Ahora es artista de circo con leones

El verano acababa de comenzar y sentía que volvía a jugar al lugar más pleno del planeta. Un lugar donde si la Tierra fuera plana es donde terminaría. Y lo haría no con la angustia de vivir al lado de un precipicio al que te asomas y sólo contemplas inmensidad, no. Lo haría con la certeza de que no puedes llegar más allá, y que es justo ahí donde quieres estar. Aquella casa tenía ese aroma tan particular que danzaba entre comida recién horneada y una naturaleza tan verde como acuosa. Ella se paseaba todo el día sin apenas ropa mientras zarandeaba a su gato hasta hacerlo rabiar, para después preguntarse por qué ese maldito minino no la quería. Aquel día su madre me había dado 50€ por pintar de negro la verja del jardín de atrás y después follarme a su inocente y adorable hija. Ya nada podía ir a mejor.

-Entonces es la historia de un tipo que juega a los bolos y mezcla vodka con leche, ¿no?

-No, no es sólo eso. O sea, sí. Pero lo importante no es eso. Lo importante es que un japonés le mea en la alfombra. Uno de los chungos, o de los que al menos lo parecen. No uno de esos que construyeron el ferrocarril.

-Ahá. Y a partir de ahí le confunden con otro tío que se llama igual que él.

-Eso es.

-Pues no lo entiendo.

-Pero eso es porque no la has visto. La gran broma que está detrás de todo es que Jeff Bridges reniega de los nihilistas, cuando él es el mayor nihilista de todos.

-¿Y se supone que eso tiene que hacer gracia?

Aún así fue la mitad de estresante de lo que fue explicarle qué alegoría encarnaba el humo negro de Lost. Ni que fuera tan difícil de entender algo tan burdo como una dicotomía crística y anticrística del bien y el mal. Entre el blanco y el negro. Hasta vestían y se les iluminaba de una manera muy concreta para que te dieras cuenta. En fin. Aquella misma noche bebimos cerveza fría tumbados cada uno en un sofá, y para variar a mí se me cayó todo encima.

La horizontalidad requiere de su talento.

Yo por entonces no lo sabía, como la mayoría de las cosas que me pasan y que la abrumante ausencia de perspectiva me impiden ver, pero seguramente era el tipo más feliz de aquel plano planeta. Ella escuchaba todo el día a los Two Door Cinema Club y Phoenix mientras yo desarrollaba una aversión hacia las baladas indies que me llevaría años superar. Me leía la última página de libros de Espinosa o Kundera y yo pretendía ver que me emocionaban, cuando en el más profundo de mi yo adolescente deseaba que me leyera la página 33 de Trópico de Cáncer, o que por lo menos hiciera algún chiste con la primera frase de El Extranjero de Camus. Sin ser yo huérfano ni nada de eso.

-Pues he cogido el libro y me he puesto a rodear con un lápiz (siempre escribía con un puto lápiz en cada libro que leía. Quién demonios lee con un lápiz 2HB en la mano) todas las interjecciones que dice. Los ay, jopé, y jo. Creo que salen unos tres por página.

-Ahá. Y eso lo haces para resaltar la ausencia polifórica de la voz del autor o por…

-Eres gilipollas.

La verdad es que era una auténtica artista detectando tocs. Y gilipollas, pero sobre tocs. Es lo que tiene vivir en uno continuo. Y eso sí que era alegórico, polifórico y autenfórico, el que se obsesionara con El Guardián Entre El Centeno. Pocas cosas tienen un continente tan extremadamente llamativo en relación a su contenido. Está claro que Salinger inventó el posmodernismo antes de que se inventara, pero ella escribió el último párrafo del libro antes de que Salinger lo imaginara. Bajo la peligrosa y controvertida versión que hay detrás del si ponerte a recordar es sano o no, y si te lleva a lugares que no estás del todo seguro que quieras volver a visitar, ella me lo enseñó todo. Como con tantas cosas. No hay nada más fácil de influir que un novato. La gracia estaba en que ella también lo era. Al principio la inocencia torna en curiosidad. Más tarde, en perfeccionismo. Y por último, en cinismo.

-Tienes que escucharlo. Tiene la nariz y las orejas muy grandes. Lleva gafas de pasta y en su guitarra pone this machine kills fascists.

-Ahá. ¿y dónde viene a tocar?

