Tenemos que darnos prisa

Todo empieza con un chico mirando a través del hueco de la cerradura. Es alto, aparenta más edad de la que realmente tiene y tiene canas siendo tan joven. Tampoco le importa que la gente llegue tarde a los sitios o que fumen en el baño. Guiña el ojo y fabula. Lo que observa es el relato más triste y a la vez más bello que jamás ha escuchado. En realidad no es tan bello -porque qué demonios es la belleza- pero sí es triste. Objetivamente triste, si es que eso existe. Es una historia de amor que no llega a trascender de lo emocional. Que no ser pervierte con el físico. Una auténtica historia de amor. Para alguien que es capaz de manipular sus emociones como quien cambia la hora en octubre eso viaja más allá de su conocimiento. Aunque ha leído mucho. Aunque ha escuchado mucho. Pero quiere seguir escuchando, pese a que sabe que no acabará bien. Si el contenido es bonito, el envoltorio lo es aún más. Hay alguien fumando en una bañera con los dedos mojados y la piel arrugada, mientras enfrente, alguien que huele a lo que debe oler el amor itinerante, como a suave almizcle dulce y evocante, cuenta su historia como la deben de contar los naúfragos cuando son rescatados.

No es la típica historia en la que un tipo tiene que rescatar a su hermano del hospital para después colarse en un parque de atracciones porque les han dado el chivatazo de que en una de esas atracciones de terror donde vas sentado en un carro que va por vías hay una bolsa de deporte llena de billetes. De hecho la historia da igual, como dan igual todas las historias. El mundo se empeña en construir finales perfectos o chocantes olvidándose de cualquier principio. Los eventos sobran y las disertaciones son vagas y dispersas. Lo único que se recuerda es el poso que te deja. La angustia. La emoción. La tristeza. La pesadumbre. El tedio. El impulso. Es todo un fenómeno sin esencia al que tú tienes que dar presencia. Si la forma está constuida a partir de una chica preciosa con el pelo rosa intentando impresionarte desnudando su corazón porque su cuerpo ya lo está desde hace horas, qué diablos importa el contenido. Frótate con el contienente. Haz que su mirada se clave en ti y no te esfuerces, porque todo será tuyo y porque tú no tienes nada.

La verdad es que no hay nadie mirando por la cerradura. Ni siquiera el rarito que antes te dijo hola de una manera muy enérgica con la mano metida en el bolsillo. Nadie toca el piano dentro de un armario y tampoco nadie va a terminar siendo el puto Paul Newman. Todo forma parte de un artificio tan intenso como efímero que si te empeñas en alargar termina por no llevar a ningún sitio. La idealización no es más que el constructo previo y necesario a la realización, y cualquier clase de declive que se dé a continuación debe pillarte con el paraguas abierto. El fondo en sí sigue sin existir, pero dejas que ella meta la mano todo lo que pueda para ver si puede tocar el final.

Sigue intentando colorear sin salirte y ocupa tu agenda todo lo que puedas. Volveremos a vernos.

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