La definición de ausencia con la decadencia de la presencia

Solía preguntar a la gente si creía en Dios. O en dios. Solía decir una cosa totalmente distinta si a la primera no le habían escuchado, anulando toda trayectoria de mensaje anterior. En realidad podía ser bastante divertido, bastante auténtico. Pero también podía ser malvado, retorcido, egoísta, para nada servil. También podía eliminar los pronombres y pensar que estaba reinventando la literatura. Había pronunciado el último párrafo de El Guardián entre el Centeno tantas veces que su bonito mensaje se había desvirtualizado. No, en realidad no. En realidad tenía más fuerza que nunca. Había pronunciado tantas veces la primera frase de El Extranejero y cambiado igual número de veces la U por la I que ya había empezado a hacer autoterapia para cuando su madre muriera. Las ventajas de ser un outsider entre tanto insider.

Siempre planteaba y chapoteaba en el trasfondo pesimista de cualquier elemento minimamente trascendental. O aunque no lo fuera, porque eran los mejores. La dicotomía entre la pose y la realidad le llevo a refutar todo apriorismo kantiano y a coquetear con la idea de las capas de la realidad dentro de los fenómenos perceptibles por algo que ni siquiera sabe cómo funciona. Tiene algo blanco, algo verde, un largo cable que conecta hemisferios y una especie de embudo que decodifica en forma de figuras borrosas corregidas por un cristal que te define como persona y como contexto. La invención, una vez más, de un arquetipo tan anómalo como interesante para las minorías. La delgada línea entre gueto y paraíso. El trazo burdo y descuidado que separa lo interesante de lo tedioso, lo fresco de lo espeso, lo sorprendente de lo temerario.

Chocaban dos universos tan distintos como cercanos. Como si pusieras a dirigir a Tarantino una de esas comedias románticas donde follan, -o sea, hacen el amor-, en un granero en una de esas tardes lluviosas y tormentosas que te hacen preguntarte por las estadísticas de muertos golpeados por un rayo, y te hace fantasear con el por qué no serán más precisos esos destellos de electricidad y saber estar. Un pesimismo tan poco probable como darle la vuelta a un vaso sin que desborde gota alguna, como intentar imaginar un estornudo que te recoloque la columna. Expulsa, agita, remueve y arroja. Por ese orden. Aunque después todo acabe en el mismo sitio.

Pasea pisando arena. Pisando nieve. Sintiendo el frío. Quitándotelo. Todo lo que curte, termina por explotar. Toda reja se puede saltar. Toda actuación se puede sabotear. No existe el tiempo ni el lugar perfecto, simplemente existe la compañía perfecta. Y eso, no te lo puedes inventar. Lo puedes adornar, te puedes esforzar en que brille más o en que ría más alto, pero lo que no puedes conseguir es que tu facóquero en proyección de personalidad respire debajo del agua. Vuele y construya nido en cañón.

Es una canica que no puede parar de rodar. No intentes detenerla, simplemente siéntate a apreciar su fugacidad y a dejar que te deslumbre con la idea de un futuro en el que nunca te balancearás. No es triste, ni siquiera deprimente. No confunde la ansiedad con la precocidad. No extrapola la virtud al papel o la palabra. Es tan consciente de sí mismo que todo tiempo pasado no fue mejor, simplemente fue accidental, y a menudo, accidentado.

Hoy sobre el amarillo no reposa la presión. Hoy, la presión se ha hecho trampolín y deseo vacío.

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