Escape

Tocar fondo. En realidad no sabes donde está el fondo hasta que coges una caña de pescar, le pones un imán en el anzuelo y esperas a que el núcleo de la tierra esté hecho de algún atrayente y atractivo metal. Claro, que esa es la manera más científica y positivista de tocar lo más bajo. Pero como aquí siempre hemos sido más del empirismo más empedernido, por muy racional que se torne cualquier emoción, te lanzas en pantalones cortos sin saber muy bien dónde vas a terminar.

Dicen que lo interesante no es llegar, sino el camino. En realidad eso es susceptible de ser una idiotez, sobre todo cuando estás casi al final del camino y no te has dado ni cuenta de que el camino había empezado. Aunque supongo que todo esto no es más que una alegoría bastante horizontal, una hipérbole de la línea recta que es un pretexto para expresar que te han hecho cosquillas en la garganta las cotas más bajas de lo que alguien puede llegar a experimentar en el primer mundo. Por supuesto que aún conservo todos mis miembros; no tengo ninguna coqueta enfermedad de transmisión sexual como le pasó aquel. Estoy bastante lejos de que toda mi descendencia haya perecido en una multitudinaria fiesta de sábado noche. No, no. Nada más lejos de la realidad. Pero sí se podría decir, desde el más subjetivo punto de vista, que el jodido planeta se ha confabulado en este año impar para hacer que cualquier empresa que inicie, con mayor o menor eco en su repercusión en la humanidad, fracase de tal manera que haga que la refutación al absurdo del suicidio de Camus sea lo único que me ronde la cabeza cuando estoy en el baño.

Es un drama. Todo lo es. Pero no hay nada más cómico que la tristeza. Aunque tal vez no te des cuenta de ello sin perspectiva, sin tiempo. Pero no le des esa ventaja a la naturaleza. Quítale el tiempo a la ecuación y reduce tanto que sólo te quede reírte tan alto como el Joker en tu pequeño cubículo del rascacielos más alto que hay en doscientos kilómetros a la redonda.

Sí. Será todo un fracaso. Una concatenación de los mismos. Un popurrí de malas decisiones, aunque no tuvieras ni idea de que estuvieras escogiendo. Pero cada vez lo hago mejor. Cada vez fracaso mejor. Y eso me la pone dura de una manera tan sucinta que ni el mejor de los disimulos de un pederasta cualquiera a las dos y media en la puerta de un colegio. El sudor atrae. No hay nada como las feromonas flotando. Música para mi alma.

Eso no quita que te sorprendas a ti mismo mirando al infinito en el interior de tu coche, cuando lo único que ves es el parking vacío de un centro comercial que vivió tiempos mejores. Esa sí puede ser una metáfora aplicable: el ciclo del capitalismo, que se vicia hasta que no puede dar más, y después se hunde. Más tarde, supongo que te reinventas o desapareces. Llevas demasiado tiempo nadando en mediocridad, aunque de las mejores cosas que pudiste hacer fue darte cuenta de que todo lo que te rodearía a partir de cierto día iba a ser la mayor de las medianías. No hay nada como vivir con las expectativas bajas.

Y esto es introspección. Es terapia. Nada más animal que una conciencia tranquila, nada más humano que comer techo por algo que no tiene solución. En ese sentido soy el rey de la sabana. El pez que espera sobre una roca en lugares tan profundos que no ha golpeado el sol. Pero echas de menos los eventos, la acción, el agitar porque sí. Y todo eso, y esto es lo mejor de todo, te lleva siempre a la misma moraleja: cuando estás por debajo de tus zapatos, sólo puedes ir hacia arriba. Tienes todas las opciones del mundo. Y lo peor que te puede pasar es que vuelvas a la casilla de salida, esa en la que te mesas la barba y te compadeces un poco, para después darle un repunte y pensar que, joder, hacia mucho tiempo en el que no tenías el abanico tan desplegado.

Algunos lo llaman resiliencia. Yo lo llamo hacer el medievo con cualquier conspiración que se cruce contigo y que no tenga las mismas intenciones que tú.

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