-Ya sabes dónde.

this machine kills fascists

 

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De la B a la Z

El infierno parece haberse hecho un hueco en la tierra. No pasa nada, es el lugar del que provienes. Para ti, esto es estar siempre en casa. Lo insulso hecho sonrisa eterna. Lo vacío llenado por una escatología propia de un niño de ocho años. Lo insustancial sin contenido, mezclado con una mirada apagada que sólo sabe escupir culpas a su alrededor. Habitante de un espacio y tiempo paralelo en el que las expectativas son el único alimento para la esperanza que siempre torna en fracaso. Pero no pasa nada.

En realidad sí pasa. En realidad sí pasó, pero ya no. Despedazaste mi intestino para saltar a la comba entre la negación y la negociación. Más tarde entre depresión y el no entendimiento. Reventaste las fases del duelo sin pasar por la mejor: la de la ira. Clavaste la estaca justo en mi muslo mientras estaba sentado admirando como iba a ser el principio de mi fin con la misma expresión morbosa e inocente que mostró el primer ser que vio morir a otro. Me mataste. Dos veces. Y aunque esté a diez mil jodidas millas de mí, cada día estoy más cerca. Pudiste ser directa y expeditiva. Un golpe seco. Un mordisco a un trapo húmedo y un atracón de dolor, fricción y velocidad. Pero preferiste regodearte en el dolor. Para qué arrancar de cuajo, cuando puedes desgarrar, oscilar, girar y endiosarte con el movimiento del péndulo de un reloj dentro de la más roja carne hecha emoción.

La anáfora de la ausencia de valor, presencia de orgullo y regodeo de rencor. Con lo poético que puede ser contradecirse, y lo conviertes en una vulgar parodia, como todo lo que tocas. El egoísmo que clama en cada escaso pensamiento que se pasea por tu mente y que hace que te revuelques en la mayor de las mierdas que puedas imaginar y contar para simplemente sobrevivir un día más a lo insoportable de tu presencia. De tu presencia para ti misma. De lo que fue late motiv de mi existencia, y que hoy no es más que una carcajada muy alta que te mira con los ojos vidriosos mientras grita que te mereces todo lo que te pase.

No pasa nada. Ya no. Es lo que tiene tocar fondo cuando pensabas que no había más vacío. Estás en la más oscura y cavernosa de las profundidades, pero acabas de darte cuenta que justo detrás de ti hay una escalera que te lleva de nuevo al cielo. Estabas tan preocupado en sentir pena por ti mismo y en lamerte las heridas con sabor a vacío y opacidad, que no te habías dado ni cuenta. Puede que no sienta las piernas. Que esté algo oxidado, o que la herida en mi pierna sea tan profunda que trascienda la metáfora y realmente pueda ver el orificio de entrada y salida de tu humeante estancia. Pero da igual. Porque he renacido. Porque te has empeñado en tornar la ignorancia en odio, y porque estoy mucho más cómodo de lo que había pensado sabiendo con la mayor de las certezas que caerás más bajo de lo que me hiciste caer, y que no sentiré la menor de las clemencias cuando tu voz, a lo lejos, susurre auxilio con las pequeñas fuerzas que te queden. Aunque tu cabeza cree la imagen de que vivirá una historia de superación sin esfuerzo y que siempre acaba bien, yo estoy en la fila cinco de la sala más pequeña del festival de cine de autor más independiente que se pueda impulsar esperando con la más intensa de las impaciencias el giro final que te espera.

Soy un niño con zapatos nuevos.

Tu apocalipsis

Nieblaherria

Es un lugar en el que cada paso que das tienes más claro lo perdido que estás. Una extensión del cielo crístico, un paraíso pagano que refleja exactamente la connotación que no tiene. No ves más allá de dos palmos. Sólo escuchas el sonido de tus pisadas y de tu respiración, y el leve crepitar de la lluvia que no cesa mientras envuelve esa niebla tan densa que a veces parece que dibuja escaleras. Escaleras hacia ninguna parte. Y de aderezo, la continua sensación de que alguien está detrás de ti, pero nunca hay nadie. Excepto una o dos veces, pero quien hay esa una o dos veces no es más que una persona que no has conocido nunca, pero que te regala su mejor sonrisa. Exactamente tal y como esperaba que acabara todo. O eso habría hecho si no hiciera surf sobre las olas más existencialistas de este suave y brillante pasto verde.

