No me hagas caso, ni siquiera es literatura. Tan sólo es un lunes azul

Hoy he vuelto a nuestro lugar. Hoy he vuelto, no donde solíamos gritar, he vuelto a aquel sitio que un día decidimos llamar nuestro. Hacía tiempo que no pasaba por allí, desde aquella noche de verano donde acabaste con todo después de que yo llevara cuatro años terminándolo poco a poco. Aunque reconozco que cada vez que paso por delante me quedo mirando a través del cristal con las ganas de encontrarte y a la vez no. Con la estúpida ilusión de verte sentada en nuestro sitio de siempre tomando ese capuccino tan bueno servido en una taza blanca, con un poco de canela y chocolate en polvo, y la espuma de la leche dejando una blanquecina sombra sobre tu labio superior, labio que tantas sonrisas y lágrimas me dio.

No me he atrevido a sentarme en el sitio de siempre. En nuestro sitio. Y no porque hubiese sentado en él una pareja en edad madura con pinta de haberse conocido en Internet, sino porque no me he atrevido. Miedo. Miedo a escarbar en lo enterrado. Sí. Seguramente eso. Sentarme en ese lugar donde veíamos todo lo que giraba alrededor. Donde criticábamos a todo el que veíamos desde nuestro terrícola trono. Donde fantaseabamos con robar el extintor dorado que estaba sobre nuestras cabezas una vez que nos sentábamos en ese incómodo sofá de madera tapizado con un pasado cuero de color granate. Donde olía tu pelo e infravaloraba una vez más el momento.

Todo sigue tan igual que asusta. Como si a nadie le importara que ya no formemos parte de su elenco de pantomima que rozaba lo coherentemente absurdo y que empañaba el cristal los días de lluvia o de niebla.

Y el café se me quedó frío.

Se quedó frío porque me senté justo enfrente de lo que un día fue nuestro rincón favorito del mundo y mi imaginación se dedicó a viajar preguntándose qué habrá sido de ti y si aún me recuerdas del modo en el que a veces te pienso yo. Las mañana siguen sobrando sin un gato gordo a los pies y sin tu delicada presencia de recién levatada. Sólo quería decirte eso, que todo sigue igual y que han seguido girando sin nosotros. Sigue el camarero que me trata como su mejor colega, el dueño del local que bebía cerveza en los 80 con tu padre y el espejo en el que me miraba cuando me ponía tus gorros de invierno. Y parece que les dé igual.

Hoy es el día más triste del año. Hoy es el día en el que definitivamente ha dejado de existir el último punto que nos unía en el camino. Ese camino tan diferente que recorremos desde aquella noche de abril.

Un Minuto aquí no son sesenta segundos

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Las manos frías, una canción de los Beatles que nadie conoce y un gato llamado Gaviota

<<Sin duda, abril es el peor mes para estar solo. En abril, a mi alrededor todo el mundo parecía feliz. La gente se quitaba los abrigos y charlaba en los rincones soleados, jugaban con la pelota, se enamoraban. Yo estaba completamente solo. Naoko, Midori, Nagasawa: todos se habían alejado de mí.>> Este fragmento odia-meses-de-abril al más puro estilo T.S Elliot es parte del penúltimo episodio de Tokio Blues (Norwegian Wood), novela de Haruki Murakami. Una excelente obra realista japonesa que cuenta el primer año de universidad de Watanabe, un estudiante algo perdido y caótico de la Universidad de Tokio. Tokio Blues no es una novela de amor, aunque el protagonista tiene que decidir al final del libro si escoger a Naoko o a Midori, es una nostálgica redacción repleta de referencias literarias que enamoran y una historia de esas que te hacen recordar, y si te pones a recordar siempre pasa lo mismo, que te pones a echar de menos.

