La letra es sencilla. De esas que se aprenden rápido y no se olvidan tan rápido. De las que no se querían quedar siempre a dormir

Empiezo a pensar que cualquier elemento de ficción que se pasee por mi cabeza va a ser lo más realista que he pensado nunca. El querer nadar en un complejo mundo en el que te esfuerces para que todo tenga su sentido y poética interna no tiene la menor utilidad emocional. De la otra ni hablamos. Pero no tengo nada mejor que hacer. En eso se resume todo en estos días. La palabra confinamiento y su dimensión pragmática te da una perspectiva de esas que conoces la teoría, pero de la que nunca te aplicas el cuento hasta que te obligan a leerlo con los ojos abiertos sujetos por fórceps mientras te echan colirio para que no se seque tu comprensión. Es tarde para eso también.

Oscilo entre una tonalidad sepia y de blanco y negro. Como añorando cualquier tiempo pasado. No sé si el de hace seis días o el de hace seis meses. Pero añorando. Aunque puede que sólo sea una enajenación transitoria a causa de que han metido nuestro presente en una de esas bolsas de mago que no tienen fondo. Leo una historia de una pareja que aunque esté aburrida, se quieren. Cuentan algo así como que van a cenar a casa de otra pareja en la que el marido es compañero de trabajo de uno de ellos, y que lo más interesante que les pasa es que en vez de tener un perro o un gato de mascota tienen un pavo. Uno de esos blancos que tienen un graznido penetrante y que su eco aún retumba en tu cabeza un rato después. Se sube a árboles y un día lo hizo para no volver a hacerlo más. Morirse haciendo lo que más te gusta. Tienes que darle creatividad hasta la muerte si no corres el riesgo de que se te haga muy largo. Sobre todo hacia el final.

Hace poco fue equinoccio y hoy es el clásico día que se te hace más corto. Tiene poco de intenso y mucho de revoltoso. Eso que dicen que cuando no sabes algo tu mente genera un número importante de escenarios, a cada cual más improbable pero a la vez a cada cual más plausible, es tan cierto como aquella historia de la vidente de la que se pensaba que regurgitaba la verdad desde el otro lado cuando lo único que hacía era escupir clara de huevo. Intentas no pensar pero piensas. Tu rutina pretendes que sea lo más firme posible pero termina siendo laxa y desdeñable cual chicle sabor melón. Aprendes cosas sólo por pensar en voz alta y comprendes que ningún sentimiento es definitivo. Eso te trae paz y a la vez inquietud. El relativismo que tanto impera en mi grávitas cultural y del que hago gala siempre que puedo se extiende a lo emocional cuando llevaba ya años tomando el sol. Sólo que lo había hecho de una manera tan sutil que había olvidado echarme crema y ahora todo son quemaduras.

De aquellas llamas estas cenizas. Cenizas construidas y no deconstruidas que hablan más que cualquier predicador neovirólogo. De darte la mano y mirarte a los ojos con ganas en plaza con nombre con diminutivo a tener una distancia social y emocional efectista y dicotómica. Dicen que la mente es cartesiana, pero hay cosas que lo son más. Los matices de grises no son más que el dulce licor que se encuentra dentro de la botella rota, botella que es lo bueno o lo malo y con la que terminas por tener únicamente dos posibilidades: reciclar o dejarte sangrar con sus afilados pliegues. Noche de verano de balanceo entre lo astronómico y lo físico caliente.

La temperatura de evaporación es de ciento dos grados. Sublimas. Condensas. Y la temperatura de fusión eras tú. Sólo te pienso de piel para fuera, pero el verbo ha dejado de ser reflexivo para ser copulativo.

Alice-Wonder

demasiado tiempo

La saga tiene muchas partes pero lo peor es que la última se divide en dos

Y ya hace un año de aquella noche. Aquel momento de marzo en el que todo empezó a cambiar e hizo explotar todo con muchas ganas, lava y humo. Observaba el esplendor de la más plana y oscura Castilla a la luz de una lámpara de color naranja. Todo consistía en esperarte, como en los dos meses anteriores. Todo lo que pasaba era lo que sucedía entre ver mirar el reloj girar cada vez más despacio y golpear la llave con la cerradura. Esperando algo que siempre era peor que su prefacio. A eso no sé si me podría haber acostumbrado. Seguramente sí. Aunque seguro que una catarsis de verano y emoción presente de perro me habría dado un golpe de realidad y me habría despertado. Duermo mucho pero cuando duermo estoy más despierto que todos vosotros, como decía aquel. No. La verdad es que no. Lo bueno del sueño es la evasión. Y en aquel momento aún no lo sabía pero iba a querer evadirme para siempre.