No hay nada mejor para encontrarse que perderse entre gente que no conoces. Basta con salir ahí fuera y volver a rozar lo trascendental con tu carisma, y unido a tu mejor fan se dibuja una sonrisa en tu rostro que ni el mejor y más efectivo anuncio de prozac. Pero como nada permanece y todo itera, terminas en una especie de cabaña de montaña frente al mar, bebiendo la cerveza más larga que un vaso de cristal pueda reinventar. Ella, un vino tan dulce y gasificado que no es más que una promesa de baja expectativa que sólo puede ir a mejor. Más tarde descubro que todo el talento ausente que su lengua tenía reservado para la retórica, lo volcó todo en una serie de virtudes tan divertidas como fugaces. Escucho la mejor canción que he oído en mucho tiempo y todo termina con una revisitación de la ley de los vasos comunicantes. Un colofón más que digno para alguien que no ha sido capaz de mantenerte la mirada más de tres segundos seguidos. Si Marx levantara la cabeza se rendiría y se haría productor de cine porno.
Acento argentino con bajo que entra tarde y nombre de canción muy corta tocada por grupo de nombre muy largo. Ahora mismo no me cambio por nadie. Y menos por ti.
jj

Escape

Tocar fondo. En realidad no sabes donde está el fondo hasta que coges una caña de pescar, le pones un imán en el anzuelo y esperas a que el núcleo de la tierra esté hecho de algún atrayente y atractivo metal. Claro, que esa es la manera más científica y positivista de tocar lo más bajo. Pero como aquí siempre hemos sido más del empirismo más empedernido, por muy racional que se torne cualquier emoción, te lanzas en pantalones cortos sin saber muy bien dónde vas a terminar.

Dicen que lo interesante no es llegar, sino el camino. En realidad eso es susceptible de ser una idiotez, sobre todo cuando estás casi al final del camino y no te has dado ni cuenta de que el camino había empezado. Aunque supongo que todo esto no es más que una alegoría bastante horizontal, una hipérbole de la línea recta que es un pretexto para expresar que te han hecho cosquillas en la garganta las cotas más bajas de lo que alguien puede llegar a experimentar en el primer mundo. Por supuesto que aún conservo todos mis miembros; no tengo ninguna coqueta enfermedad de transmisión sexual como le pasó aquel. Estoy bastante lejos de que toda mi descendencia haya perecido en una multitudinaria fiesta de sábado noche. No, no. Nada más lejos de la realidad. Pero sí se podría decir, desde el más subjetivo punto de vista, que el jodido planeta se ha confabulado en este año impar para hacer que cualquier empresa que inicie, con mayor o menor eco en su repercusión en la humanidad, fracase de tal manera que haga que la refutación al absurdo del suicidio de Camus sea lo único que me ronde la cabeza cuando estoy en el baño.

Es un drama. Todo lo es. Pero no hay nada más cómico que la tristeza. Aunque tal vez no te des cuenta de ello sin perspectiva, sin tiempo. Pero no le des esa ventaja a la naturaleza. Quítale el tiempo a la ecuación y reduce tanto que sólo te quede reírte tan alto como el Joker en tu pequeño cubículo del rascacielos más alto que hay en doscientos kilómetros a la redonda.

Sí. Será todo un fracaso. Una concatenación de los mismos. Un popurrí de malas decisiones, aunque no tuvieras ni idea de que estuvieras escogiendo. Pero cada vez lo hago mejor. Cada vez fracaso mejor. Y eso me la pone dura de una manera tan sucinta que ni el mejor de los disimulos de un pederasta cualquiera a las dos y media en la puerta de un colegio. El sudor atrae. No hay nada como las feromonas flotando. Música para mi alma.

Eso no quita que te sorprendas a ti mismo mirando al infinito en el interior de tu coche, cuando lo único que ves es el parking vacío de un centro comercial que vivió tiempos mejores. Esa sí puede ser una metáfora aplicable: el ciclo del capitalismo, que se vicia hasta que no puede dar más, y después se hunde. Más tarde, supongo que te reinventas o desapareces. Llevas demasiado tiempo nadando en mediocridad, aunque de las mejores cosas que pudiste hacer fue darte cuenta de que todo lo que te rodearía a partir de cierto día iba a ser la mayor de las medianías. No hay nada como vivir con las expectativas bajas.

Y esto es introspección. Es terapia. Nada más animal que una conciencia tranquila, nada más humano que comer techo por algo que no tiene solución. En ese sentido soy el rey de la sabana. El pez que espera sobre una roca en lugares tan profundos que no ha golpeado el sol. Pero echas de menos los eventos, la acción, el agitar porque sí. Y todo eso, y esto es lo mejor de todo, te lleva siempre a la misma moraleja: cuando estás por debajo de tus zapatos, sólo puedes ir hacia arriba. Tienes todas las opciones del mundo. Y lo peor que te puede pasar es que vuelvas a la casilla de salida, esa en la que te mesas la barba y te compadeces un poco, para después darle un repunte y pensar que, joder, hacia mucho tiempo en el que no tenías el abanico tan desplegado.

