Es una piedra plana que lanzas contra el agua y que nunca para de mostrarse y esconderse mientras te pones perdido

Mi profesión consiste en regar plantas. Cojo un recipiente, lo lleno de agua y después vierto ese líquido elemento en la base de tierra que cubre las raíces de cada maceta. El lugar es enorme, los techos son de cristal y es muy probable que te caiga una gota de agua en la punta de la nariz por culpa de la condensación. Para entrar en la sala tienes que pasar tu tarjeta por el lector y después teclear un código de seis cifras. Nunca he entendido el doble salvoconducto. Después me abotono la camisa y encima me pongo una bata de color blanco que sólo cubre de esternón para fuera. Algo fino y alargado, como tu ironía, sirve como subterfugio de vida continuada y mortal.

Me trae sin cuidado. Aunque también lo prefiero.

Qué efímero es eso de vender flores. Algo tan vaporoso como decadente. Bajo la erótica y preciosa sutileza de regalar un trozo de vida cortada con una herramienta enana con forma de hoz se esconde un proceso tan personal como repetitivo. Un volver al origen sin importar que pasó antes porque ya no va a cambiar el presente, y tampoco alterará otros futuros. Dicen que si aspiras el aroma de esa planta, la que parece un girasol de color rojo y que huele a no querer levantarse de la cama, alcanzas la felicidad mediante el método de la sumisión y el estoicismo. Un venid aquí con la cara destapada, pero con la baba colgando.

Por poco acabas conmigo, pero soy difícil de matar.

Hay veces que mientras humedezco la tierra hablo solo, en voz alta, recordando cosas de mi pasado con una perspectiva omnisciente. Lo bueno que tienen los trabajos reiterativos y que no requieren de una concentración exagerada es que permiten que te evadas y viajes a un edulcorado pasado o a un prometedor aunque efectista futuro. Ayer recordé a aquella chica que se enfadó conmigo porque pensó que le dedicaba una canción muy concreta de Los Planetas. Dentro de las perversas y retorcidas nimiedades que habitan en mí, a veces eclosiona una mentalidad tan naif que parece que siempre es mediodía. Me gusta que se me tenga en cuenta como villano de cuatro por cuatro. Me gusta que lo de darse por aludido sea más elocuente que cualquier declaración de intenciones.

Quiero que sepas que espero que acabes colgando de un pino.

Lo bueno que tienen los pinus vasculares es que son terriblemente resistentes. El calor les gusta, pero el frío les gusta aún más. Te darían sombra hasta en el infierno y pueden vivir sin un pellizco de agua durante años. No hay nada como echarte una conífera como mejor amiga. No te traerá la felicidad mediante el método de la alienación, pero si no desarrollas alergia a sus braquiblastos estará ahí para siempre. Como esas cosas que no superas o como tus ganas de estornudar al oler un poco de canela. Es el filamento de una bombilla que tiembla incluso meses después de haber dejado de alumbrar.

Te pareces bastante a Satán.

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es sol y es nieve

La canción hablaba de ti. Pero tú no eras la del asiento de atrás. Eras la que no podía olvidar

Me apoyo en una teoría vaga de color azul. No sé dónde la escuché, pero como tantas otras cosas no hay nada como apropiarse de lo anónimo y darle un brillo diferente. El mantra era simple y en teoría funcionaba. En teoría. Cualquier falacia fáctica antes se ha balanceado entre un montón de cuerdas sin red de fondo. Supeditar una emoción a una generalidad algo vaga y brusca, de esas que perfectamente podrían estar en el relieve de una taza de cerámica dura, sería como reducir todo a un todo. A una ley exacta que no porque se produzca en la naturaleza ha de ser natural. Al igual que no porque sea funcional ha de funcionar. Lo pragmático a menudo me había dado más defecto que virtud, y más complejo que liberación, pero por qué no intentarlo. El hacer algo por estropearlo y tener algo que arreglar es muy 2014.

