No esperes nada bueno de un sobrevalorado número impar

Para variar, no llego en el momento adecuado, llego ligeramente temprano, pero si doy a parar con el lugar exacto. Cuando llegas cinco minutos antes de que la cristalera se ponga a girar despiertas una mezcla de emoción y desidia. Aunque siempre es mejor aterrizar antes de tiempo que auto-explosionar en el aire. El lugar es pequeño e intensamente acogedor. Como si se empeñara en ser el local con más ganas de intimar contigo libra por libra de todo el continente.

El hombre que está detrás de lo que hace de barra pero que no es más que un trozo de mimbre con migas de galletas libres de carbohidratos es bajito, sin un sólo pelo en todo lo que se ve de su cuerpo, y lleva una camisa blanca en la que porta su empuje y anhelos. Dice que se llama Mica, aunque no sé si es Mica como el cantante de pop gay de dos metros de altura, o como Micah, el cantante de Memphis que toca folk y mata fascistas con su guitarra y lívidos con sus orejas. Me sirve un café con la leche dibujando algún tipo de hoja perenne y lo adorna con una especie de mueca con acento del noreste. El café sabe a fluido de posmodernista y mis únicas vistas son mi propio reflejo en un cuadro en el que hay fotografiada una pieza de electrónica con tal perspectiva que hace parecer que estás viendo un edificio falsamente realizable.

Mientras leo algunas de las cartas que le escribía Henry Miller a un tipo francés llamado Joey donde le explicaba que el surréalisme no es más que mear en la cerveza de un colega y que éste la beba por error, me pregunto si la repentina fugacidad del tiempo está ligada a lo cíclicamente repetido que se hace todo cuando tus aspiraciones se reducen a oler algo que huela bien, a no tener sueño después de las 23:59, o a no marearte por fumar demasiado rápido. Podría ser peor.

Podría ser peor. Ese café podría haber estado frío, la ciudad en la que estaba podía haber sido incluso peor o podría seguir queriendo autodestruirme buscando lugares semejantes a aquel sitio. Podría ser peor. Podríamos estar conduciendo por Egypto en 1934, o aparcados en Moscú cuando estalló el coche bomba que lo cambió todo. Al menos el gato sigue dentro de la caja.

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