Humeante humo en forma de moneda.

Creo que era lo más indie de por aquí. Tenía ese olor a chica bisexual de instituto y una boca húmeda con una lengua suave. Esto lo sé no porque me lo hayan contado, o porque lo haya probado. Esto lo sé porque es así. Se llama jugar a ser católico con la única diferencia es que no existe intención de respetar dogmas, sólo de felarlos y hacer con ellos lo más escatológico que exista. Rebozarlos en algo y morirte de risa.

Tú harías lo mismo. Jugarías a aguantar la mirada para ver quien pierde primero. Porque aquí pierden todos. Y mientras estás clavando tus ojos inyectados en glóbulos rojos en los suyos llenos de promesas pendientes, dejas que toda la sangre que bombea tu perezoso corazón se concentre en un mismo sitio. Ese mismo sitio que te gustaría enseñar. Enseñárselo. A todo el mundo. Cortejando primitivamente, después de todo todos somos hermanos de todos.

Después te encontrarás mirando al infinito preguntándote si tendrá el número correcto de dedos en los pies y fantaseando con que no. Y mientras hipotizas con el aprovechamiento del hueco libre de sus dígitos y en la aplicación del mismo a tus esfínteres te encuentras rozando una verdad universal. De esas que nadie puede negarte. Pero nada. Al final nada. Simplemente rozas el pellejo de lo trascendental y vuelves a usar el otro hemisferio. El hemisferio de la supervivencia y que te hace huir de lo que no te hace bien. Pero para variar no funciona.

Tampoco pides tanto. Simplemente reventaos a whisky o a whiskey y hacerlo detrás de cualquier cortina. O sobre el cuerpo de cualquier animal que un paleto considere mitológico. O dentro de un coche mientras suene la más pedante y repetitiva de las canciones. En el fondo sólo estás haciendo favores. Podría terminar con uno de esos tíos abstemios, pro-aborto, casposos y sexualmente nulos desaprovechando una de las mejores bocas y vaginas del hemisferio norte.

La erección de un ciego es algo que se parece a esto.

¿Y al final de todo? Pueden pasar varias cosas. Seguramente ocurra la más auto-destructiva, pero eso no significa que nunca pellizcarás su muslo. Te empeñas en dejarte una buena barba para que de vez en cuando una chica guapa de pechos subidos y separados te pregunte sonriendo que si os conocéis mientras al lado está su amiga gorda preguntando a todo el que ve si esa mancha de ketchup saldrá bien de su vestido de terciopelo y lentejuelas color salmón. Pero esa mierda está bien para un rato. Sólo para ese rato.

Las ratas simbolizan lo obvio. Y lo obvio lo tienes tan cerca que no lo ves.

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El timing es crucial.

Lourdes y Elizabeth son muy amigas, aunque ellas no lo saben. Lourdes y Elizabeth jugaban a ser Elvis delante de un espejo. Jugaban a fantasear como sería tirarse a Sinatra, o como debería besar James Dean. Es lo que compartían, pero no lo sabían. Ahora Lourdes y Elizabeth escuchan la voz una de la otra y eso les llena de motivación, o al menos eso quiero creer yo.

Lourdes y Elizabeth se encontrarán un día y no hará falta hacer nada más. Se conocerán, o mejor dicho, se reconocerán y empezarán a montárselo como si de una buena escena de lesbianas a la americana se tratase. Tal vez no busquen un grotesco motivo para ello. A ninguna se la caerá el jabón, o le entrará unas repentinas ganas de empezar a encerar el coche o le querrá enseñar su nuevo bikini a su amiga. 90. 90-B.  Pero si tal vez necesiten afinar alguna cuerda de su guitarra.

Hoy Lourdes lleva un bonito vestido rojo palabra de honor, y, para variar, su tono de labios favorito, el ruso rojo. Lleva unos zapatitos con un lazo en el empeine que lo que consigue es empinar otras cosas. Sublime, querida.

Hoy Elizabeth lleva unos vaqueros ajustados de un color bastante tejano tirando a neoyorquino. Una blusa ajustada de un color azul cielo, al igual que su ropa interior, eso si, con los botones abrochados hasta el cuello. Unas botas negras altas y unos labios altamente besables. Los de arriba y los de abajo.