Naoko o Midori. A grandes rasgos, es a lo que se reduce todo después de casi cuatrocientas páginas y once episodios. A partir de aquí, motivos por los que escogería siempre a Midori y nunca a Naoko. Obviamente esto estriba más allá de lo meramente literario, y es una proyección vitalista que se extiende a modo de identificación social y sobre todo afectiva. La analogía indirecta hecha test psiquiátrico. Naoko es esa chica que siempre te gustó en el instituto pero, por lo que fuera, nunca llegaste a besar. Midori es ese huracán que representa todo lo contrario al equilibrio como lo entiende la gente que se dice así misma que es normal, esa chica que trastoca tus planes el primer año de universidad y que es capaz de cambiar tu pretensión de estilo de vida con tan sólo una sonrisa.  Naoko es la chica que te da señales equívocas de sus sentimientos mientras besa con las manos a tu mejor amigo. Midori es la chica que va de cara, la que representa el lívido y una clase impúdica de chica libertina de colegio católico que te la pone dura con tan sólo decir tu nombre. Naoko está tarada porque tiene taras. Naoko no te deja vivir porque tienes que estar más pendiente de que no se autodestruya, con el consiguiente paliativo personal que supondría para ti, que de pensar en el día siguiente. Midori vería una película porno contigo y después imitaría las posturas que viera en ella. Midori bebería zumo de naranja desnuda sentada en la cocina después de echarte un polvo mientras observa, despeinada, sus mensajes en el teléfono móvil sin miedo a que tú los puedas ver.

Se podría decir que el mundo se divide en dos grupos de personas: los que escogerían ser o querer a Naoko, y los que escogerían ser o querer a Midori. Ser un Naoko te daría atención de los demás, preocupación constante, muchos qué tal va eso y algún que otro cumplido a tu cuerpo de chica X adolescente vitalicio. Ser un Midori te daría mucho más autoestima, levantaría muchos qué dirán y tendrías muchas más grandes historias para contar. El principal motivo por el que escogería a Midori antes que a Naoko es el equilibrio, o mejor dicho, la ausencia del mismo. No hay nada que esté más subestimado que mantener el equilibrio, ya sea con esa pseudo-sensación llamada karma o con el hecho de que te tienes que portar bien y no follarte el código penal por todos sus orificios si quieres ser alguien respetable.

Pero quién quiere ser respetable en 2015.

Midori es imprevisibilidad. Es la ola mediana que llega después de la ola grande. La arena que te queda en la palma de la mano después de apretar el puño o las galletas que aún están en la caja cuando has empezado por comerte las que menos te gustaban. El auténtico equilibrio está en la incertidumbre, porque eso espoleará tu pensamiento divergente y creatividad, creando un nuevo tú cada día. El aburrimiento sólo sería una aburrida palabra de doce letras, y la tensión sometida al encanto una constante que ni siquiera haría falta despejar, porque valdría lo que tú mismo quisieras en cada ocasión.

Naoko te haría una paja en mitad del campo y después te contaría todos los problemas que tiene con su novio y sus compañeras de piso. Midori te follaría detrás de una cortina, se lo tragaría y después, con el sabor de tu ADN aún en las anginas, te pediría fuego para encenderse un cigarrillo. Naoko o Midori. El pragmatismo o el mirar a los ojos hasta que duela.

Haruki, eres un genio.

Gone Girl

Hablar cuando no tienes boca es complicado. Pensar sin cerebro, sentir sin cerebro, amar sin cerebro o disfrutar de una muselina de langosta sin cerebro es complicado cuando no tienes cerebro. Todo es difícil de hacer cuando no eres más que un órgano, tal vez ni eso, un apéndice dentro de una parte del cuerpo que no es de las más agradecidas del ser humano pese a ser una de las más útiles. Por donde se desliza el whisky, el humo, el humus o las palabras que hieren más que Gaddafi un domingo por la tarde. Todo el mundo me llama de una manera por mi forma cuando mi forma no es esa. No soy una cuerda, soy un pliegue. Soy la palabra favorita de Henry Miller. Soy donde metía la lengua aquella monja en la página treinta y tres de Trópico de Cáncer sin llegar a serlo. Soy un pliegue y no soy una cuerda, pero sé hacer que el silencio deje de existir. Soy el que hace que Johnny sea capaz de decir hurt sin llegar a decirlo ni una sola vez.

La vida de un pliegue vocal que no tiene más función que la de producir sonido oscila entre lo verdadero y lo falso. Entre lo tiroaritenoideo superior y lo tiroaritenoideo inferior. Lo divertido de este trabajo son dos cosas: la primera es que si me hacen una foto desde arriba parezco una vagina. La segunda es que no es lo mismo ser las cuerdas vocales de Johnny Cash que las de Haruki Murakami. Mi trabajo es mucho más duro, pero también mucho más reconocido. Yo le hago hablar por la voz, las otras le hacen hablar por los dedos. Cuando eres el pliegue vocal inferior izquierdo de una estrella del country te replanteas tu estilo de vida. La empatía se convierte en un cuento chino para un niño japonés y en lo único que piensas es en que el tabaco hace cosquillas pero que tiene un doble filo, como hacer cosquillas a un trisómico. Tiene el inconveniente de que cuando llegas a trabajar y tu secretaria se lo ha montado sobre tu escritorio con el pliegue vocal derecho y han dejado tirado todo por el suelo te enfadas, irritas, explotas, -no del todo-, y te vuelves a enfadar con los inútiles pliegues superiores por no parar de tocarse la cuerda, en un acto de masturbación plenamente corpóreo, pero en el que por mucha fricción, velocidad y constancia que se apliquen nunca llega a salir ni una sola gota de lefa vocal, bucal, vibratoria o política.

