Vitamina B12.

Tras la última reflexión y el despertar de un sueño bastante poco claro y concluyente abría los ojos con la sensación de que la inevitabilidad del apego de los polos contrarios, ya sea de un lado o del otro o de calambre o no, es tan atrayente como estúpido el intento de su compresión. Así y con la misma situación previa pero mejor te das cuenta que algo como tener rechazo al único animal que admiras por su estilo de vida, y sobre todo, por su estilo de vida, es algo que últimamente suena más de lo normal, al igual que sentirse excitado que no realmente atraído por una cara, o rostro, de algo que se parece a un dibujo animado pero que termina llegando a convertirse en algo más caliente, y sobre todo en algo más húmedo.

El mismo momento donde algo deja de quemar para pasar a la costumbre de ese estado es el punto de no retorno si das un paso más. También podrías ponerte a borrar la tiza pero entonces te pondrías perdido. Lo de las mejillas es otra historia. Podría empezar a sangrar a chorro por cada uno de sus carrillos que el simple hecho de retirarse los restos de ectoplasma reseco sería casi tan excitante como la idea de que una chica como ella te practique un acto onanista con los tobillos y los talones.

La idea de la no presencia es tan bonita como marchita y caduca. Como un plátano abierto. Es algo tan fácil de tomar y mancillar que se podría considerar a cualquier tipo de distancia como la chica más fácil de toda época post impúber. Sería realmente sencillo conquistarla, decir cuatro cosas que sonaran bien, aún más si escribes poesía o poesía en prosa de verso largo y sin la necesidad de que rimase, montártelo un poco a lo Bradley Whitford con un aire de escritor o guionista agobiado, siempre despeinado, para posteriormente llevarte a la señorita D al huerto, prometer que la dejaras en casa y una vez visitado su particular Gran Cañón dejar que todo empezara a ir cuesta abajo.

Así se lo montan en la calle Sunset según la ley número 31.

GMarx.

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La inevitable y necesaria existencia del conflicto bélico como mejora o transformación del artista.

Estaba claro que cuando Charlie Sheen se bajaba de aquel helicóptero lleno de testosterona y anhelo de muerte y suicidio y se ponía a hablar con su voz en off, aunque él no la escuchase del todo, sabía que iba a hacer historia en forma de Platoon, sólo que estaba más ocupado pensando un frase bonita, tal vez un juego de palabras con algo ya inventado, para escribir en su casco protector de mierda de ave asiática, porque para detener una bala asiática era más sensible que la mantequilla asiática.

Oliver Stone seguro que antes de tener bigote recoge sopas, absorbe flujos y aspira pubis y estar en la guerra de Vietnam era el típico tío que se ponía detrás de una cámara a grabar cosas en blanco y negro, con mucho humo, y después de cada rodaje se llevaba a la estrella femenina de su afrancesado film para hacerla el amor, en lugar de follársela. ¿Pero qué pasó? Se rapó la cabeza, se afeitó el bigote y se fui a gritar “malditos amarillos” a un país que tan pronto llueve como que tan pronto te pica un mosquito del tamaño de una petaca llena de whisky. Comenzó a recibir tiros y cada trozo de metralla que se incrustaba en su culo de blancata hacía que su talento se disparase. Tom Cruise en una silla de ruedas no parece tan bajito.

Antes de Elvis no había nada. Sólo especulación, ropa vieja que estaría de moda en el futuro y mucho humo en los bares. Además, el término club no se había desprestigiado del todo. Las caderas de Elvis antes de meterse en el ejército para colocarse con anfetas del Sargento M eran tan deslizantes e hipnóticas como el trasero de Jessica Chanstain. Los árboles dejaron de bailar para Elvis para empezar a hacerlo contra él y no tuvo más remedio que matarse así mismo. Pero una gran estrella muere de una manera estúpida o relleno de más drogas que un juguete colombiano. La historia del marica de Memphis que nunca pegó un tiro.

Después hubo un tipo que se cansó de mirar hojas en blanco y se fue a Italia a conducir ambulancias en plena Primera Guerra Mundial. Antes de eso, Ernest, daba largos paseos por parques de Illinois, bebía de vasos sucios y comía nueces, sin ser él de California ni nada de eso. Después de volver, y antes de que un alemán le disparase, que se hiciera muy amigo de un italiano llamado Johnatan Dos Pasos o algo por el estilo volvió a la nación más próspera del planeta y escribió varios de los mejores libros de la historia de la literatura. Poco más pasó tras eso. Bukowski le amó en secreto, se paseó por la Guerra Civil de España haciendo fotos y preguntas a tipos bajitos y endeudados, estuvo en el desembarco de Normandía mientras los soldados americanos lo protegían como una carga preciosa y tuvo un gato.

¿Qué conclusión se saca de todo esto? Que el conflicto es bueno. Así que no lo dudes, si el día de mañana saludas a tu vecino y éste no te dice nada, cágate en sus muertos y llámale fascista. ¿Qué un inepto camarero te tira el café o tarda mucho en servirte? Respira, sal del local, busca una tabla o palo de madera, clávale algo punzante en la punta y atraviesa su cráneo como si fuera gelatina. ¿Cansado de qué te digan lo que haces mal mientras pasan de lo que haces bien? Ya lo sabes, lleva siempre una lata de gasolina y un paquete de cerillas cerca de ti y prende fuego a todo aquel que te diga lo que no puedes hacer. Crea conflicto. Crea conflicto. Crea conflicto, de ahí nace el arte. El arte que realmente expresa lo más profundo.

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