La distancia ayuda al olvido.

Es tan escueto que es inexplicable cómo es tan grande la explosión de inverosimilitud. Caminaba pensando. Con las manos atrás y observando como las luces de las farolas se iban iluminando mientras el cielo y mis ideas se iban apagando. Todo sobre lo que caminaba eran escombros. Ruinas de lo que en un momento fue el remanso de conexión más cristalino, o eso es con lo que solía fantasear, y ahora sólo son piedras afiladas tostadas al sol con la intención de quebrar aquella piel que se acerque a darles una caricia. Pero eso me da igual. A veces sólo orbito entre dos modos: el nostálgico y el flagelador. Uno inspira y el otro deprime. Ninguno consuela. Cierra los ojos y contonea.

Aquel día miraba al cielo y no miraba a las estrellas. Sólo me las imaginaba. Me imaginaba mirando al cielo esperando a que pasase algo que iba a durar no sé qué fracción de segundo. En realidad fue una referencia bastante acertada. Te puedes pasar siglos mirando algo para que itere lo más mínimo que en el preciso instante en el que estornudas pasa todo y te lo pierdes.

La piel y la carne flotan hasta que se llenan de agua. Después todo forma parte del mismo problema. La solución no existe ni está escrita. Da igual que una chica de pose andrógina se acerque a ti con la intención de follarse al determinismo en pos del libre albedrío. En el último momento se dará cuenta que era lo que iba a hacer desde el principio. Una piscina de sonido y luz donde perdí todo lo que iba a conseguir hacerme volar. Ese calor iba a hacerme volar de pulgares para fuera. Yo sólo sentía de cejas para dentro. Seguramente se marchitó. O le dio demasiado el sol esperando que el tiempo cambiase. No es cuestión de microclima. Es cuestión de que esté lo suficientemente despejado como para que no te pierdas nada, aunque el tema de conversación no te interese y aunque ya no sepas qué sabor te va a tocar esta vez.

Lo cierto es que no floto sobre lo que creo que estoy flotando. Es una mezcolanza tan compleja que para diseccionarla necesitaría ponerme un albornoz y eso ahora mismo no entra en mis planes. Lo único que entra es arrugarme en todos los sentidos y dejar de ser una anécdota para ser un hito. Uno de esos que se convierten en piedra y acaban siendo pasto de esos vándalos de baja autoestima.

Beber hasta caer. Salir y caminar. Ella digería todo lo que me hacía girar. Está desnuda. Pide algo que no sé lo que es. A veces prefiere dormir. Otras, prefiere no preguntar. Yo siempre quiero que el diapasón no deje de sonar. No hay eco. Es algo seco y original. En ocasiones bastante rudo o distante. No pasa nada. Otras veces da todas las vueltas que puede, se marea y se deja hacer. Las bromas que no hiciste ayer igual hoy coquetean con lo anacrónico.

Consumida y agotada. Prefieres hablar o follar. En realidad casi nunca hablas. No es cuestión de otorgar, ni tampoco de premonición, pero si ya supiéramos todo sería muy fácil y las mañanas serían muy aburridas. Te trataría como las noches tratan a los sueños. A mis sueños. Esa fugacidad injustificada. Si lo apuntas pierdes la gracia, pero dura para siempre. Era muy de escribirte. Y no puedo dejar de serlo. Lo peor es que no he dejado de serlo. Es una tara de burbuja y calor de asfalto. Tampoco sé si pasará. Hay cosas con las que aprendes a vivir y se convierten en algo nuevo que incorporas a tu no tan vulgar personalidad porque no sabes cómo enterrarlo. La alfombra no es tan gorda y los persas hace tiempo que aprendieron a escucharse mucho mejor de lo que lo hacían antes. No es la primera vez que me pasa. Puede que todo lo que soy sea una especie de colección de canciones instrumentales de las que no recuerdas la letra porque no existe pero que no puedes dejar de tararear.