Algunos lo llaman resiliencia. Yo lo llamo hacer el medievo con cualquier conspiración que se cruce contigo y que no tenga las mismas intenciones que tú.

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La dirección escrita en la llave no corresponde con la de la casa

Puede que no haya nada peor que no pisar firme, pero es una de esas cosas que no sabes hasta que te pasa o hasta que te deja de pasar. Se podría hacer una lista de esas cosas que de un día para otro se destapan como vitales cuando nunca lo fueron. Pero hay un lista más divertida y morbosa: una sucesión de elementos que considerabas imprescidibles hasta que un día tu meninge chasca los dedos y te dice que de ninguna manera, que qué demonios te imaginabas que estaba pasando hasta ahora.

Puede que confundas la superación con la costumbre, porque está demostrado que el ser humano es capaz de hacerse a todo, por muy atroz o antinatural que pueda parecer en un principio. Pero si confundes esas dos cosas seguramente no estés preparado para vivir un minuto más. Y ahí estás, parado sobre algún punto indeterminado del mar Báltico mientras flotas en una especie de hotel de la opulencia y la decadencia en la que la gente bebe y consume como si fuera el último viaje de sus vidas. Como si el barco se fuera a hundir en cualquier momento. Sería un experimento emocionante. Anunciar por megafonía, justo después de las normas de seguridad y evacuación que no servirían para nada y para así darle un toque más macabro, que la nave sobre la que surcamos agua fría se va a partir en dos, y todos los miembros que vamos a bordo vamos a morir irremediablemente. El experimento no sería sociológico. Un estudio acerca del comportamiento del ser humano en situaciones límite de supervivencia está muy manido por topicazo. Además estoy seguro que un no nada desdeñable porcentaje de personas no escucharía el mensaje, el canto de sirena, y seguirían privando como si fuera la última noche del año.

No. El estudio sería psicológico. Psicología de proyección. La tesis residiría en ver cuánta gente tiene la conciencia tranquila mientras sus tobillos comienzan a mojarse. Qué cosa tan abstracta, verdad. Pero ya que todo va a terminar veamos la ciencia como aplicada, como traición a ti mismo, y buscas esa palabra tan fea pero que tanto gusta: utilidad. Ponemos una selección de los temas más apocalípticos de Muse y hacemos encuesta. Lamentablemente habría que tomar una muestra, ya que habrá más de dos mil personas en este buque relleno de WiFi. Tampoco importaría mucho cómo de representativa fuera la muestra. Total, nadie iba a publicar un estudio después. Así que con oír un puñado de buenas historias podríamos decir que el estudio resultó un rotundo éxito. Escuchar a uno de esos tipos que no tienen claro si son suecos o rusos de lo cruzados que están si detrás o debajo de esas sandalias con calcetines hay algo que no les va a dejar dormir a pierna suelta para siempre. Y qué mejor analista que alguien que se ha pasado gran parte de su vida saltando a la comba con lo eso que Kant llamaba moralmente bueno. Un experto. Un lobo de mar. Un crítico de la conciencia, de la perspectiva. De las buenas y malas historias. Y para eso lo más importante es la sinceridad.

De ahí que sea necesario no sólo que la muestra se esté muriendo, sino que sepan que se están muriendo. Cuando no tienes nada que perder juegas como nunca. Aunque tampoco tengas nada que ganar. O quizá sí. Aunque sólo ganes redención. Nadie miente cuando sabe que no flota. Ni siquiera los más psicópatas.

“Nada más animal que una conciencia tranquila en el tercer planeta del Sol”, dijo aquella escritora polaca con tantas uves dobles en su nombre. Y todo parte de ahí. De ahí, y del tratamiento de lo incómodo. De la molestia. De eso que te sale en la boca del estómago y que torna en ausencia de hambre por muchas ganas que tengas de comer. El círculo de lo cotidiano puede hacer que, a partir de una sucesión de pequeñas mentiras o autoengaños llegues a creer que incluso eres feliz. Pero la felicidad es algo más que la ausencia de tristeza. Al igual que la felicidad es algo más que referescos a seis euros y cajetillas de tabaco a diez. La felicidad se lleva mejor con la emoción, la sorpresa, y sí, también con la liberación. El popular quitarse un peso de encima tiene que ver más con estar feliz que cualquier frase que puedas leer en una taza de desayuno. Puedes usar ese mantra que dice que la felicidad está sobredimensionada y que no es más que una etiqueta que se pone a algo que se supone que sentimos.