Llegaba después de tres días de beber mucho y dormir poco. Cada vez me reía más alto y jugaba a asustar viandantes bajo mi capa de color negro. Todo pasaba bastante rápido después de que estuviera un tiempo sin pasar nada. Había dejado de romperme y la responsabilidad de tener que cuidar de un minúsculo ser vivo me hacía más terrenal y responsable. Lo de ser severo nunca se me ha dado del todo bien, hasta que no queda más remedio. Suelo nadar en un relativismo más libertino en el que doy la confianza de que serás igual de listo y no rebuscado que yo. Claro que muchas veces eso es lo más ingenuo que puedes hacer. Aunque no por ello tienes que dejar de hacerlo. Tú fumabas demasiado y a mí cada vez me importaba menos. Escudriñaba una novela gráfica para después volverla ácida en su imagen audiovisual cuando llegaste más allá de las doce. No recuerdo que había hecho ese día más allá de hacerte caso muchas veces y ver el final de aquella película de James Stewart donde todos acaban abrazados y llorando porque es Navidad. Me encanta esa película. Le pondría un diez. En cambio a la película que te montaste no se la desearía ni a Tim Burton. Por muy facultado que esté para dirigir las peores mierdas poco iluminadas que una retina pueda persistir.

Tu explicación fue como tu ethos, insulso y sin sentido. Las contradicciones y parodias llegan a ser ricas y encantadoras con ciertos matices y contextos, pero tú lo convertías todo en barro. Es curioso como puedes llegar a idealizar hasta lo menos idealizable del planeta. Cosas que con perspectiva no te aportaban más que pellizcos de emoción enana que no trascendían lo más mínimo pero que por momentos en tu universo se convertían en la razón de ser y existir. Puta cabeza. Dijiste que te ibas. No sabías por qué. En realidad sí lo sabías, sólo que no te atrevías a decirlo. Me regalaste el segundo peor mes del año y después desapareciste para siempre. La verdad es que tu paso por mi vida nunca supuso ni supondrá ni una columna en las últimas páginas del diario de un martes cualquiera, pero lo que desembocaste después te convierte en una hija de Bin Laden. Y a mí en el avión más famoso de la historia.

Vuelo 715 de Oceanic con destino a la isla más solitaria e inhóspita del planeta. Pero hasta los lugares y viajes más decadentes son susceptibles de encontrar buena compañía. Porque los osos polares con los ojos vidriosos de colores cálidos y espuma en la comisura de los labios ya se presuponen. Fue un proceso fugar y disolvente. La pesadumbre y la ausencia de recuerdos porque aún no se habían creado. Una historia que se deja con el cursor parpadeando en el tercer capítulo porque el gordo que la está tecleando sufre un infarto y no le da tiempo a llamar a su contacto de emergencia.

Fuiste lo peor que me ha pasado nunca.

Fuiste. Pero al final de cada acto me descubro como el hijo de puta más optimista de esa torre de cemento y miro a los ojos a la desgracia para reírme muy alto de ella. La vida es dramedia. La vida es comedia. La vida es tragedia hasta que lo dices en voz alta, te partes de risa y ya no te puede hacerte daño. No es sólo aparentarlo. Es serlo. Pero sobre todo es aparentarlo. Me sumerjo durante unos meses en noches muy largas, obligándome a caer en vicios que no me gustan. Juego durante un tiempo a hacerme el encantador y a gastar velas perfumadas mientras una retahíla de chicas aburridas y con un claro vacío emocional pasan por la cama más grande que han visto nunca mientras me siento cada vez peor. La proporcionalidad del fondo emocional puede que llegue a tener una relación directa con la profundidad de todas las vaginas puestas de forma consecutiva formando una especie de túnel hacia un abismo personal. Claro, que esto es imposible de comprobar. Pero la mera abstracción ya me hace tilín.