Todo para dentro. No llueve. Mejor que no llueva. Si está despejado puedo ver cómo sigues brillando. Puedo ver como lo que parece Venus en realidad es una estrella que murió no sé qué día de octubre. O puede que fuera noviembre.

No lo insinúes mientras bebes helio. Lo rubio sube mucho más despacio pero solidifica más fuerte.

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luces de ciudad

 

 

 

Hay un momento en el que el coche parece que no se va a hundir. Te pone del lado del malo. Es muy tramposo. Pero al final todo acaba bien. O sea, mal

Llegué a aquel lugar con apariencia de parque en un día de verano. Era por la mañana, aunque allí casi siempre está nublado. No tenía muy claro sobre qué paralelo estaba saltando, pero sí tenía claro que necesitaba un café. Entré a uno de esos locales pequeños que tienen apariencia de hogar y una chica de belleza prístina y turbante en la cabeza me puso un café en un vaso pequeño con una sonrisa grande. Dentro del microclima que se respiraba entre esas cuatro paredes todo sabor se potenciaba como cuando bebes de los labios de alguien y aún conserva el matiz de su dulce gloss. Habría tenido sed todos los días de mi vida. Caminar solo en un lugar en el que nadie te conoce ni habla tu idioma es una experiencia única, facilitada por la universalización de los transportes y por tu refinada libertad individual en contratoque del malvado individualismo liberal.

Yo es que fumo porque si respiro aire puro mi cabeza se despeja y deja de tomarte en distancia para tomarte en constancia.

Había caminado en bicicleta más kilómetros que en todo el año anterior junto y mis cuádriceps estaban duros y fatigados. La erótica del luto es algo tan cultural y glocalista que me podría pasar la vida recorriendo funerales del mundo. Lo de prender fuego a algo que está muerto es algo que hago continuamente en vida, así que menos mal que no fui un guerrero vikingo. Pero lo de hacer de mis restos un lugar de reunión en el que comer pan dulce con vino gasificado mientras mi lápida sirve como aparcamiento de vehículos de dos ruedas me gusta tanto que me entra la prisa por chapotear en la litosfera. Recorro un camino intencionadamente ordenado para perderse y llegar a donde no querías llegar. Aquí no está Amy para dejarle un tubo de nicotina a su lado, pero esta Søren para que te dé la turra con su existencialismo mientras no puedes dejar de mirar esos ojos azules tan penetrantes que no paran de moverse de un lado para otro.

Tienes la mirada de Søren, y si las consonantes de su apellido fueran cicatrices iría todas las mañanas de domingo a la plaza a cambiar las que tengo repetidas.

Como pasa con muchas cosas el mejor momento de algo pasa justo antes de que el momento llegue. Aunque tu memoria visual será la que retumbe, tu refracción emocional siempre te hará respirar profundo y hacer memoria en virtud de lo mejor que te pasó. Un tipo se sentó junto a mí mientras miraba lo que quedaba del filósofo y me preguntó algo en ruso. Yo sólo sonreía y contesté cosas en inglés. Lo cierto es que tendría mucho sentido que un lugar donde termina la gente que ya no existe empezará a existir gente que todavía no lo hace. Para que proyectar recuerdos pudiendo proyectar ADN.

De aquel día no recuerdo mucho más. Dejar de correr para empezar a caminar por avenidas tan largas y llenas de vida que te hacían pensar que esto no parará nunca de girar. Una banda sonora algo gamberra con muchas onomatopeyas, un plato de pasta con más picante que de lo otro y la perpetua sensación de que todo lo que está pasando es una fotocopia repetida y única. Que pensar en color sepia en cosas que todavía no habían pasado es redistribuir cuánticamente la imaginación. El problema es que todo habla de ti aunque no te lo merezcas. Jodido impulso primario de idealización hitchcokiana.

Levanta la vista, observa lo que te rodea y juega a ver quién llega primero a tu carrera del recuerdo. Lo tienes. No hace falta contar nada más porque te lo acabas de explicar todo.