-Hace frío. Un frío inerte y etéreo de preoperatorio. Ha empezado a entrar agua en el casco o es que ya estamos en la morgue. Además, esta versión del one hit wonder de Jason Mraz me ha trasladado al 2009-.

Chica con sombrero de paja que vale más que la mitad de mi puto piso bebe algo con sombrilla en la copa mientras que hace como que ojea un libro, cuando lo que hace realmente es esperar a que se seque la tinta de sus uñas entre tantas bolsas de papel con ropa que nunca se llegará a poner.

Vaya. La buena de Svetlana está pujando fuerte como la dama del barco utilitarista en su última excursión. Vamos a ver quién podría ser el capitán, el galán, el caballero o como demonios queramos llamar al pene que mejor representa este lugar.

El tipo rubio de mirada perdida que juega a las tragaperras como si estuviera programado para ello mientras manda a su hijo chamuscado por el sol a por cambio creo que acaba de ponerse a sí mismo la corona.

Exterior. No. Interior. Interior desde donde se ve el exterior. Escuchar algo de lo que no entiendes nada empieza a ser resultón. Porque fabulas. Porque imaginas. Porque escuchas lo que quieres y entiendes lo que necesitas. Ella me observa con sus ojos claros y grandes, pero eso no impide que tenga la mirada perdida. Esa gustosa sensación de no encajar en ningún sitio siempre que se observe desde fuera. El eterno pálpito de atracción que parece perseguirte. La dulce pretensión que un día me pareció la próxima, próxima Audrey Hepburn para variar tenía razón. Discurre con una agudeza y claridad que trasciende en cada punto final. Y puede que la palabra necesitar sea la conjunción de vocales y consonantes más intensa que se te pueda presentar, y que realmente no necesitemos nada, sino que simplemente queramos que pasen cosas. Y lo que ahora quiero que me pase todo el rato eres tú. Que me hagas dormir menos, comer menos, fumar más. Que me hagas descansar más porque no paras de agotarme. Que te haga reír sin para sabiendo tus puntos débiles y ensañándome con ellos con todas mis ganas. De una manera cruenta, larga, lenta y dolorosa como excusa de compartir un rato más contigo.

Tenemos que darnos prisa

Todo empieza con un chico mirando a través del hueco de la cerradura. Es alto, aparenta más edad de la que realmente tiene y tiene canas siendo tan joven. Tampoco le importa que la gente llegue tarde a los sitios o que fumen en el baño. Guiña el ojo y fabula. Lo que observa es el relato más triste y a la vez más bello que jamás ha escuchado. En realidad no es tan bello -porque qué demonios es la belleza- pero sí es triste. Objetivamente triste, si es que eso existe. Es una historia de amor que no llega a trascender de lo emocional. Que no ser pervierte con el físico. Una auténtica historia de amor. Para alguien que es capaz de manipular sus emociones como quien cambia la hora en octubre eso viaja más allá de su conocimiento. Aunque ha leído mucho. Aunque ha escuchado mucho. Pero quiere seguir escuchando, pese a que sabe que no acabará bien. Si el contenido es bonito, el envoltorio lo es aún más. Hay alguien fumando en una bañera con los dedos mojados y la piel arrugada, mientras enfrente, alguien que huele a lo que debe oler el amor itinerante, como a suave almizcle dulce y evocante, cuenta su historia como la deben de contar los naúfragos cuando son rescatados.

No es la típica historia en la que un tipo tiene que rescatar a su hermano del hospital para después colarse en un parque de atracciones porque les han dado el chivatazo de que en una de esas atracciones de terror donde vas sentado en un carro que va por vías hay una bolsa de deporte llena de billetes. De hecho la historia da igual, como dan igual todas las historias. El mundo se empeña en construir finales perfectos o chocantes olvidándose de cualquier principio. Los eventos sobran y las disertaciones son vagas y dispersas. Lo único que se recuerda es el poso que te deja. La angustia. La emoción. La tristeza. La pesadumbre. El tedio. El impulso. Es todo un fenómeno sin esencia al que tú tienes que dar presencia. Si la forma está constuida a partir de una chica preciosa con el pelo rosa intentando impresionarte desnudando su corazón porque su cuerpo ya lo está desde hace horas, qué diablos importa el contenido. Frótate con el contienente. Haz que su mirada se clave en ti y no te esfuerces, porque todo será tuyo y porque tú no tienes nada.