¿Qué cuantas veces he dicho a lo largo de mi ya inexistente existencia eso de Hello, I’m Johnny Cash? No lo sé. Tal vez un millón. Tal vez dos. O tal vez sólo lo dije una y los cutres de postproducción de sonido vital lo repitieron en las mezclas. El caso no es ese. El caso es que un 26 de febrero de 1932 comencé con un chorro de voz que paralizó a todo aquel jodido hospital de Arkansas. Llovía. Llovía como el último día que solté eso de ring of fire, pero os aseguró que fue una estancia terrenal inolvidable. Una estancia que os voy a contar.

La cafetera oxidada de los lunes al sol

El clásico tipo que se te acerca con su carnet de identidad lleno de cocaína y te dice que la música funky es lo mejor que ha existido nunca, mientras prácticamente te arranca de la boca tu canuto relleno de hierba comprada a un gitano de trece años que tiene la obsesión de que la policía le persigue, y de una calada lo deja medio vacío. Mientras su reloj biológico deja de estar medio lleno. La fugacidad del momento y el factor sorpresa de lo casual te impide valorar que tienes ante ti uno de los tíos con más gracia que jamás conocerás. Que no gracioso. Y después siguen tocando. Le plagian el nombre a uno de los Beatles, dicen que la lluvia sigue cayendo de arriba hacia abajo y que tu peonza no gira porque la Tierra está girando más rápido.

Y no es que “casi” se diga Murakami en japonés, pero el verbo sin conjugar siempre será más verbo. Kafkianamente tuyo me sentía después de despertarme en aquel ascensor sin botones. De esos que van tan despacio que no sabes si estás subiendo o estás bajando. Fantaseaba con la dulce pretensión de desagarrar vaginalmente a mi recién adquirido capricho católico cuando pensé que el número cuatro en Japón da tan mala suerte como cruzar una autopista sin mirar. Las aspiraciones sólo van de fuera a dentro, porque cuando van de dentro a fuera dejan de llamarse aspiraciones para llamarse volatilidad. Algo que nunca llega a pasar. Y si lo que no ha pasado ya no tiene por qué pasar. Ahora las tardes de lunes son una mezcla entre hombre listo con peluca y canción de Iván Ferreiro, todo ello con un fondo morado.

Se tiende a prejuzgar, y a decir que una caja metálica que se desplaza verticalmente es un ascensor, al igual que se prejuzga a un tipo que se masturba en público como un exhibicionista, pero a veces la verdad está tan cerca de ti que tienes la sensación de que te está mirando. Y no enunciarla sería como no devolverte una sonrisa. La fea sonrisa de Bob Dylan que un día le sirvió para salir en un anuncio después de muerto. Pero en sitios como en esa clase de cubículos es donde descubres tu lado más crudo, equiparable a una auto-sinceridad de estado de vigilia, y te cuentas a ti mismo que nadie llamó nunca a las puertas del cielo porque el que lo decía estaba muy ocupado buscando a un grupo de ancianos israelíes para pedirles prestada su máquina de eutanasia y morir. No sin antes dejar grabado un testamento en formato .avi. Grabando por el perfil bueno.

Un minuto de anestesia. Dos de inyección. Y no te das cuenta de que te has muerto. El momento más único de tu vida y tú lo pasas soñando con que una chica a la que nunca dejaste te deja.

Así que mientras estés dentro de ese prisma no gaseoso aprovéchalo, puesto que cuando salgas el ántrax de insulso optimismo va a seguir flotando por ahí, y renunciar a la oportunidad de dejar de mentirse un rato en mentirolandia es como rechazar una mamada de los labios más suaves y carnosos de la Alemania protestante. Porque Praga nos queda demasiado lejos.

