Introducción a Moscas en Miel y Armas de Destrucción Masiva

El suelo sobre el que estaba apoyado era tan punzante como lo habían sido los últimos diez meses. Ese césped estaba fresco, pero aún conservaba el calor de la luz del sol que había golpeado con sus rayos su corteza, haciéndolo magma por momentos. Una historia de Lovecraft en una mano y una escucha de una cantautora con anorexia en la otra. Era el verano de 2015 y dicen que todo había pasado, cuando en realidad no había pasado nada. No había hecho nada más que empezar. Aunque no sabía el qué. Nadie lo sabía. Yo me dedicaba a dejarme llevar por una corriente de insufribles acontecimientos maridados con un poco de desidia y un mal perder. Tumbarte en la hierba a sentir como sus picos se clavan en tu espalda mientras notas que con dos simples cervezas tu cabeza empieza a dar vueltas era el mejor entretenimiento de aquel tiempo. Pero podría haber sido peor. El cielo se desenladrillaba mientras yo, con un gorro de color blanco que un bonito suspiro me regaló un día, me comía la cabeza pensando la diferencia entre el atardecer y el anochecer. Con lo fácil que es decir que está oscureciendo. Tal vez esa era la mejor analogía a lo cíclico que estaba viviendo. Me sentía un Kevin Spacey en American Beauty, cuando yo siempre había querido ser un Kevin Spacey en Sospechosos Habituales, pero sin la cojera. De vez en cuando salpicaba esa proto-crisis de los cuarenta con veintipocos oliendo pétalos de rosas de plástico y desnudando mentalmente a la primera chica rubia y enjuta con la que me cruzara.

Pero no siempre había sido así.

Las promesas a una generación son una pretensión que no deberíamos creer nunca. Igualdad de oportunidades, vivir mejor que tus padres o trabajar menos para ganar más formaron parte del mayor engaño perpetrado por la historia nacional desde la aparición de unas humedades  en una casa jienense. Pero con mucho menos humor y más regocijo. El mayor problema de una mentira no es el mentiroso, sino el crédulo. El que no distingue entre lo que quiere oír y lo que necesita oír, aunque duela.

Talento seguía siendo el bajista infravalorado de la banda vital, y la guitarra seguía siendo la colocación y el oportunismo de haber nacido sabiendo música y entrado a la adolescencia a principios de los 90 al sur de Inglaterra.

Era junio de 2015. Estaba viendo el cielo en paralelo y mis preocupaciones no iban más allá de saber cómo se escribía Asimov sin mirar y de si la siguiente canción que iba a sonar era más rápida que una mentira, o más lenta que un aforismo posmodernista colgado en una red social. Pero no siempre había sido así. Hubo un tiempo en que la miel atraía a las moscas y éstas disfrutaban quedándose atrapadas en ella. Eran tiempos de inconsciente felicidad.

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