La verdad es que no hay nadie mirando por la cerradura. Ni siquiera el rarito que antes te dijo hola de una manera muy enérgica con la mano metida en el bolsillo. Nadie toca el piano dentro de un armario y tampoco nadie va a terminar siendo el puto Paul Newman. Todo forma parte de un artificio tan intenso como efímero que si te empeñas en alargar termina por no llevar a ningún sitio. La idealización no es más que el constructo previo y necesario a la realización, y cualquier clase de declive que se dé a continuación debe pillarte con el paraguas abierto. El fondo en sí sigue sin existir, pero dejas que ella meta la mano todo lo que pueda para ver si puede tocar el final.

Sigue intentando colorear sin salirte y ocupa tu agenda todo lo que puedas. Volveremos a vernos.

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La definición de ausencia con la decadencia de la presencia

Solía preguntar a la gente si creía en Dios. O en dios. Solía decir una cosa totalmente distinta si a la primera no le habían escuchado, anulando toda trayectoria de mensaje anterior. En realidad podía ser bastante divertido, bastante auténtico. Pero también podía ser malvado, retorcido, egoísta, para nada servil. También podía eliminar los pronombres y pensar que estaba reinventando la literatura. Había pronunciado el último párrafo de El Guardián entre el Centeno tantas veces que su bonito mensaje se había desvirtualizado. No, en realidad no. En realidad tenía más fuerza que nunca. Había pronunciado tantas veces la primera frase de El Extranejero y cambiado igual número de veces la U por la I que ya había empezado a hacer autoterapia para cuando su madre muriera. Las ventajas de ser un outsider entre tanto insider.

Siempre planteaba y chapoteaba en el trasfondo pesimista de cualquier elemento minimamente trascendental. O aunque no lo fuera, porque eran los mejores. La dicotomía entre la pose y la realidad le llevo a refutar todo apriorismo kantiano y a coquetear con la idea de las capas de la realidad dentro de los fenómenos perceptibles por algo que ni siquiera sabe cómo funciona. Tiene algo blanco, algo verde, un largo cable que conecta hemisferios y una especie de embudo que decodifica en forma de figuras borrosas corregidas por un cristal que te define como persona y como contexto. La invención, una vez más, de un arquetipo tan anómalo como interesante para las minorías. La delgada línea entre gueto y paraíso. El trazo burdo y descuidado que separa lo interesante de lo tedioso, lo fresco de lo espeso, lo sorprendente de lo temerario.

Chocaban dos universos tan distintos como cercanos. Como si pusieras a dirigir a Tarantino una de esas comedias románticas donde follan, -o sea, hacen el amor-, en un granero en una de esas tardes lluviosas y tormentosas que te hacen preguntarte por las estadísticas de muertos golpeados por un rayo, y te hace fantasear con el por qué no serán más precisos esos destellos de electricidad y saber estar. Un pesimismo tan poco probable como darle la vuelta a un vaso sin que desborde gota alguna, como intentar imaginar un estornudo que te recoloque la columna. Expulsa, agita, remueve y arroja. Por ese orden. Aunque después todo acabe en el mismo sitio.

Pasea pisando arena. Pisando nieve. Sintiendo el frío. Quitándotelo. Todo lo que curte, termina por explotar. Toda reja se puede saltar. Toda actuación se puede sabotear. No existe el tiempo ni el lugar perfecto, simplemente existe la compañía perfecta. Y eso, no te lo puedes inventar. Lo puedes adornar, te puedes esforzar en que brille más o en que ría más alto, pero lo que no puedes conseguir es que tu facóquero en proyección de personalidad respire debajo del agua. Vuele y construya nido en cañón.

Es una canica que no puede parar de rodar. No intentes detenerla, simplemente siéntate a apreciar su fugacidad y a dejar que te deslumbre con la idea de un futuro en el que nunca te balancearás. No es triste, ni siquiera deprimente. No confunde la ansiedad con la precocidad. No extrapola la virtud al papel o la palabra. Es tan consciente de sí mismo que todo tiempo pasado no fue mejor, simplemente fue accidental, y a menudo, accidentado.

Hoy sobre el amarillo no reposa la presión. Hoy, la presión se ha hecho trampolín y deseo vacío.