Hola, Señor Perro

Excálibur era un perro al que le gustaba hacer cosas de perros. Le gustaba lamerse las pelotas y lamer pelotas ajenas. Disfrutaba sacando la lengua por la ventanilla del asiento de atrás del coche y no le gustaba hacer rimas consonantes. Excálibur vivía como cualquier otro perro de la era no cuaternaria, hedónicamente. Disfrutaba bebiendo su propio vómito, y aunque le costó mucho dejar el Dog Chow de pollo terminó saliendo de esa. Pero no salió de esta. El cielo de los perros es un sitio tan real como lo es la gente que pide cosas a una muñeca de madera pintada dentro de una iglesia. Excálibur no sabía que el hecho de ser perro le eximía de ciertas responsabilidades, como la de tener que fingir que le gustaba Bruce Springsteen o decir que había leído un libro cuando en realidad sólo se había masturbado con la tapa. A Excálibur nadie le sacó de una piedra y se proclamó Rey de Inglaterra después. A Excálibur no le perdieron en la tercera cruzada cuando Ricardo Corazón de León se olvidó de recogerle antes de irse con aquella casquivana cortesana a hacer la guerra aún más santa. A Excálibur sólo le importaba tener cerca un árbol áspero en el que poder arrascar sus arbotantes mucosas.

Pero lo que no sabía Excálibur es que abril no es el mes más cruel para un perro, que eso sólo funciona para las personas, y que el mes más cruel para un perro es octubre. Es octubre, sobre todo, cuando una deslocalizada ministra decide introducir en Europa uno de los virus más mortales de la historia. Excálibur no morirá de escarlatina, ni de tifus, ni de gripe española, ni de peste, ni de sobredosis, ni de hepatitis, -de la C no, de la otra-. Morirá por estar en un espacio-tiempo algo complicado. Excálibur nunca mató a nadie con una mesa plegable como aquel tipo de Hong-Kong, pero su único delito era el de tener siempre la misma cara, y los perros que tienen siempre la misma cara ocultan algo. Mientras debajo de su casa están cuatro tipos con la cara tapada clavando melones en estacas ensayando para cuando el cráneo de Excálibur toque madera, los que mandan, los malos, no son capaces de dar un paso atrás para ganar perspectiva y ver que lo que han hecho saldrán en los libros de historia. En el capítulo de gente que hay que matar cuando se invente una máquina del tiempo y se pueda volver al pasado.

No claves, deja que el melón se deslice y la estaca haga su trabajo. Es más de dejar hacer que de forzar y hacer rosca, colega.

Excálibur sólo quería ser uno de esos perros que juegan al póker y se guardan un as en la pata trasera izquierda para prepararse una buena jugada. Excálibur no quería ser tendencia, ni que se vendieran máscaras y camisetas con su cara. Excálibur sólo quería ser el perro de la mermelada. Excálibur, con la ayuda del perro de Hitler y de aquel perro que mordía a todos los carteros de la Avenida Newark, y que fue sabiamente ajusticiado, se aparecerá en vuestros sueños y se cagará en vuestros rascadores de marfil y bonos del Tesoro. Excálibur será el azote de los mediocres.