La fiesta privada empieza con unos videojuegos. Luego Lourdes habla de su viaje a Formentera y Elizabeth se pone filosófica con toda esa mierda de que piensa que todos nacemos para morir. Se encuentran en un paraíso oscuro escuchando Carmen de Bizet, y Lourdes, que pese a ser de derechas, le da bastante al rollo Woodstock y se saca una piedra de hachís del interior de su guitarra. Empieza a quemarlo segregando un suave aroma que haría relajar hasta al mismo Barack Obama. Joder, un presidente negro.

Que si el sol. Que si los árboles. Que si la luna. Que si el mar. Todo parece una fiesta católica en contra del aborto pero en realidad es una fiesta del ADN. No una fiesta de esas de empezar a comer placentas, sino un evento a favor de que todo se impregne de ADN. Y cuando digo ADN digo flujos. O fluidos. Anti-tediosas, distraídas y entretenidas palabras de noche de verano.

Y hace calor.

No es precisamente un 14 de Febrero.

Tú lo sabes. Y lo más importante, Lourdes y Elizabeth también.

Ya han repasado toda la filmografía de Tarantino, al hachís le queda poco de hachís y el Jim Bean se está secando. Elizabeth toma la iniciativa. Siempre fue más impulsiva, por eso me rechazó primero. En esa habitación hay de todo menos ansiedad. Elizabeth le quita el vestido rojo a Lourdes. Si tu Dios te viese. Y Lourdes se hace un poco la difícil. Eso me gusta, por eso me rechazó después.

Sin casi enterarse, Elizabeth tiene sus labios impregnados de ruso rojo. Dulce placer el carmín de los labios de la chica más indie de los Estados Unidos. Ahora es todo tan sexual y armónico que se podría pintar un cuadro de esa escena. O escribir una canción. O ser un joven curioso que está observando toda ésta extraordinaria escena desde un sillón orejero de color violeta al fondo de esa habitación mientras se dedica a escribirlo con ahínco en una libreta de anillas con hojas, luchando porque no se le note su portentosa erección.

O lo que sea.

Bésame el codo, que con eso tengo para empezar.

Salem.

En otra vida debió ser una especie de última mierda. O escoria. O gallina guineana. O tal vez esa especia de lombriz que crece dentro de los órganos de los perros y un buen día les hace cagar medio intestino. Realmente era algo inexplicable. Esto es únicamente una teoría, muy karmática y efectivista, pero si tuvo cincuenta vidas antes de tener la actual, la de hombre de gran pene y ocho dedos en los pies, todas debieron ser una buena ración de paria.

Sin motivo aparente. ¿Es más atractivo que tú? Joder, yo diría que no. Pero la cuestión es por qué sin mover un dedo se le montan atractivas mujeres de tachuelas en lengua y clítorix, que aunque raspe un poco es algo novedoso y recomendado por la asociación de victimas de recorte de frenillos. Parecido a hacértelo con alguien con brackets, pero sin el factor alambre ni el factor clínica dental de a mil pavos la muela empastada.

Además, ¿qué jodida clase de deporte es ese? Sólo consiste en dar vueltas a una pista ovalada, oblicua e inclinada con unos patines de cuatro redondas y gruesas ruedas. Por equipos. Como si los equipos sirvieran de algo. Como si practicar ese juego sirviera de algo que no fuera para tirarse a la chica tatoo de redondos y separados pechos que se dedica a velar por el cumplimiento y el respeto de las normas previamente establecidas por ambos conjuntos en acuerdo verbal sin validez notarial ni jurídica. Tome aire.

Pero no pasa nada, todo se equilibrará. Pillarás a tu madre masturbándose con una barra de peperoni. O besarás a una chica de apariencia normal pero con una lengua terriblemente grande para su pequeña boca. O se romperá el condón más caro. O matarás a tu gato al confundir su agua con lejía. O mi favorito, tu mejor amigo se follará a tu amante, peor que tú, pero lo hará.

Pero, ¿y hasta entonces?

Hasta entonces lo suyo sería reunir un pequeño grupo de sabios, con el mismo número de hombres y de mujeres, por eso de la tensión sexual, que es algo que siempre está bien. ¡Ah! Y que alguien tenga SIDA, así será más divertido descubrir quien tolera peor las infecciones. Reunir a todos en un caro hotel de una ciudad con playa que tenga precios e impuestos bajos, pezones altos y faldas cortas. Así es como se deciden las buenas cosas. Así es como se descubren los continentes. Así es como, de una jodida vez, averiguaríamos por qué es así.

Porque, sinceramente, lo de criticarle continuamente a las espaldas es bastante cansado y repetitivo.