No hay nada como que algo peor sea susceptible de empeorar. Pero esto no es un diario. O puede que lo llegue a ser. Un diario retrospectivo de la caída al vacío con la mejor de tus sonrisas pensando que, después de todo, todo saldrá bien.

No te quejes de marzo cuando aún no has vivido noviembre.

Umbrella Academy

si hace viento el paraguas se da la vuelta

La espuma de los días es maíz destilado en la punta de tu nariz

Camino despacio y mirando hacia arriba. Lo bueno de no tener que ir rápido es que lo de tener prisa deja de existir. Parece fácil obviar lo obvio pero últimamente es lo que más me cuesta. Vacilo entre el inmediato futuro y el presente más disfrutable. Mi cabeza proyecta imágenes obsesivas que hace que lo profundo e importante oscile entre un falso techo y un falso suelo. Tengo que aprender a dominar eso. No puede ser que algo que no trascienda lo más mínimo me impida paladear cada centímetro de piel de los labios más besables de este horizonte. El pensar qué pasará dentro de dos días evita que me balanceé en lo que pasará dentro de dos segundos. Es algo que no puedes permitir que pase. Primero te quitaron la sensación de no tener nada que perder mientras que ahora no tienes nada que ganar. Después la frescura y soltura de lo módico y lo práctico. Pero lo último que conseguirán es secuestrarte tu paz y su paz. Soy la mecedora y ella es la escopeta. Venid a por mí.

Mi cabeza me domina cuando estoy despierto y sobre todo cuando estoy dormido. No es cuestión de guardar pose porque hace tiempo que ese personaje me devoró. Y estoy encantado con ello. Ya no sé ni lo que soy pero sólo sé que me gusta lo que soy. Aunque siempre existen obsesiones. Una chica más lista que yo me dijo una vez que la felicidad consiste en querer estar en el momento y lugar en el que estés en ese instante. El pensar en un segundo desde fuera con medio paso de perspectiva que joder, podrá no ser el escenario más idílico del planeta y el contexto podrá ser de lo más arbitrario, pero no cambiaría esto por nada. El picor de ojos por haber dormido poco. El brazo que se te duerme porque se te duerme encima. El que tú huelas a ella y el saber que cada respuesta que tengas para todo tendrá una réplica divertida y sesuda. Que sólo exista eso. Ahora sólo quiero que exista eso. Toda lucha social me emociona y toda competición económica me repele. Refractario de lo fiduciario palpable y enamorado de lo abstracto que no se nota pero se siente. Hacía mucho tiempo que no sentía algo así y que algo que un tipo comenzó en el Neolítico señalando con el dedo un trozo de tierra recién plantada no te lo amargue. Porque no tiene ese poder. El súper-poder lo tiene ella aunque no lo sepa.

Lo más puro suele ser inconsciente. Cuando tomas constancia de lo que eres y lo que provocas corres el riesgo de parodiarte. De perder tu esencia. De ser otra cosa. Y, a menudo, de joderla. También está la posibilidad de que trasciendas todo eso y hagas de tu virtud un negocio sin ánimo de lucro propio. Que tu alimento sea ver cómo se ríe o ver cómo poco a poco pierde el miedo. Darle paz, que no dependencia. Es darle la caña y no el pez. Es convencer de que nunca seremos eternos, pero sí que podemos ser inolvidables.

Hoy voy a seguir mirándote a la boca no porque no me muera por besarte, sino porque no quiero perderme ni una sola de las palabras que me dediques.

boris vian

infarto agudo de miocardio

Los estados intermedios y la lógica del movimiento

Es un universo extraño. No muy agradable. Es pequeño como todos los universos por los que al final he paseado mi etérea existencia. En algunos he estado muy poco tiempo. En otros he estado más de lo que debería y sobre todo más de lo que me gustaría. La relatividad del tiempo es algo tan fácil de rebatir que asusta, pero asusta más su dimensión no pragmática. Su estar. Su mero hecho de existir. El otro día me sentía improvisando en el tedio cuando me descubrí con un sonido dentro de mi cabeza que no había escuchado nunca. Aunque tenía la sensación de haber escuchado algo parecido una vez hace mucho tiempo. Era como uno de esos sueños que ya casi no recuedas mientras te viertes el café, pero que minutos antes era lo más nítido y real que te ha pasado en este hasta ahora año plano. Todo son unidades. Todos son formas de medir lo que no existe y lo que es abstracto. Es la obsesión de la etiqueta llevada al lenguaje para entendernos cuando cada vez yo entiendo menos lo que está pasando.

