Verde amarillento, parte dos.

Cuando tu ética es limitada respecto a la de los demás y tu importancia por lo que pasa alrededor es tan escasa suceden cosas extraordinarias. Sin quererlo. Estoy seguro que Jesucristo no se peinó en su vida. Y así le fue.

Una o dos.

Una, claramente. Los artistas y los drug dealer tienen su frontera moral en un sitio muy distante al resto de la gente. Tan lejano es ese límite que ni se puede ver sino es con uno de esos telescopios de noche de reyes.

¿Lo demás? Lo demás es todo economía.

Apple crea y Samsung copia. La diferencia en mi caso es que ésta vez no tenía competencia. Podía hacer lo que quisiese. Empezaría por venderle pequeñas bolsitas a mi psicólogo a cambio de sesiones gratis. No hay mejor canal de distribución que un médico de la cabeza. El resto sólo es cuestión de esperar mientras juegas a girar tu butaca.

A todo esto esa mierda no paraba de crecer. Si en lugar de hierba hubiera sido maíz hubiera ganado el premio Nobel. Pero esto está mucho peor conceptuado. Recuerdo que cada vez fumaba un poco fantaseaba con que vinieran ésos que trajeron ésto. Que tuvieran tres cabezas, cuatro ojos o dos pollas y que esclavizaran a la raza humana sin proponérselo. Aunque sólo fuera para empezar o para pasar el rato.

De diez, de veinte, de treinta o de cincuenta. O en onzas.

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Verde amarillento, parte uno.

Realmente  no sé de donde vino ese rayo de luz, sólo recuerdo que aterrizó justo dentro del bosque. Ya era de noche y la poca luz que había era la que reflejaban las estrellas de aquel nublado cielo. Joder, no se veía nada. Yo estaba en mi coche escuchando Radiohead lo más alto que mis tímpanos soportaban mientras intentaba meter mano a esa chica asiática que acaba de conocer. Lo típico. Flequillo, cinturita, sonrisa pegada continuamente a la cara y todos los tópicos de película porno japonesa dentro de sus pantalones. Y de eso que debe haber algún convenio social que si ves algo aterrizar o caer del suelo el coito se debe detener.

Una luz empezó a emanar justo enfrente de mi desgastado coche. Automáticamente mi exótica compañera de unión sexual huyó sin decir nada y me quedé solo contemplando aquello. Era curioso. No parecía más que lo que era. Marihuana.

Tenía un olor que hacía que las plantas de tus pies se durmieran, y descongestionaba hasta el último de tus alveolos envueltos en ceniza. Era medicina natural. Era algo de otro planeta.

Si hubiese tenido una hoz y una maceta en el maletero hubiera sido el momento idóneo para sacarlo a pasear, pero como no soy un puto campesino me tuve con conformar con arrancar esa planta con la mano y llevármela a casa. Era de lo más interesante, sobre todo para alguien tan intrigado acerca de los efectos de la botánica.

Esa mierda me dejó el coche como un festival de Reggae, pero sin chapas ni banderas. Alguien había jugado a ser Dios. Otra vez. Ser ingeniero genético debe ser de lo más entretenido. Cogí uno de esos esquejes, le puse un poco de tierra, una bombilla encima y dejé que lo artificial siguiera su curso.

Dicen que a las plantas hay que hablarlas para que crezcan mejor, pero yo para eso ya tengo a mi gato. Me fui a dormir, por llamarlo de alguna manera. Tras despertarme y recordar con mi mano derecha a mi chica del sol naciente de la noche anterior fui a ver como le iba a mi otro trofeo.

Joder.

Esa mierda con tan solo una noche de agua y luz había sido capaz de llenar mi bonita sala de estar con el poster de Thom Yorke y Liam Gallagher comiéndose la boca. Decidí probarlo. Cogí un pequeño cogollo. Lo grindé. Lo lié. Lo prendí.

Lo próximo que recuerdo es que ya era octubre. Tampoco tiene tanto mérito si era veintiséis de septiembre cuando respiré ese humo, pero me levanté como si me hubiera follado a los putos Rolling Stones después de un concierto. Eso era mejor que el sudor de Keith Richards. Mejor que los fluidos de una Madonna virgen. ¿Y qué iba a hacer yo con todo ese cannabis espacial?

Tenía dos opciones,

Una, compartirlo con el resto de la humanidad haciéndome pasar por un profeta, por un enviado, de los dioses intergalácticos y fundar algo mejor que el cristianismo. Con putas y todo eso.

O dos. También podría guardármelo todo para mí. El Santo Grial de los psicotrópico en mi sala de estar.

Esto si que era un dilema y no lo de Shakespeare.