El piano, el armario y el número 27

Es una chica que llora. Que llora incluso cuando no está sola. Es tan preciosa que no es capaz de apreciar lo que tiene dentro de ella. Era un día. Supongo que como cualquier otro. Como cualquier otro después del once de septiembre. Ella acude a casa de un desconocido. Ese desconocido tiene un Prius. No contamina. La tiene pequeña por ley transitiva. La buena noticia es que no está sola. En esa casa hay otros tipos de su edad que aún piensan que la felicidad está en el fondo de un preservativo usado. Como si existiera otra clase de felicidad. Eso es lo que le sobra a ella. Clase. Están jugando a un juego muy estúpido. De esos que juegas quemándote, así que lo puedes cantar dentro de un ascensor sin miedo a que tu inglés suene mal. Dentro de esa no tan futurista botella se encuentra una prueba que más que prueba es un probador. El amarillo hace tiempo que dejó de ser metafórico para pasar a ser parte de un pasado que ya recuerdas con más ternura que estúpida y dolorosa nostalgia. El resultado, para darle más picante a una de por sí sobreaderezada sustancia, es el de tener que hacer una mamada a un tío de gorra plana, aspiraciones limitadas por una mesa cristalina que dejó hace tiempo de ser transparente y pelo de potencial blanco o desértico. Pero no una mamada cualquiera. Esas las pueden hacer cualquiera. Incluso aquellas que usan dientes en playa y que lo hacen adrede para que no tengas más remedio que no idealizar una sustancia, porque Platón fue a por un palo y esta vez no trajo idea, trajo ADN. Se encierran una habitación por compromiso social, presión, de esa clase de presión de interior de submarino, y empiezan a ponerse al día de lo cotidiano, porque lo otro está tan usado y manido que le ha salido callo de algodón. En el momento de ponerse a causar fricción, velocidad y constancia un sentimiento de pesadumbre invade su inexistente alma. Ella es como algo recalentado que sigue teniendo buen sabor. Da igual la de veces que sea apreciado, porque seguirá siendo una jodida obra de arte. El desmitifica obras de artes se prepara. Ella no tiene otra cosa que no sean ganas de salir de ahí, pero lejos del Mar Cantábrico lo único que queda es dar algo de que hablar. La gorra del fracasado absorbe almas se pone a un lado. La cama no chirría. Se baja sus pantalones dados de sí mientras, ella, empieza a hacerle una paja con un tacto digno de restaurador de Gisbert. La fiesta podría parar cuando ella quisiera, el problema es que no sabe parar. Ese es su único y maravilloso defecto. Cuando empieza a realizar ese repetitivo movimiento vertical en pose apaisada imagina cómo podía haber sido todo. Que podía haber sido de otra manera. Pero es tarde, y ya da igual. La inexistente magia se la ha llevado la tipa que se la está chupando a dos desconocidos en un alicatado lavabo. En el fondo sabía que eso iba a ser así, pero nunca fue lo suficientemente valiente para admitírselo a sí misma. La escena, una chica con ganas de destruir el mundo dando placer a un tipo que no se lo merece. Una lágrima recorre su rostro. Había acabado. Todo había acabado. Por fin había tocado fondo. Y desde ese día nada volvería a ser igual. Desde ese día la ceniza dejó de tocar suelo para tocar diamante.

 

 

 

 

La pared es puro terciopelo que aunque no sea azul sintetiza lo necesario

Hubo un día en el que dejé de ser pequeño. Pequeño como concepto entendido por la mayoría de la población. No digo perder inocencia porque creo que nunca la tuve, siempre he sentido un pálpito puramente latente dentro de mí que me hacía querer follarme a mi profesora de música de primaria cuando no tenía ni seis años. Fue a la orilla de un río, no recuerdo cuál, aunque sí recuerdo su vertiente. Yo tendría unos siete años. Seguía sin ser zurdo, sin creer en los husos horarios y pensando que las linternas sólo servían para dar luz. Yo estaba en un día atípicamente familiar, o típicamente familiar para mí, con mi padre y algunos de sus amigos. Un amigo de mi padre me dijo que no quería agua, después de que yo se la ofreciese, que lo que quería era agua de fuego. Todos se rieron. Yo no entendí nada. Puede que estuviera fuera de aquel lugar. Pero lo que realmente creo es que una placenta acababa de ser tragada en alguna parte del mundo mientras yo me miraba los pies a la vez que de reojo observaba mi futura suntuosa polla.

La inflexión ha vuelto a invadir la recortada línea vital que lleva un cauce que terminara por desbordar antes de desembocar ese algo que puedes llamar vida. Hoy lo he superado. Un día de septiembre, sin más. Pasó un día de abril. No había otro mes, pero me jodió La Tierra Baldía y ahora me toca vivir con ello para siempre. Pero pasó en primavera y terminó casi en otoño. Lo llaman verano porque palangana de lágrimas y lefa auto-extraída no entraba en los rótulos de las noticias. La epifanía se resume a algo tan simple y liviano que no atravesará la membrana meninjal ni se deslizará a través de mis dedos. Un simple estoy curado, lo estoy haciendo y no tengo ganas de clavarme una daga untada de mierda en el pecho. Estoy curado. Pasó en septiembre. Y lo mejor de todo es que no te echaré de menos ni en septiembre.

Lo mejor de todo no es el hecho de que la cicatriz haya dejado de rezumar pus, linfa y abstracción compasiva y justifica ansiedades, lo mejor de todo es que el camino que está por delante es tan jodidamente infinito que no se ve el final. Y esa es la mejor sensación que he sentido en los últimos trescientos días con sus trescientos años. La sensación de inmortalidad con red por fin ha prevalecido sobre la sensación de sensible mortalidad con jaula. El momento no se va a aprovechar de mí porque para eso tengo que quitarle la saliva de la pega.

J.D Salinger, volvemos al campo.

J.D. Salinger