O no lo quiero entender porque no me gusta todo lo que pasa.

La cúpula y el efecto eco que hacen por dentro las paredes de mi cráneo para algunas cosas tornan en ocasiones en la más absoluta nada. Y en otras, en opio. Líneas rectas y luces a los lados y por encima de mí. Un ritmo constante. Lento, pero decidido. Todo discurre como si se supiera lo que está pasando cuando de lo único de lo que estamos seguros es que algo está pasando. Aunque no sepamos el qué. Es todo tan circular que asusta. La rutina te aliena y hace que las cosas pierdan su sabor, su intensidad. Que pierdan la esencia de lo que un día te pareció tan auténtico y disfrutable. No creo que dure mucho en este universo. La presión es un mantra que te destapa los pies y la cabeza a la vez. Y el caramelo que ofrece no dignifica ni satisface. Simplemente te enajena y te lleva a un estado de autocomplacencia hasta que das un paso atrás, miras a los lados y te preguntas en voz alta que a santo de qué. Que eso no es para ti. Pero sigues. La rueda tiene que seguir girando y tú sólo eres un pliegue en su infinito caucho.

Tengo curiosidad. Tengo perspectiva. No sé si tengo expectativa. Tengo algo porque me suscitas algo. Eres como un fantasma del pasado que ha decidido aglutinar mis pasiones y mis desgracias en un único ser de frágil e intencionada estructura, pero de mirada clara aunque insegura. Eres todo lo que quise y puede que todo lo que vuelva a querer. Eres una oportunidad redescubierta. Algo dado cuando menos te lo esperas en el momento que más te mereces. Eres todo lo que hice mal sabiendo que lo hice mal y sabiendo cómo hacerlo bien. Eres misa. Eres un 30 de diciembre y un 7 de octubre a la vez. Inquietud y sonrisa. Desgracia y poder. Desgracia y querer. Saber lo que quieres y lo que no. Labio de pretensión adictiva. Puede que llegues a serlo todo. Puede que llegues a ser una pasajera más del suprauniverso que envuelve esta gran capa de colección impar. Y como siempre me voy a entregar y hacer gárgaras con tu existencia. Tengo curiosidad.

Siento un temblor que cada vez se hace más fuerte bajo mis pies. Sólo espero que se agriete la tierra y acabemos chapoteando en lava.

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Empieza a quemar igual cuando quema que cuando no quema

No sé. Tengo la sensación de que la única manera de vencer a esta ansiedad es involucrarme de lleno en una pieza creativa. Sé que en un principio puede sonar, no sé, pretencioso o sencillo en su forma para lograr una evasión que me perturba por su ausencia, pero pensar en ello y dejarme empapar por lo que surja de ahí es lo único que me tranquiliza. Esta ausencia de pensamientos positivos de segundo nivel es lo que me hace convertir mi amada parodia en una verdad dolorosa. Y las verdades puedo afrontarlas, es algo que he aprendido a base de meandros y cascadas, pero la mentira en forma de cortina de humo que alarga la tragedia lleva demasiado tiempo siendo late motiv en mi bagaje emocional. Lo que mejor me vendría ahora es esa tan invocada actitud expeditiva de la que a menudo hago gala, y pasar del aparentar al ser.

Si ni siquiera logro acertar con el diagnóstico cómo lo voy a hacer con el remedio. Podría empezar a probar todas las medicinas reales e inventadas hasta dar con la buena, pero entonces nunca sabría si acerté con una en concreto o por la suma de todas las anteriores. Siempre es por la suma de las anteriores y siempre influye su orden. No creo que sea homeopatía. Un poco de agua del grifo, una pastilla azucarada y una fe sin ningún sentido en pensar que todo va a salir bien, no. Es más bien placebo. Algo bien vendido sin saber de dónde viene pero cobijándome en la novedad, cosa que tanto hacía antes y cosa que tanto me cuesta ahora. No hay nada peor que aferrarse a un presente que no existe.