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-una caja de música-

Dice algo así como que hay que admitirlo, redimirlo y tirarnos de los pelos. No sé. Llovía y no los estaba mirando a ellos

Levito entre la paciencia y la ausencia de una ansiedad que debería estar pero no está. Entre lo que anhelo y lo que me conviene. Entre lo que fue y entre lo que probablemente no sea. Compadezco ante una muchedumbre fiel pero dolorosa que me ha visto quitarme las astillas una a una con las manos mojadas y los ojos rojos. Estos fundamentalistas de mis emociones me dijeron que si no te puedes levantar por lo menos te puedes sentar a ver cómo pasan cosas y nada cambia, todo permanece inerte ante un silencio que da miedo y un aire tan limpio que hace que se me ensucie la conciencia. No camino, sólo giro sobre mí mismo.

Improviso ante los impulsos que salen a borbotones de lo que tengo entre mi entrecejo y lo que hay encima de la ingle. No es cómodo. Tampoco consecuente ni pertinente. Pero es. Aquel tipo argentino que murió hoy y que era realmente hilarante con las palabras decía que la vida para lo único que sirve es para ser vivida, y poco más. Seguramente nada más. Un tanto reduccionista, carente de pretensión e incluso naíf, pero tan verdadero como la sutil añoranza a la que no me atrevo a ponerle nombre ni a decir en voz alta. Parpadeo con la curiosidad e incredulidad propia de aquel que finge que le gustó más Gremlins II que Gremlins I.

Algo que se sostiene en la pared con la misma energía con la que se colocó. Un recuerdo que no entierras porque la pala está en el estante más alto y porque tampoco te motiva acercarte con un taburete. Echas un poco de tierra por encima, haces una marca en el suelo y con eso piensas que bastará. En los últimos diecinueve años nunca se inundó el piso menos dos del garaje. Por qué iba a hacerlo en diciembre de 2019. Ahora todo lo que pisas es barro, agua con un olor intenso a resignación y matices con tropezones de tierra dura y condescendencia. Es bonito si llevas botas. Es bonito si vas descalzo. Es bonito si alguien te grita Marco y quiere escuchar tu Polo.

Es triste si ves tu reflejo del pasado proyectado en una chapa de color azul turquesa. Las mejores conversaciones son de motor apagado y mirada encendida.

No es vanguardia o revisitación. Tampoco es un renacimiento ni una secuela. Desde luego que no es una reinvención. No podría decirse que es ponerle un sombrero nuevo a la muñeca de siempre. En realidad no tiene definición fácil, pero como nada lo es marida a la perfección con algo tan loco como inexplicable. A veces tengo la sensación de que te conozco mejor que nadie y después el reloj empieza a girar en la otra dirección.

Para qué mentir pudiendo esconder la verdad. Es tu manera de hacer deporte y parodia. Una comedia de la que te ríes muy alto porque sabes que después del tercer acto no todo va a ir del todo bien. Los títulos de crédito nunca son el final en el posmodernismo y decir nunca en voz alta nunca y siempre significó menos. Ave que se mece al son de las curvas y que aguarda su momento para golpear en cabina. A mí me encantan las películas que acaban mal, pero también quiero que se salve siempre la chica rubia.

Agacha los párpados, levanta las cejas y mastica el aire por si acaso. Nunca sabes cuando va a romper la ola.

JR

la puerta no está cerrada por dentro

Tienes que aparentar todo el rato que sabes lo que estás haciendo aunque lo único que quieres es que termine

Noche templada que no termina nunca. Empezó a la hora de siempre pero en ese lugar todo era tan oscuro que jugaba a ser agujero de gusano. Hielo en vaso y la continua sensación de no encajar para beber. Allí lo único que hacía de esponja era el no aguantar la mirada. No sabía a qué hora soltaban las bestias pero todo el mundo parecía estar esperando a lo mismo. Lo que no sabían es que aquel día la bestia llevaba cenando con cuchillo y tenedor un buen rato. Nada sutil, apenas vibrante y una secuela de aquella película en la que muchos tipos sin camiseta se pelean por toda la ciudad saltándose el torno del metro por encima de sus posibilidades. Allí no había medidor de posibilidades. Ni siquiera había posibilidades. Sólo tradición oral carente de emoción escrita y una especie de pintura de Altamira de color fosforito. Firmas tu sentencia de muerte con tóner del caro.

