquello. Las burbujas se evaporaron y había olvidado lo que era desaprovechar una erección sin llegar a volcánico término. Pero era un problema, ni siquiera un problema reconocido, era una de esas contrariedades que te hacen enfurecer si alguien las saca a la luz. Mi incapacidad de disfrutar del presente por lo aturullado del pasado se había vuelto algo cotidiano, y no podía concentrarme en nada más que después no pudiera contar.

Me pasó lo mismo aquella vez que me lo monté con Bryce Dallas Howard y Tilda Swinton a la vez. Pero eso fue distinto. Sólo apreciaba lo que veía desde una perspectiva sosa y objetiva, como cuando sabes que estás viendo algo maravilloso pero que no te entretiene lo más mínimo. Es una desazón sólo comparable a una hipotética película dirigida a partes iguales por Shyamalan, Gaspar Noé o el maricón de Haneke. El trío Dallas Howard-Swinton fue tan poético que no logré conectar a ningún nivel más allá del puro intercambio de salados fluidos corporales. Lo cual no deja de estar mal después de un largo día leyendo cosas que te secan los ojos y te aplanan sentimientos.

Lo peor de todo es que nunca nada será comprable a la sensación que te causa la primera vez que descubres algo que sabes que te cambiará la vida. Robin Wright me lo dijo una vez en una conversación postcoital mientras se retiraba del pelo algo blanco y espeso que había salido del fondo de mis cavidades cavernosas. No fue fácil asumir que Emma Stone era inorgásmica, o que Naomi Watts cocina mejor que masturba. Pero todo llega. La vida de la gente es aburrida, solías decir. La mía más. La tuya más. Pero el estado ataráxico en plano visual y sexual que alcanzas cuando crees que te has bañado en todas las aguas del mundo no es más que una muesca más en tu revolver invisible con el que disparas olas de encanto que se pierden en la inmensidad de una madrugada sin luna llena. Un trozo de tierra se desprendió del mundo una noche de abril y, de repente, lo empezamos a llamar Luna. Un coche bomba estalla en Moscú, un gordo mete mano a su prima en New Jersey y Jessica Chanstain sigue sin ser capaz de auto-estimularse si un perro de menos de cuarenta centímetros de largo no le está lamiendo la parte de atrás de las rodillas. Es todo tan brillantemente absurdo que lo surrealista se vuelve hiperrealista, y lo que un día fue blanco empieza a volverse negro, negro como el futuro de todo aquel que no disfruta de hasta el último centímetro de su anquilosada piel.

La breve narcosis sufrida en momentos como el de ahora, que te hace entremezclar la sacudida de la fugacidad de la vida con el dolor, deja en la telilla de lo intranscendental la miscelánea causada por la memoria y el deseo en el segundo mes de primavera de la segunda primavera postmortem. Lo dulce engancha y enmorfina, pero ya todo da igual. Mis pelotas están vacías y ni a Felicity Jones ni a Jennifer Lawrence les importa.

Jessica, no deberías sentarte en ese sofá. No si no quieres sentirte impregnada de ADN de un tipo que no tiene nada que perder en los años impares.

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