Seguramente el más craso error que cometí, uno de la colección que ya desborda mi sótano, fue el de pensar que por tener marca iba a doler menos. Cuando algo pasa por una herida, que más que herida ya es cicatriz, es como un cambio brusco de acidez. Es echarle sal a la sangre e intentar aplaudir sin moverte. Y aunque disfruto resignándome con mis contradicciones, esto más que contradicción es reiteración. Es dejar de cuadrar y volver a lo de antes. Y lo peor de todo es que también tengo la sensación de que por muchas cosas que intente o varíe siempre seguirá siendo lo mismo. Y nada me pone más triste y me enfada a la vez. Con todo, pero sobre todo conmigo. La sociopatía debería ser una elección y dejar de querer mirar siempre a los ojos, también.

Bueno. Dejaré de juzgar si todo es melancólico, inspirador o lo más deprimente que me ha pasado jamás y empezaré a inmiscuirme en el mundo menos real y más alejado de lo prosaico de año impar. Como esos días en que todo es tan kafkiano que parece un sueño, pero pretendido. Aunque así pierda su esencia. En realidad no tengo ni idea de nada. Pero de la más absoluta nada. Puede que no tenga ni idea de eso mismo, de si sé o no sé cosas. No hay certeza en mis pasos, ni en mis pensamientos, ni siquiera en mis certezas, que ya no existen. Salto a la comba con incertidumbre a un lado e improvisación al otro. Y siempre la primera agita la cuerda más rápido. No es divertido. Nunca va a parar. Nunca voy a querer que pare.

Ahora diría que me gustaría quedarme con la última palabra, pero prefiero decir algo con el sentido más vacío de todos pero con un tono muy enérgico y motivado aunque no diga nada. Joder, igual todo está en la forma y deja de estarlo en el fondo. Esta posmodernidad me abruma.

Girito.

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Lo que da el sabor al panettone es la doble t

Cuando paladeas la emoción, si no la escupes al cubo de madera que filtra por todos los lados y en el que en un lateral pone cosas bonitas que te hicieron sentir bien, corres el peligro de que se te haga hielo en la garganta y perezcas.

Una vez más.

Era una de esas tardes en las que el frío de verdad parecía haber llegado. El frío por aquí es un frío particular. Es seco, crudo y muy cruel. Además de engañoso. Puedes subir una persiana una mañana de diciembre y descubrir el sol más radiante jamás pintado, pero será un espejismo. Cuando abras la ventana una cifra con un menos delante golpeará en tu cara en forma de aire que no se mueve y acabará con tus ganas de festival. Pero aquella tarde ya no había sol. Esa especie de sol de medianoche que no luce se mecía con una niebla aún no muy espesa pero con pedacitos de hielo que cristalizaban en tus pestañas. Esto a mí me encanta. Lejos de ser una inquietud que persigue mi alma, el calor no hace otra cosa que volverte lento y poco lúcido. Ese calor de agosto. Tal vez por esto último haya llegado al punto en el que ahora me encuentro.

Espero en su puerta mientras golpeo una bicicleta yendo marcha atrás con mi coche. Una metáfora perfecta de lo que el diésel está haciendo con nuestro planeta. Pero como en ese momento el paisano de dos brazos que la conduce no anda cerca aprovecho para hacerme el sueco y así ser pertinente con el clima. Después aparece de un portal un señor con un gorro y unos guantes de esos que dejan las yemas de los dedos al descubierto, y me mira con un gesto de como querer saber qué ha pasado ahí. Mi contacto visual es cálido y cercano, y sin decir nada parece que le tranquiliza y sigue su camino. El crimen perfecto dicen que es el crimen que todo el mundo sabe que has cometido pero que nadie puede demostrar que lo has hecho. Una página más para mis memorias.