Llegas escuchando aquella versión de los Creedence como si fueras El Nota antes de encontrar los deberes, pero a medio tiempo. Las trompetas no se escucharon en el cielo. El concepto trompeta es a final como rojo es azul más agua salada auto-producida. Todo lo que esperas y te hacen esperar pasa delante de tus ojos a una velocidad tan rápida como decepcionante. Caminas, miras a tu amigo y decides que no es buena idea encender un cigarrillo en esa gasolinera. La última vez que fumé tabaco terminamos derrapando en la puerta de la casa de Ana Frank mientras nuestros ideales se hacían mayores. Mercantilizar la tragedia es igual de despreciable que tocar sin ganas. La piedra respira y humedece, no escucho más que información nueva que sé que no voy a retener. Algo me pesa en la boca del estómago. Me habría venido bien un puñado de arena.

Uniforme de emoción exagerada. Escenario que no encaja y música que no mejora el silencio. Un ojo me mira y el otro no sé dónde está. Camino durante no sé cuánto tiempo y todo me parece tan igual que siempre termino topándome con el maldito número nueve. No camino en círculos, es el mundo el que camina en torno a mí. Pasado de moda el antropocentrismo no queda otra que colocarse con descolocamiento. Es mejor que levantarse rápido de la silla o despertar y darte cuenta que no estás. El hábito no por rutinario dejaba de ser doloroso. Pero a veces te dejas sangrar porque te gusta mirar. Porque te gusta que te miren.

Itinerante y estridente sobredosis de decibelios que rima con decepción, pero de delante hacia atrás en vez de detrás hacia delante. Los ojos se te pegan y el hielo la mayoría de veces no es seco. Quema más que enfría y alivia más que escuece. Todo es lo contrario de lo que parece. Lo contrario de lo que tenía que haber sido.

El plástico no deja de ser combustible sólido y pasado que tiene una historia que también quiere ser contada.

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la planta baja de los rascacielos

Nunca son las doce en el reloj porque salta dos minutos sin que te des cuenta

Ilústrame con tu piel blanca como lienzo. La tinta era todo lo que nos queríamos inventar. El arte relativiza las emociones y las tensiones. Actúa como tranquilizante. Yo ahora no quiero estar tranquilo. Quiero nervios y tensión. Quiero frío que cristaliza y nariz que se vuelve roja. Una conversación que está todo el rato terminándose pero que no termina nunca. Elegir izquierda o derecha. La izquierda es lo que quieres. La derecha lo que te obligas a querer. Son dos pasos. Dos zancadas decididas o dubitativas. Qué más da. Es domingo y es por la noche. Nadie te espera en ningún sitio porque el primer y último sitio en el que quieres estar es dónde estás.

Empieza por eñe. No. No empieza, pero tiene. Lo rimas con la o y en agudo. A mí que siempre me han gustado los títulos largos y las palabras esdrújulas. Mi nombre es arte en diminutivo. El tuyo oscila entre lo ausente y lo presente. Nunca tiene las dos. Nunca tenías las dos aunque siempre tenías de uno más que del otro. Nunca salías a vencer. Ni tomabas camino. No pasa nada. El camino está hecho. Ningún número salvo el uno y por ellos mismos. Lo agradable no es firme. Tampoco universal. Si es puro, aburre. Si es fácil, eterniza. En esta bañera todo toma un cáliz distinto para casi todas las cosas menos para una. No sé ni en qué floto. Tampoco sé si estoy flotando. Puede que la ausencia de luz signifique que no hay luz. Que nunca la hubo. Pero yo recuerdo estar cegado más de una vez.

