De la B a la Z

El infierno parece haberse hecho un hueco en la tierra. No pasa nada, es el lugar del que provienes. Para ti, esto es estar siempre en casa. Lo insulso hecho sonrisa eterna. Lo vacío llenado por una escatología propia de un niño de ocho años. Lo insustancial sin contenido, mezclado con una mirada apagada que sólo sabe escupir culpas a su alrededor. Habitante de un espacio y tiempo paralelo en el que las expectativas son el único alimento para la esperanza que siempre torna en fracaso. Pero no pasa nada.

En realidad sí pasa. En realidad sí pasó, pero ya no. Despedazaste mi intestino para saltar a la comba entre la negación y la negociación. Más tarde entre depresión y el no entendimiento. Reventaste las fases del duelo sin pasar por la mejor: la de la ira. Clavaste la estaca justo en mi muslo mientras estaba sentado admirando como iba a ser el principio de mi fin con la misma expresión morbosa e inocente que mostró el primer ser que vio morir a otro. Me mataste. Dos veces. Y aunque esté a diez mil jodidas millas de mí, cada día estoy más cerca. Pudiste ser directa y expeditiva. Un golpe seco. Un mordisco a un trapo húmedo y un atracón de dolor, fricción y velocidad. Pero preferiste regodearte en el dolor. Para qué arrancar de cuajo, cuando puedes desgarrar, oscilar, girar y endiosarte con el movimiento del péndulo de un reloj dentro de la más roja carne hecha emoción.

La anáfora de la ausencia de valor, presencia de orgullo y regodeo de rencor. Con lo poético que puede ser contradecirse, y lo conviertes en una vulgar parodia, como todo lo que tocas. El egoísmo que clama en cada escaso pensamiento que se pasea por tu mente y que hace que te revuelques en la mayor de las mierdas que puedas imaginar y contar para simplemente sobrevivir un día más a lo insoportable de tu presencia. De tu presencia para ti misma. De lo que fue late motiv de mi existencia, y que hoy no es más que una carcajada muy alta que te mira con los ojos vidriosos mientras grita que te mereces todo lo que te pase.

No pasa nada. Ya no. Es lo que tiene tocar fondo cuando pensabas que no había más vacío. Estás en la más oscura y cavernosa de las profundidades, pero acabas de darte cuenta que justo detrás de ti hay una escalera que te lleva de nuevo al cielo. Estabas tan preocupado en sentir pena por ti mismo y en lamerte las heridas con sabor a vacío y opacidad, que no te habías dado ni cuenta. Puede que no sienta las piernas. Que esté algo oxidado, o que la herida en mi pierna sea tan profunda que trascienda la metáfora y realmente pueda ver el orificio de entrada y salida de tu humeante estancia. Pero da igual. Porque he renacido. Porque te has empeñado en tornar la ignorancia en odio, y porque estoy mucho más cómodo de lo que había pensado sabiendo con la mayor de las certezas que caerás más bajo de lo que me hiciste caer, y que no sentiré la menor de las clemencias cuando tu voz, a lo lejos, susurre auxilio con las pequeñas fuerzas que te queden. Aunque tu cabeza cree la imagen de que vivirá una historia de superación sin esfuerzo y que siempre acaba bien, yo estoy en la fila cinco de la sala más pequeña del festival de cine de autor más independiente que se pueda impulsar esperando con la más intensa de las impaciencias el giro final que te espera.

Soy un niño con zapatos nuevos.

Tu apocalipsis

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