Hay veces que no sé si es que todo se pone de lo más alegórico posible o es que a posteriori es muy sencillo encontrar relaciones aunque no existan. Supongo que será lo segundo. Siempre es lo segundo. Después de seguir esperando por ti para no perder las costumbres apareces con tu clásica pose de chica insegura que camina rápido, pero que sabe que hay que detenerse cuando un semáforo se pone en rojo. Aquí seguro que podría hacer una paralelismo con tu manera de ser, pero más que hipérbole es oxímoron. Los semáforos rojos nunca fueron tu fuerte. Tú eres más de ámbar. Un eterno color amarillo, ese color que tú no aguantas pero que yo adoro y que sin embargo te estará persiguiendo durante mucho tiempo.

Una vez escuché decir que de las mejores cosas, lo mejor suele pasar antes de que pasen. Esa anticipación. Ese momento en el que vas a probar los labios más dulces o el filete más sangriento y justo antes de que entren en contacto con tu boca, ese instante, es el mejor de todos. Es un momento donde las expectativas siguen en todo lo alto y tu pulso se acelera lo suficiente para notar que estás vivo. Es la emoción empírica, tan efímera como sincera. Caminar contigo antes era eso. Y notar que la impaciencia torna en ansiedad, y después ser consciente de ello y dar un paso atrás para disfrutar de ese segundo y recordar que no hay otro espacio-tiempo en el que te gustaría estar. Claro, que eso era antes. Antes pasaban cosas bonitas y promesas de cosas bonitas. Cuando te pasa algo malo no te pasa nada. Cuando no te va a pasar nada no te sientes vivo, sólo quieres volver a vivir. Una conversación de small talk nos lleva a sentarnos en el taburete más duro del local con más niños por metro cuadrado a esa orilla del río.

La natalidad no es un problema. El problema es que siempre es excesiva.

Tu mirada no para quieta ni un instante buscando nada. Todos los estímulos que pretendes están frente a ti y entonces te digo algo que no esperas. Igual era tiempo de dejar de ser previsibles. Tengo la sensación de que últimamente cuando no he sido previsible para lo malo simplemente he sido a intransigencia lo que matices de marrón es a otoño. Una redundancia andante que estaba continuamente improvisando sin saber muy bien a dónde íbamos a llegar porque eso era exactamente lo que quería comprobar, y ante el fracaso de lo paulatino y de lo abrupto no me queda otra que ser expeditivo de distancia aunque cueste serlo de forma. Tus ojos, zigzagueantes hace unos segundos, ahora están temblorosos y desearían no estar conectados por garganta y nariz. Para variar, tus palabras no salen aunque tu cabeza eche humo. Contigo he aprendido muchas cosas, pero de la que más me acuerdo en ese momento es de tu capacidad de incontinencia pensativa yendo de la mano con tu plana y escasa dicción.

Ahora la voz en off sería un gran recurso. Y muy práctico.

Yo me siento liberado. Lo he dicho en voz alta. Hacía mucho tiempo que no sentía que mi carga se aligeraba de tal manera. En ese momento no sabía lo que iba a durar, pero tampoco lo pensé. La emoción te ciega y te abruma. Te abraza, te posee y te absorbe. Lo mejor es entregarse a ella porque dura tan poco que tu memoria emocional te lo agradecerá. Al sentirme libre del todo pido que me abraces y me dices que no, cosa que me sorprende. Pero segundos después las lágrimas más copiosas y espesas que jamás haya visto se deslizan a toda velocidad por tus blancas mejillas. Se tiende a idealizar o a exagerar esos momentos, pero juro que para mí esas bombas de agua habrían inundado el cañón más seco del mundo. Y no sólo iban llenas de agua salada. Si las llego a haber congelado y observado con un microscopio habría visto en forma de ser unicelular todas esas cosas que no fueron, que dudo que sean, pero que en tu cabeza no serán. Pero ese es otro tema.

Nada como un poco de soliloquio silencioso para volver a empezar. Por qué todo tiene que ser tan difícil. Siempre me preguntaré como con la persona con la que más fácil me ha salido hacer todo se llegó a complicar de tal manera que encontrar una fórmula perfecta fuera una quimera inalcanzable. Un algo que sólo el tiempo expondrá en el museo de los horrores o pasará a salvación de muebles bonitos y de época en el último segundo.