Cierras los ojos y te mareas. Al sol todo vale doble. Por dos. De negro, más. Una foto en marco que nunca llegó a ser pero que sigue dormida en un cajón. El invierno no va a llegar porque nunca se ha ido. Es puro y oscuro. Pero cuando estás tanto tiempo fuera de casa ya confundes la distancia con tu hogar. Puede que seas casa. O lo fueras. O no dejes de serlo. Lo que itera puede que lo haga de una manera efectista pero sin trasfondo. Una bomba de humo para aprovechar un instante de zozobra. Duele, pero no mata. No duerme, pero descansa. Amarillo y amarillo patada en el ojo.

Un minuto y un segundo de una canción que flota, pero no cuaja. Tampoco pasa nada. Hace tiempo que la urgencia pasó a un segundo plano. La inmediatez es el himen de lo trascendente. Y lo trascendente es terminal. Todo parece un puzzle de cinco mil piezas pero en realidad sólo tiene dos.

Igual ya es verano. Igual es el verano pasado. Hace tiempo que perdí la noción del tiempo. No sé si avanza o retrocede. No sé si es ahora o ya es siempre. Tampoco pido que me lo devuelvas cuando aún me queda que dar. Poesía de miércoles por la noche. Como aquella noche en la que lo ambulante dejó de flotar.

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una opinión sólo es válida si es estúpida

Sólo te dejan pasar por el lado izquierdo cuando el derecho está cerrado

Era un viernes o un sábado por la noche. La verdad es que no lo recuerdo bien. Hubo un tiempo en que todas las noches se parecían pero de una manera distinta a como se parecen ahora. Yo estaba bebiendo con tres colegas una especie de brebaje creado por algún soldado de trinchera mezclado con algo dulce que te acelera el corazón y las ganas. Dos no sé si siguen vivos. Uno sí. Seguramente lo estén los tres, pero el espectro, y nunca mejor dicho, que rodean sus ausencias son un libro que tiene el lomo por dentro.

Había sido uno de esos días que parecen fotocopias, no particularmente memorables, pero el hecho de poder emborracharse en un vaso sucio y después volver a casa cruzando un puente con viento soplando de los seis lados lo hacía todo más llevadero. Se acercaba Semana Santa y hacía días que no me empapaba en agua bendita. Eran unos días donde cumplía prisión preventiva por algo que nunca supe y en el pecado llevaba la penitencia. Joder, que venga aquí el Secretario de Estado del Vaticano y me la empiece a comer. Aquí hay más nivel que en una cíclica papal.

Iba a haber fumata blanca. Con más de lo segundo que de lo primero.

Estaba hablando con una de mis amigas acerca de cómo era posible que a alguien se le ocurriese poner tiras de plástico en vertical para sustituir una puerta, cuando miré mi teléfono porque me había escrito una de esas chicas con las que hablas unos días y que si no termináis por sentaros uno en la cara del otro la relación termina por no ir a más. Un mensaje directo, corto y expeditivo. Digamos que soy un fan del cortejo sibilino y el doble sentido apoyado en un misterio que termina por revelarse tal, pero de vez en cuando un ? contestado con un ! es de lo más excitante que te puede pasar. Decidí apurar de un trago ese elixir que potencia el ingenio pero que te deja un sabor en la boca dulce y gasificado, como si le estuvieras comiendo el coño a la CEO de Coca-Cola, y pongo una de esas excusas que no convencen a nadie para irme de aquel bar 98% madera 2% ganas de odiarse a uno mismo.