He dicho tantas cosas que ya no sé cuáles me creo y cuáles no. Las he dicho en voz alta, en voz baja, no las he dicho, las he escrito, te las he escrito y las he tatuado en el viento. Sólo sé que no sé nada y daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro y todas esas mierdas. No sé qué va a pasar. Llevo viviendo al día cada día de este año y siempre pasa lo mismo: lo peor. Seguiré sin saber lo que pasa, y si salgo de esta saldré siendo el hijo de puta más curtido de todos.

Un regalo, una ausencia de promesa alguna y un saber si nos echaremos o no de menos será la última proyección que te entregue antes de que todo acabe y vuelva a empezar.

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Y entiendes entonces que acaba en calvario lo poco que puedas llevarte a los labios

Una vez más la dicotomía más simple y somera se instala en cada cosa que me viene a la cabeza. Como si de un continuo conmigo o contra mí se tratase cada elemento que me rodea tuviera que escoger bando. Aunque no supiera bien para qué. Supongo que todo empezó así. Siempre había disfrutado chapoteando a lo largo de la paleta cromática y saltando del gris al amarillo, y me lo había pasado muy bien enseñándote palabras como cian o magenta. Pero cuando las cosas se ponen feas cuesta más eso de tener la puerta del jardín abierta todo el día. Propones capitular, pero en realidad no es más que un ataque de falsa bandera, y todo lo que haces es intentar invadir el mismo territorio usando diferentes estrategias.

Todo lo pasional a veces es tan bélico que asusta. Hay tópicos que a veces aciertan. El problema de querer ser siempre el más original es que no tienes tiempo para reflexionar acerca de esas cosas tan simples. Lo cierto es que ahora mismo te regaría de clichés, y me encantaría que los escuchases todos con la pasivo-atención con la que solías hacerlo. Que me haya quedado sin un gramo de fuerza y que mi espinazo ahora mismo sea un bate astillado no exime los momentos de tormentosa debilidad por los que paso a lo largo del día. De las cincuenta y siete mil setecientas veintiséis cosas que te dije una de las más sinceras fue esa de que arriesgar es estar vivo, que el resto es sobrevivir. Entonces imagina lo que es evadir. Ha llegado un punto en el que la mayor victoria a la que puedo aspirar es a distraerme todo lo fuerte que pueda para que tu eco no siga retumbando en todos mis huesos.

Lo repetitivo de ir en círculos tiene el hándicap de que recuerdas cada trozo de hierba que has pisado antes. Ahí empiezan los reveses y el público no soporta más reposiciones. Las cartas al director cada vez se hacen más amenazantes y los suspiros de indignación cada vez son más sonoros. Cambiar la línea editorial aún habiendo estudiado a tus seguidores se hace harto difícil, pero en ocasiones no queda otra. Aunque una parte de mí desearía que se siguiera reservando una columna pequeñita en una de las páginas centrales del domingo que sirviera como Galia de lo que un día pudo ser y no fue. Un homenaje a nuestra historia. Una tregua del odio forzado y el desdén inflado. Un pequeño rincón escrito en un idioma que sólo tú y yo entendiésemos, que para eso tenemos experiencia. Las palabras que rescataran algo de orgullo entre el espeso lodo de dolor y malas decisiones.

Pero también sabemos que eso sería una terrible idea.

Cuando no escuchas lo que quieres escuchar tiendes a fabularlo. A imaginar códigos secretos, a entrever intenciones o a proyectar disertaciones que tienen el mejor final posible. La ingenuidad es algo que, por endémico que sea, nunca deja de sorprender. Y más todavía si se acompaña de inteligencia y aparente dominio de la situación. Quiero volver a verte y no quiero volver a verte. Aún tengo siete días para decidir lo que quiero antes de que lo que quiero dé igual y me toque volver a mirarte. No existe más camino que la línea recta y el final oscuro, pero eso no es lo que más me asusta. Supongo que lo que más me asusta es tan grave que ni soy capaz de decirlo aún sabiendo que no lo leerás.

No pasa nada. Por mucho que esos momentos de flaqueza positiva y evasión les den por aparecer un rato cada día mis abismos seguirán esperándome en casa. Me has convertido a la vez en el animal más asustado y en el más bonito.

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