Del bar a su piso, y por ende a sus ganas, había unos veinte minutos caminando. Siguiendo la ruta mirando mi teléfono me encuentro gente que habla más alto de lo normal y unas ganas locas de hacer un número dos. Cuando vas a comerte un culo lo mejor es ir con el estómago vacío, ya que al final uno termina siendo lo que come. Entro en ese bar con nombre de marca de amplificadores de guitarra en el que un día una chica diez años mayor que yo me invitó a ir a su piso después de contarme que no recordaba el número de veces que había follado, pero que nunca había hecho el amor, con el único objetivo de besar con mi piel la diáfana cerámica presidida por no la mejor foto de Jim Morrison. Toco el cielo como lo debió tocar el bueno de Jim en aquella bañera de Le Marais y tras ajustarme la gabardina prosigo mi camino. No diría el camino del héroe, porque ¿qué es un héroe?

Cuando llamo al timbre y subo a un cuarto sin ascensor por aquel angosto portal me encuentro con una promesa hecha realidad. Como cumplir un programa electoral punto por punto sabiendo que vas a salir reelegido presidente por mayoría absoluta. Y no me hizo falta corrupción, sólo mi carisma natural y preservativos de una talla más. Cuando entro en su salón me recibe con una sonrisa que no puede quitarse de la cabeza. La decoración era de piso turístico y olía todo a mueble recién montado. Todo, menos ella. Ella tenía un aroma dulce, pero suave. Algo que te apetece masticar pero no tragar. Deleitarte con él el mayor tiempo posible en la parte posterior de tu paladar. Me dice con su acento argentino y sus labios redondos cual coso en el que salir a matar que ha bebido ron con no sé qué. Y que al último sitio al que fue fumó algo de color verde que olía como el mate pero que no era mate. Que llegó a casa, estaba sola y salida. Sola y Salida podría ser la parodia porno de un grupo de canción del verano. Y que se acordó de mí. ¿No es precioso que se acuerden de ti? Dicen que la publicidad aunque mala es buena. Entonces la auto-publicidad mental buena tiene que ser lo mejor.

Se tiene que poner de puntillas para alcanzar mi barbilla. Creo que era una señal. O así lo interpreté y se dejó llevar. Apenas llevaba ropa de cintura para abajo y lo que llevaba de cintura para arriba apenas era ropa. Lo complicado y elaborado cuando sucede tiende a henchirte de un gozo próximo a la realización. Pero poco se habla de lo que te viene cuando no esperas y es un caramelo dulce. El bocado más dulce. No desafina ni media nota. Se desliza y podría hacerlo toda la noche. Sus ojos son elocuentes. No hacen falta palabras aunque no paren de salir de su boca. Para tener más ganas de follarse mi mente que mi cuerpo como me dijo aquel día lo disimula bastante bien.

Hacía frío. Pero ella hacía otras cosas.

Después de jugar a ver quien se deja ganar más veces miramos al techo y empezamos a hablar de la superioridad moral de la izquierda, de como en Argentina también piensan que el calvo de Amaral se ha zumbado a Eva más de una vez o del chiste negro más bizarro que hemos escuchado nunca. Sus palabras, su aroma, y el aliño de su piel con la suavidad de las sábanas hace que no pueda dejar de tenerla dura. Y una erección perdida ya sabes que hace llorar al niño Jesús.

El niño Jesús era negro y aquella noche le habría encantado mirar y llorar lefa.

Cuando los primeros rayos de sol entran por la ventana debatimos acerca del mejor disco de Él Mató a un Policía Motorizado mientras bebo mate de verdad. Lo pruebo por primera vez y es amargo y adictivo. Como lo fue mi vida en 2019. Después de aquella noche volvimos a vernos un día más. Una noche menos. Todo bajo luz tenue y sonrisa de psicoanalista. Más preparado, menos sutil.

Recuerdo el camino a casa después de la primera noche. Ya era de día. No tenía nada. Nada era mío. Miré al cielo y pensé que cómo hay gente que puede pensar que la Tierra es plana. Llegué a mi casa, me hice una paja pensando en ella y en un tío con estigmas en las palmas de la mano mirándonos y me quedé dormido con la polla en la mano.

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